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Se titula RECUERDOS EN LA NIEVE

Lo he encontrado en esta dirección:

http://librosylanzas.com/

Es un "blog" de literatura ambientada en lo militar. Otros textos que se pueden encontrar en ese blog:

BY MANUEL FUENTES MÁRQUEZ / 18 OCTUBRE 2018
• EL GRAN CAPITÁN (II)
BY MANUEL FUENTES MÁRQUEZ / 4 OCTUBRE 2018
• EL GRAN CAPITÁN (I)
BY MANUEL FUENTES MÁRQUEZ / 27 SEPTIEMBRE 2018
• BEETHOVEN Y NAPOLEÓN
BY MANUEL FUENTES MÁRQUEZ / 24 SEPTIEMBRE 2018

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Con mi canción la gloria va, que en Rusia están los camaradas de mi División... ...


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Libros y Lanzas
Manuel Fuentes Marquez
RECUERDOS EN LA NIEVE: NOCHE DE GUARDIA
By Manuel Fuentes Márquez / 12 noviembre 2018
Dame lumbre Miguel.
-Joder Trujillo, ¿no te cansas de pedir?
-¿Ni tú de quejarte? Venga coño, acuérdate de la camaradería.
-De quién me voy a acordar es de la madre que te parió ¡Coño, me estás dejando sin cerillos!
No dejaba de nevar, la nieve lo cubría todo. Apenas podían moverse, la ventisca les tenía en jaque. Llevaban toda la noche acurrucados en el puesto de guardia, sin más protección que la de sus abrigos y unos pocos sacos terreros. Miguel metió la mano en el bolsillo y sacó un fósforo. Le temblaba todo, estaba tiritando. Raspó ágilmente la cerilla contra su casco y se apresuró a dar fuego a su compañero. Trujillo sostuvo el cigarrillo con los labios y lo protegió del viento con sus manos. Con mucha ansia apuró a dar una profunda calada. Echó humo. Tomó con cuidado el pitillo y se lo ofreció a José.
-Toma, que no se diga que un extremeño es tan miseria como un catalán.
José fumó y se lo devolvió:
-Tú sigue así que cuando tengas que quitarte a un ruso de encima a ver a quién llamas.
Trujillo, cigarro en boca, reía. Se aferraba al abrigo en vano, creyendo que así se protegería del temporal. «Puta guardia…» Pensaba. «Segando se estaba mejor». Recordaba su tierra, recordaba el pasado. Se llamaba José Antonio Trujillo, era un joven de la campiña extremeña al que faltaba poco para cumplir los 22 años. Hijo de labriegos, desde pequeño se había curtido el campo trabajando en las tierras de uno de los señoritos del pueblo, don Luis. Contra todo pronóstico se afilió a Falange en cuanto tuvo la edad. El pronóstico lo cambió la guerra. No, el señorito no se había portado mal del todo con su familia como cabría esperar (el padre era su aperador de confianza), de hecho siempre procuró que nunca les faltara que llevarse a la boca e incluso una cierta educación para él y su hermana mayor, Isabel.
Cuando estalló la guerra les pilló en zona roja. Sin credo político y más inclinados a la izquierda que a la derecha, su familia pensó que no tenían nada que temer, pero el día en que las milicias de la CNT llegaron al cortijo toda esa seguridad se disipó. Bajaron de la camioneta y entraron a saco. Echaron las puertas abajo. José Antonio se quedó escondido en el pajar junto a su hermana y sus padres. Se oyeron gritos y prosiguieron una serie de disparos. Estaban temblando, sabían lo que había pasado, acababan de matar a la familia de don Luis. Isabel comenzó a chillar, desconsolada, cómo si le hubiesen arrancado una uña. «¡Tú, mira ahí!». Los llantos los habían delatado. «Con que estabas ahí fascista…». En un instante se encontraron con cuatro pistolas y dos fusiles apuntándoles. Uno de los milicianos, el más barbudo, cogió a Isabel por los pelos y la llevó hasta la pocilga que estaba al lado. La empujó contra la pared y le puso la pistola en la frente. ¿Su delito? Haber paseado por el pueblo agarrada del brazo del hijo de don Luis. No hubo palabras, solo un plomazo en seco. Dejaron de apuntarles. Salieron de allí y volvieron al vehículo en el que habían venido.
Trujillo recordaba… Recordaba a su hermana, recordaba aquella tarde julio, recordaba a sus padres… Rostro serio, mirada perdida. El pitillo apenas se había consumido. Las risas que minutos atrás amenizaban la guardia parecían olvidadas.
-¡Trujillo! Espabila.
Las palmadas de Miguel lo sacaron de su nostalgia. Parpadeó y miró a su alrededor.
-¿Qué quieres? ¿Qué pasa?
Miguel tiró del cerrojo de su Kar 98 y se apostó entre los sacos terreros.
-Estate atento. Se me ha hecho ver a alguien.
-Yo lo que veo son árboles -dio una calada-. ¿Te has fijado si andaba a cuatro patas? –Echó humo.
Movido por el miedo, Miguel le quitó el cigarro, lo apagó contra la nieve y le hizo un gesto de silencio.
-Cálmate coño. Llevamos semanas sin pegar un tiro.
Trujillo se subió la braga de cuello y achinó los ojos a la espera de divisar algo a lo lejos. Era imposible ver nada. Se recostó a los sacos, cargó la Tokarev (pistola) que había arrebatado a un comisario meses antes y volvió a enfundarla. No sentía nada. Tenía las manos congeladas. Las abría y cerraba, esperando que recobraran la circulación. «Fiuu» «Zum, zum zum» «Boom» No le dio tiempo a reaccionar. La fuerza de la explosión lo mandó unos metros más allá de donde estaba.Se dio de bruces contra la nieve. Había perdido el conocimiento.
[Continuará]

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NotaPublicado: Mié Nov 21, 2018 11:36 pm 
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RECUERDOS EN LA NIEVE (II): CAMARADAS DE DUBROVKA.
«¿De verdad quieres quedarte ahí?» Oyó a lo lejos. Apretó los ojos y aclaró la vista. Era Miguel. Tenía una brecha en la frente y la sangre le cubría casi toda la cara. Cesó el pitido, volvía a oír con claridad. Disparos, gritos y explosiones fueron los primeros sonidos que escuchó.

By Manuel Fuentes Márquez / 21 noviembre 2018


Se arrimó a la chimenea. El fuego de la candela calentaba la habitación del cortijo. Queso de oveja recién curado. Uf… ¿Cuánto hacía que no lo comía? Olía de miedo. Abrió la navaja, le metió un buen tajo y agarró un pedazo de pan. Tenía hambre. Hizo ademán de llevarse el trozo de queso a la boca… «¡Blam!» Un bofetón en la oreja lo tiró al suelo. Giró la cabeza y ahí estaba su padre. «Vamos ¡Levanta!». ¿A qué venía tan soberana ostia? No podía ponerse en pie. Lo cogió por el cuello de la camisa y lo levantó «¡Arriba coño!». Estaba confuso, le pitaba el oído. Tenía la mirada perdida y un poco nublada.
No oía nada. Parpadeó. En apenas unos segundos todo desapareció: el cortijo, el fuego, la comida, su padre… Pero seguía agarrado por alguien. Alguien que le sacudió violentamente. «¿De verdad quieres quedarte ahí?» Oyó a lo lejos. Apretó los ojos y aclaró la vista. Era Miguel. Tenía una brecha en la frente y la sangre le cubría casi toda la cara. Cesó el pitido, volvía a oír con claridad. Disparos, gritos y explosiones fueron los primeros sonidos que escuchó. No lo pensó dos veces, miró a su compañero y le dijo:
-Vámonos.
Trujillo se irguió como pudo y corrió junto a Miguel. Vieron una carreta destrozada y se cubrieron tras ella. Se resentía del dolor de oídos. Pasó la mano derecha por la oreja izquierda. Dolía y… ¿Manchaba? Eso parecía. Miró la sangre en su mano y confirmó la sospecha, le habían reventado el tímpano.
-¿Qué está pasando Miguel?
-Parece que los rusos quieren recuperar Dubrovka.
– ¿Otra vez? ¡Pero si solo han pasado dos semanas desde el último ataque!
-¿Y a mí qué me cuentas? Deberíamos buscar al sargento Vázquez.
Salieron del escondite y corrieron hacia una casa en ruinas. Encontraron a dos divisionarios apostados con una MG 34. Trujillo asomó la cabeza.
-¡Eh, Mosca! ¿Alguno de los dos ha visto al sargento Vázquez?
El Mosca era el que tenía el dedo en el gatillo. Un maño bastante feo: calvo a sus 24 años, ojos pequeños y nariz chata. No le decían así por su aspecto, sino por lo pesado que era a la hora de comer, no dejaba de lechucear; terminado su rancho picoteaba de todas las raciones de sus compañeros. No es de extrañar que en más de una ocasión acabara por los suelos o con algún ojo morado.
-Hace cinco minutos que lo vi en el granero con el Gaditano y Romero. Creo que iban a por municiones.
-¡Con Dios! Espero veros después.
«Zium, zium». Las balas impactaban contra la nieve y los edificios. Salieron agachados, dando carreras cortas y buscando parapeto. En apenas cinco minutos llegaron al granero. Allí estaban Romero, el Gaditano y el sargento Vázquez. Un madrileño de unos cuarenta años, cara larga, facciones marcadas, rostro sereno. De pocas palabras. Curtido en la Guerra Civil y ya está. La gente apenas sabía más de él. Caracterizado por su bigote recortado y una cicatriz que le iba desde la nariz a la mejilla derecha. El Callao, así lo bautizaron sus hombres en Alemania. Pero tras cruzar el Voljov sus acciones le valieron el respeto por parte de toda la tropa. A partir de entonces era el sargento Vázquez, a secas.
-¡Señor!
Dijeron a la vez con dificultad. Apenas podían articular palabra, estaban exhaustos. Vázquez, puro en boca, los miró sorprendido.
-Os daba por muertos. Los katiusha dieron de lleno en vuestra posición –cogió una caja de munición y les hizo un gesto con la cabeza- ¿A qué esperáis? Arrimad el hombro.
-¡Si, señor!
Romero salió de allí pronto, pero el Gaditano se quedó atrás para saludar a sus compañeros.
-Ofú, de la que oh habéih librao. Tengo entendío que no ha quedao nadie en er puehto de guardia.
Miguel echó una mirada al cielo.
-Virgencita meva de Montserrat… No puedes hacerte una idea…
Ayudaron a sus compañeros. Cada uno cargó con un cajón a toda prisa hasta una trinchera en primera línea de fuego. Allí estaban los siete restantes del pelotón, repartiendo plomo sin parar: Andrés el Largo -por su altura-, Domínguez, Joseíto el Torero –no, no lo era de profesión, ya contaré su historia-, Paco Chaqueta –intentó robarle la guerrera a un oficial de la Wehrmacht y no le salió muy bien-, Jesús el Cordobés, Diego Valencia y Fernando Bigotes –un chaval que presumía de mostacho y no tenía más que pelusilla-.
-Repartid la munición y aguantad. Parece que vienen con ganas.
Trujillo cogió cuatro cargadores y los guardó en sus cartucheras. Abrió los ojos de par en par. Se percató de algo. ¿Y el fusil? Tenía la Tokarev, sí, pero no le iba a servir de mucho.
-Sargento, necesito un arma.
-Cógele a Jesús la suya, dudo que la vaya a usar teniendo la ametralladora.
-¡Cordobés! Te quedas sin escoba.
Jesús asintió con la cabeza sin quitar la vista del punto de mira.
-Barreloh bien, pero acuérdate de quitarle er porvo dehpuéh.
-Descuida amigo.
Tiró del cerrojo, se echó el Kar 98 a la cara y se recostó al saliente. Tenía la respiración acelerada. Localizó un objetivo. Un ruso parapetado en un árbol. Cogió aire y apuntó. Apretó el gatillo. «Bang». Parecía que el tiempo se hubiese detenido. Su presa cayó desplomada al instante. Expiró con ansiedad. «No pienses», se decía. Tiró del cerrojo y saltó el casquillo de la bala. «Otro más…».
Salían a cientos del bosque, pero no eran capaces de llegar al pueblo. El terreno y los españoles los mantenían a raya. Casi todo el esfuerzo ruso se concentraba en el sector Norte, donde se situaba la mayor parte de los morteros y las ametralladoras. Tujillo y sus camaradas apenas tenían trabajo.
Tan solo diez minutos más duró el ataque. Sonó un silbato y los soviéticos s e retiraron. ¿Así? ¿Ya está? ¿Perder hombres porque sí? Era curioso, tras la primera descarga de artillería, los Katiusha no volvieron a abrir fuego, Trujillo no se fiaba ni un pelo.
El sargento Vázquez dio una palmadita en el hombro al Torero y recargó su subfusil.
-Han venido a reconocer el terreno
Sacó un puro del bolsillo y lo encendió.
[Continuará]

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