Fecha actual Vie Mar 05, 2021 8:50 am

Todos los horarios son UTC + 1 hora




Nuevo tema Responder al tema  [ 41 mensajes ]  Ir a página Anterior  1, 2, 3
Autor Mensaje
 Asunto:
NotaPublicado: Jue May 17, 2012 11:49 am 
Desconectado
Generalleutnant
Generalleutnant
Avatar de Usuario

Registrado: Dom Ene 23, 2011 5:24 pm
Mensajes: 3662
Ubicación: Sevilla
Divisionario Antonio Vallejo Zaldo ¡¡PRESENTE!!.

Imagen

Foto extraida de la pagina:
http://www.arriba-lfu.com/2012/05/anton ... oriam.html

Mimas sentido pesame a la familia y amigos.

Un abrazo.

_________________
ImagenImagenImagenImagenImagenImagen

“Las guerras no acaban hasta que no se entierra el último de los caídos”.


Arriba
 Perfil  
Responder citando  
 Asunto:
NotaPublicado: Jue May 17, 2012 6:47 pm 
Desconectado
Unteroffizier
Unteroffizier
Avatar de Usuario

Registrado: Sab Ene 21, 2012 11:24 pm
Mensajes: 109
Imagen

_________________
ImagenImagenImagenImagenImagenImagen


Por una Europa mejor y una España más justa.


Arriba
 Perfil  
Responder citando  
 Asunto:
NotaPublicado: Jue May 17, 2012 7:51 pm 
Desconectado
Oberstleutnant
Oberstleutnant

Registrado: Vie Feb 15, 2008 8:10 pm
Mensajes: 824
Descanse en paz, en su puesto junto a los luceros.


Arriba
 Perfil  
Responder citando  
 Asunto:
NotaPublicado: Mar May 22, 2012 8:29 pm 
Desconectado
Stabsfeldwebel
Stabsfeldwebel

Registrado: Jue Dic 30, 2010 10:22 pm
Mensajes: 322
Ubicación: Madrid
Un hondo pesar me embarga desde que hoy casualmente me he enterado del fallecimiento de nuestro camarada D. Antonio Vallejo Zaldo.
Le recuerdo perfectamente.
Le observé con detalle durante la comida de celebración del 70 Aniversario. Le recordaba de unas viejas fotos de UDARNIK.
Todo hidalgía, menuda estampa de divisionario español.
Dios nuestro Señor le acoja en su seno.

¡¡¡ PRESENTE !!!

_________________
ImagenImagenImagenImagen




"Papá, he decidido irme a Rusia." Se hizo en la mesa el silencio y su padre tardó un instante inmensamente largo en contestar: "Lo esperaba. De no haber sido así no te hubiese considerado digno de ser mi hijo y me hubiese avergonzado de ti."


Arriba
 Perfil  
Responder citando  
NotaPublicado: Mié May 23, 2012 7:25 am 
Desconectado
Oberstleutnant
Oberstleutnant

Registrado: Lun Oct 20, 2008 6:43 pm
Mensajes: 784
Con la muerte de Antonio Vallejo Zaldo ocurre como con la de todo divisionario. Se va un trozo de aquella generación única curtida en la República, la Guerra Civil y la campaña rusa. Lo dieron todo sin esperar nada cambio. Como amigo que era, su pérdida es otro gran jirón que rasga nuestro corazón. Grandísimo español, entregado a sus ideales, Dios y España por encima de todo y a su querida familia.

Descanse en paz, nuestra oración por él y su viuda e hijas y nietos lo primero, y lo segundo por España.

Para que todo aquel forista que no haya podido leer la entrevista biográfica que se publicó en el Libro REQUETES, adjunto la misma para que sepáis quien era. Yo había estado ya con él varias veces más, éramos buenos amigos, pero esta entrevista la compartimos Pablo Larraz Andía y yo un inolvidable 9 de abril de 2009, en Madrid. La pluma de Pablo Larraz ha transcrito con exactitud aquella larga conversación. En algún momento se apagó el magnetofón porque se dijeron cosas delicadas...

Bueno allá va: Es Antonio Vallejo Zaldo el que habla en primera persona


Nací en Madrid el 28 de octubre del año 1921, en casa, como era habitual entonces. Mi padre, ¬ Antonio Vallejo de Simón, —y lo digo sin pasión de hijo— era quizá el mejor especialista de enfermedades infecciosas que había entonces en España. Un hombre de prestigio internacional que había estado de catedrático en Granada, luego le dieron una cátedra en Madrid y al llegar la República era director del Hospital del Rey, además de miembro de la Academia de la Medicina. Al contrario de mí y de sus nueve hijos –salvo el jesuita-, un hombre sabio.
El día que se proclamó la República tenía 10 años, y recuerdo que me salí del colegio del Pilar, donde estudiaba, y me vine andando a casa y llorando. Yo no sé si lloraba porque había venido la República o porque se marchaba el rey; si realmente lloraba por lo segundo era completamente idiota en aquella época, porque Alfonso XIII nos dejó en la estacada totalmente.
Ha sido mi familia muy religiosa toda la vida, y aun repugnándoles la política, vivían intensamente el momento. Yo recuerdo reuniones en casa a la que acudían amigos de mi padre, algunos médicos, y comentaban la actualidad de España. Yo escuchaba en silencio, pero la inquietud de esos hombres era tremenda: «esto es intolerable —decían—. Van a por la religión y los valores que representa, la situación es insoportable, hay que hacer algo».
Realmente se vivía pendiente, aquellos hombres veían que España desaparecía como nación católica, y esa era la inquietud de personas responsables y también de algunos chicos como yo, que pensábamos lo mismo que nuestros padres.
Yo era un muchacho muy significado políticamente con las derechas, y aunque no estaba vinculado a nada, sí lo estaba para recibir bofetadas. Salía por Madrid repartiendo candidaturas lo mismo de los tradicionalistas que de la CEDA, que de Falange, así que uno se puede imaginar todas las tortas que me llevaba.
En el año 34, cuando la sublevación de Asturias, yo tenía 12 años y el recuerdo que tengo es ver a los guardias de asalto en la azotea de casa; vigilaban por si había tumultos. En Madrid realmente se notó muy poco, más que nada por las noticias que teníamos de lo que estaba ocurriendo en Asturias y en Cataluña. Vivíamos en la calle Felipe IV, linderos con el Museo del Prado y la Iglesia de “los Jerónimos”. La revolución estaba en la calle; muchos días íbamos a hacer guardias a la iglesia de San Jerónimo con mi padre y otros cuatro en los días en que decían que la iban a quemarla. «Oye Toño, vamos a la iglesia», y allí pasábamos las horas, sin armas de ningún tipo, vigilando para dar la voz de alarma por si venían a quemar San Jerónimo, cosa que afortunadamente no sucedió.
En las vísperas del 36, yo entonces era una persona muy mayor, tenía 14 años, y recuerdo las reuniones de mi padre con otros tres amigos con los que fundó una revista médica católica que se llamaba Medicina, muy preocupados por el rumbo de los acontecimientos. Aquellos hombres habían dado la cara para que los paúles pudieran hacer el Sanatorio de la Milagrosa, y temían por la seguridad de las congregaciones religiosas en los hospitales de Madrid.
El día 17 de julio, víspera del Alzamiento, mi padre tuvo el acierto de sacarnos a todos los hijos de Madrid y llevarnos de veraneo a un pueblecito de Burgos. Su intención era hacer un segundo viaje al día siguiente para recoger a mi abuela y a los hermanos de mi madre, pero ya había estallado la guerra y aquellos quedaron en Madrid. Memos mal, porque al día siguiente ya habían venido a buscarnos a nuestra casa de Madrid, para darnos “el paseo” a mi padre y a mí.
Así que yo, a mis 14 años y como tantos chavales, me quise unir a los requetés el mismo día 19 para salir al frente. Un requeté de Burgos, justo antes de salir al frete, me entregó una pistola. Ya estaba yo para marcharme también, cuando en aquel momento apareció mi padre, me dio una patada en el culo, me quitó la pistola y me encerró en casa.
Después de aquello cogí alguna infección y estuve muy enfermo con una septicemia, pero en cuanto me repuse, junto a un par de amigos, acudimos a alistarnos donde podíamos pasar más desapercibidos: en la Legión. Lo hicimos tres veces, y las tres veces nos reclamaron nuestras familias. Al final, un militar importante, amigo de mi padre, le dijo: «Mira Antonio, deja a tu hijo que se marche porque nos va a traer locos aquí y no va estar más que dándote disgustos a ti y a nosotros», y al final accedió. Fue entonces cuando me alisté en el Tercio de Requetés de Abárzuza, que entonces cubría el Alto del León. Fui con la ilusión de que íbamos a entrar en Madrid, pero con la poca fortuna de que marché a un frente estable, y salvo pequeñas escaramuzas y ataquines —porque no llegan a ataques— pasé allí mi vida de requeté.
Estábamos siempre de posición en la zona del Alto del león: la Loma de Falange, Cabeza Líjar… Al tratarse de un frente estabilizado, sin penas ni glorias, el teniente Vázquez de Prada, que mandaba mi sección, organizó una cosa que llamaba “Hijos de la noche”, unos grupitos que nos dedicábamos a pasar miedo: bajábamos por la noche donde abrevaban los rojos y ver si les podíamos tender alguna emboscada o dar un golpe de mano. Acciones sin la menor trascendencia que yo creo que se organizaban única y exclusivamente para mantener la moral combativa de los requetés, sin más pretensiones.
Cuando llegué era un pardillo. Recuerdo la primera noche que estuve de centinela, me calé las gafas que tenía entonces para ver de lejos, y me comía la oscuridad con más miedo que siete viejas. Miedo se pasa siempre, aunque a aquella edad, yo creo que no tenía ni sentido común para tener miedo, pero en aquellas expediciones nocturnas o cuando nos tiraba la artillería, algún mal rato pasamos.
Los tercios del Requeté eran una cosa muy particular, unidades totalmente distintas a las demás. Eran unas unidades que tenían a gala el ser católicas, con su grito de guerra de “¡Viva Cristo Rey!”, y eso me gustaba, aunque a mi no se me podía catalogar como un verdadero tradicionalista, sino más bien como un “requeté franquista”. Los borbones no me gustan un pelo, ni los de la rama que gobierna hoy día en España ni la que entonces queríamos los requetés, borbones al fin y al cabo.
En el Tercio de Abárzuza había una compañía de gallegos, otra de navarros y otra de castellanos, muchos de Valladolid, en la que estaba yo.
En general, los voluntarios eran “guripas” cien por cien, gente sencilla que había salido con verdadero espíritu de cruzada, labriegos y obreros, hombres sanos y de corazón noble. La convivencia entre nosotros era maravillosa: yo era un estudiante mocoso que convivía con tíos de pueblo, y que como compañeros eran estupendos. A veces hasta hacían de protectores conmigo: recuerdo el día que bajábamos de descanso a San Rafael; me agarré una castaña como un piano y un requeté maduro llamado Mequinés, que hacía conmigo de verdadera madre, me decía: «Anda hijo mío, vomita, que te sentirás mejor». Luego había personas medianamente cultivadas, algunos estudiantes amigos míos de Valladolid, como Rodríguez Jalón y Gutiérrez Semprún, pero éramos los menos. También coincidí con un antiguo compañero de clase del Colegio del Pilar y buen amigo: Rafael Gambra Ciudad, un hombre ya entonces muy intelectual, que mientras yo me dedicaba a jugar al fútbol en el colegio, él seguía estudiando en los recreos.
Durante una temporada nos agregaron una compañía de un batallón canario: unos tíos que eran cargadores de muelles y que tenían todos una pinta de bestias terrible pero que, sin embargo, como veíamos en las fotos, tenían todos unas novias y unas hermanas que eran una verdadera preciosidad.
Yo quería ser alférez provisional aunque no tenía la edad necesaria y un día se lo comenté al capitán: «no sueñes con la gloria —me dijo—, espera a cumplir 18 años», pero me faltaba la tira de tiempo para cumplirlos, así que aproveché un permiso y ya no volví, se puede decir que deserté. Fui a San Sebastián —donde estaba mi familia— y ahí empezó mi odisea de buscar acomodo en una academia. Lo intenté primero en Miranda, donde estaban CTV, después me fui a Bilbao, donde el teniente coronel mandaba la academia se puso hecho un basilisco por mi edad y casi que me echó a patadas del despacho. Y entonces pues me fui a Pamplona, donde funcionaba desde hacía tres meses la academia de alféreces de provisionales, y allí, por medio de un amigo de mi padre que conocía al teniente-coronel, al tener ya convalidado el bachiller, me admitió con la condición de que hiciera una declaración jurada diciendo la edad que tenía. Como yo desde chiquitín no he jurado en falso en toda mi vida, me las arreglé para que me admitieran, y al final pude salir de alférez provisional con el número tres de mi promoción, cuando había terminado ya la guerra.
Por entonces, el Tercio estaba en San Sebastián de los Reyes y creo que participó en el Madrid en el Desfile de la Victoria, al que a mí, por estar en la academia de alféreces, me tocó en Zaragoza. Pedí permiso para visitar a mi familia ya en Madrid, y me traje conmigo a los chavales de mi escuadra del Tercio. Fue un día fabuloso, le invité a comer en el Hotel Nacional —entonces valía un duro el cubierto de tres platos y pan vino y postre—; disfruté enormemente porque era gente a la que yo quería muchísimo, hombres ejemplares, y creo que ellos también disfrutaron mucho. Mi paso por el Requeté fue una época maravillosa, de generosidad y compañerismo, y en aquella insensatez e idealismo de la juventud, se puede decir que hasta me dio pena que se terminara la guerra.
Cuando llegué a Madrid en mayo del 39 me encontré un panorama desolador; los hermanos de mi madre muy mal: uno tuberculoso, el otro cadavérico, que parecía el espíritu de la golosina, y sin embargo a mi abuela estupenda y además con una tranquilidad pasmosa, no había tenido problemas con los milicianos. Hasta entonces no habían tenido noticias nuestras, tampoco nosotros sabíamos lo que había sido de ellos. Durante la guerra, y salvo donde vivía mi abuela con mi tía, habían saqueado todos los pisos del bloque, ocupando cada cuarto una familia. La razón de este respeto por la casa de mi abuela estriba en que a su yerno le tocó en suerte ejercer de capitán en el bando republicano y, tratando de pasarse a los nacionales, cayó en el frente de la sierra de Madrid al poco de comenzar la guerra. Era muy considerada por los rojos debido a tal parentesco.

El piso de mis padres lo ocupó un comisario rojo y desapareció todo, no quedaba ni un mueble, lo único que encontré fue un orinal, en el había sido mi cuarto precisamente. En nuestro bloque y entre todo el vecindario habían fusilado cantidad de gente: una cocinera había hecho de delatora del barrio, dando nombres de todos los que iban a misa, y se los cargaron por el mero hecho de ir a misa. Luego, el portero de la casa se había apuntado como voluntario a la Guardia de Asalto y murió en el frente, mientras que la portera era capitana de las milicias de la FAI. Lo de mi abuela fue sorprendente, la respetaron, y eso que llegaba a salir al balcón de casa con el rosario de cuentas en la mano para rezar.
Mi familia regresó a Madrid y vuelta a empezar. Por entonces comenzó la invasión alemana de la Unión Soviética. Para mí, la División Azul no fue ni más ni menos que la disculpa de Franco para no ser invadidos por Alemania en caso de que nos negáramos a entrar en la guerra, porque entonces España estaba completamente destrozada, pero pensé que aquello me afectaba directamente. No sé si a mí se me había perdido algo en Rusia, ni pensé si nos convenía o no nos convenía aquello, pero sentía tres razones fundamentales para ir allí a combatir el comunismo: por una parte, me creía en deuda con los alemanes por su ayuda en nuestra guerra, por otra, también me creía en deuda con los comunistas pero en sentido contrario, y luego, además, pensé que si yo era un oficial del Ejército español, allá donde hubiera un soldado español pegando tiros ahí tenía que estar yo mandándole.
Recuerdo que estaba en Madrid, en la peluquería Jean, con un grupo de oficiales amigos aquel famoso día del “Rusia culpable”, el 24 de junio de 1941, y les dije a mis compañeros: «de todos estos que están en la manifestación, ¿cuántos irán a Rusia?, porque nosotros sí que vamos a ir». En casa no querían, «que lo que yo tenía que hacer era estudiar Medicina», decían. En la División Azul había mucho falangista pero también algún que otro requeté. Me costó tanto trabajo el ir a la División Azul como el poder ir al frente en la guerra de España, porque mi padre sabía que yo me había apuntado el primer día a la División Azul, y a un amigo con un cargo importante en el Ministerio del Ejército le había dado instrucciones para no dejarme ir. Al final, después de varios meses, conseguí engañar a mi padre y a todo el mundo, y en cuanto tuve el pasaporte, me marché a Rusia.
Llegué al frente del Este en junio de 1942. Me destinaron al I Batallón del Regimiento de Infantería nº 269. Mi entrada en fuego en la División fue con la 4ª Compañía de Acompañamiento (dotada con ametralladoras y morteros). Allí tenía que estar hasta que no hubiera una vacante en una compañía de fusileros. Con el cambio de frente, la División Azul fue a cubrir parte del sector sur del cerco de Leningrado. Allí me trasladaron a una compañía de fusileros, y ejercí el mando de la 1ª sección de la 1ª Compañía del 269º.

Sería a finales del otoño del 42, con una temperatura de unos 20 grados bajo cero, cuando los rusos nos dieron un golpe de mano. Vino a avisarme mi asistente Justo: «¡mi alférez!, ¡nos atacan!». Salí a todo correr cuando me tropecé a unos 15 metros con unos rusos que se estaban retirando al ver que habían sido descubiertos. Llevaba una pistola ametralladora y quise disparar, pero al contacto de la mano con el metal, por el frío, se me quedó pegada, y al tratar de separarla que me quedó toda despellejada. La incursión fue rechazada sin problemas.

Cuando me hirieron de verdad fue de la manera más idiota del mundo, el día de Navidad de 1942. Hacía una noche de lobos, con todo completamente nevado; y como las posiciones rusas estaban tan próximas de las nuestras, preparé un golpe de mano. Yo iba con ocho guripas arrastrándome por la nieve hacia sus líneas, cuando no sé a quién demonios se le ocurrió tirar una bengala y, ¡claro!, nos vieron. Empezaron a sacudirnos con ráfagas de ametralladora cuando noté que me habían dado en el muslo, además con gran susto por mi parte porque noté cómo el cargador de la pistola ametralladora me golpeó en los testículos, y en aquel momento, en medio del fregado, no sabía cómo estaba aquello. Me arrastré de vuelta a nuestras líneas, y lo primero que hice al llegar a la posición fue bajarme los pantalones para comprobar, con una alegría tremenda, que los tiros no habían sido allí. Tenía cinco balazos agrupados, pero afortunadamente ninguno en zona vital. Se infectaron, así que lo primero que me hicieron en el hospital fue una cura a fondo para hacer una sola herida. A mis 20 años estaba tan “chalao” que en cuanto me vi un poco bien, sin estar curado, pedí el alta voluntaria. Estuve hospitalizado en Mestelewo, Riga y Könisberg, reincorporándome al frente en febrero de 1943 al filo de la batalla más cruenta soportada por la División española, la de Krasny-Bor que a mi me cogió de refilón. Aun no estaba restablecido del todo, así que luego me estuvo haciendo las curas un capitán médico que estaba en un pueblecito llamado Krasnojvardiesk (Gatchina), que me aplicaba por toda la herida aceite de bacalao, que resultó un cicatrizante magnífico. Pasé la Navidad en el hospital de Riga muy contento. Noté a la población civil muy bien tratadas por el ocupante alemán. Las enfermeras letonas eran guapísimas. Allí conocí al Páter Ramón Marcellán, que estaba ciego por una explosión de los partisanos y consolaba a otros divisionarios en similar situación y que estaban desesperados: verle removía y hacía que uno se acercara a la fe. En el casino de oficiales de Riga me llamó la atención ver a un Coronel General alemán alternar con oficiales de menor rango. Allí, al ser territorio ocupado, a diferencia de Alemania donde en la puerta dejabas la gorra y el cinturón, éste lo mantenías ceñido. Se funcionaba a base de tickets para beber y comer. En Könisberg estuve hablando con una guapa judía pero me confesó que era mejor que se marchase porque si la veían conmigo la iban a castigar.

Llegué de nuevo al frente en la madrugada del día 10 de febrero, cuando estaba empezando la preparación artillera para romper el frente. Fue algo realmente espantoso. En el cuartel general estábamos tres oficiales, cada uno de un regimiento, y nos despedimos como en las películas: «suerte y a ver a quién le toca el ataque». Yo llegué a mi compañía y por indicación del Coronel, tomé unos rezagados para taponar la brecha abierta por los rusos a la izquierda del sector más afectado que era el del Regimiento 262º. Al que le tocó la rotura de verdad fue a uno de los tres, al Teniente Miguel Altura Martínez que llegó a su 3ª compañía del Regimiento 262º cuando empezaban a caer los pepinazos. Altura desde luego tuvo con su gente un comportamiento heroico. Cuando los rusos les capturaron, ya extenuados y sin munición, les iban a fusilar, cuando apareció un oficial y los cogieron prisioneros. Luego estuvo once años en campos rusos con un comportamiento intachable. Todos los oficiales se negaron en rotundo a trabajar y ninguno claudicó en todo el tiempo, manteniendo la dignidad hasta el final. Muchos de ellos murieron durante el cautiverio; sufrieron huelgas de hambre, palizas, les sacaban desnudos a formar a treinta grados bajo cero… Un infierno. Para mí su comportamiento fue heroico, porque un momento de valentía lo puede tener hasta el más cobarde, pero 11 años de valentía es muy difícil, y ellos los tuvieron, a pesar de vivir sin esperanza y de no tener noticias de nada, completamente aislados. A su regreso, a Miguel Altura le condecoraron con la Medalla Militar Individual.

Después de la batalla de Krasny-Bor pasé a la Sección de Asalto regimental del 269º. En mi sección de asalto —ciento y pico hombres, todos voluntarios— había gente realmente admirable, magnífica, se lo merecían todo… La sección tenía de madrina a la rusa más preciosa que vi durante toda la guerra. Al llegar a Rusia me hice la promesa de no probar una gota de alcohol en toda la campaña, pensaba que no era ni lógico ni moral para la tropa que un oficial bebiera para infundirse valor y, salvo un día que me emborraché de champán francés y me metí vestido en un lago, lo cumplí a rajatabla.

El trato de los divisionarios con la población civil era algo curiosísimo, una de las experiencias más maravillosas de la División. En el frente no lo había, pero cuando nos tocada estar en la segunda línea de reserva en el pueblo de Pavlovsk ¬—allí estaba el palacio del Zar Pablo— teníamos mucha relación con la población rusa. Los civiles vivían en lo que llamábamos “el barrio prohibido”, un sitio donde sólo había mujeres, niños y algún anciano, porque que a los jóvenes, entre los alemanes y los soviéticos, o se los habían cepillado o estaban en el frente combatiendo con el Ejército rojo. A las mujeres no sé por qué las llamábamos “payenkas” —payenkas eran unas botas de fieltro— y los alemanes las hacían trabajar en invierno limpiando la nieve o arreglando las carreteras en aquellas inmensidades. Los oficiales, en la casa donde estábamos alojados, además del asistente teníamos derecho a una asistenta para hacernos la comida y lavar la ropa. En mi caso era una chica de unos 20 años ¬—los mismos que yo entonces, que era estudiante de medicina de 3º año— y que se llamaba Antonia. Un día me llegó un paquete de casa; lo abrí, y a la primera que invité fue a ella: «toma Antonia, prueba estos dulces que verás que ricos». Ya nos pusimos a charlar, y entonces me dijo: «Antonio, ¿tú, por qué no te quieres acostar conmigo?, ¿es que no te gusto?». Y le contesté: «No. Mira, me va a ser muy difícil, pero voy a tratar de explicártelo. Eres muy guapa, y a mí me apetecería horrores el meterme en la cama contigo, pero si lo hiciera sería un canalla. Si te lo pidiera, tú no te podrías negar, te gustara o no, por miedo a que te mandara de vuelta al barrio prohibido o a palear nieve, y dejarías de gozar del régimen de favor que tienes ahora. Esa es la causa por la que yo jamás te tocaré ni un pelo de la cabeza». No sé si la llegué a convencer de lo lógico de mi planteamiento… Supongo que yo entonces, a los veinte años, todavía debía ser buena persona.
Sin embargo, la cosa que más me impresionó fue la religiosidad del pueblo ruso. Nosotros estábamos allí en el año 42, y la Revolución había sido en el 17: habían transcurrido 25 años de comunismo y sin embargo el pueblo la gente de un poco de edad era profundamente religiosa. Los domingos, cuando el páter del regimiento celebraba misa, me llamaba la atención el fervor con que aquellas mujeres asistían. Sin embargo, la gente joven ¬—incluida Antonia— era toda comunista: habían sido educadas ya en ese ambiente, y la ideología había podido más que la familia.
Lo cierto es que, a diferencia de los alemanes, teníamos buena relación con la población. Quizá por la situación en la que estábamos todos, esa incertidumbre de no saber qué iba a ser de nuestra vida, hacía que nos sintiéramos unos cercanos a los otros: para nosotros, la población rusa significaban un poco de amparo, esa familia que no teníamos porque estaba lejos; y nosotros para ellos, para toda aquella gente allí indefensa, éramos la única protección frente a las calamidades de la guerra. El recuerdo de aquella gente es magnífico; mucho se decía entonces de la “inmoralidad de las rusas”, pero no es cierto. Comparativamente, a mi me parecían mucho más “inmorales” las francesas, y “amorales” las alemanas, que las rusas. El pueblo ruso era un pueblo con moral, y entre la gente de cierta edad, un pueblo profundamente religioso.
De Rusia tengo algunos recuerdos imborrables, que jamás podré olvidar. Algunos alegres, como la despedida que me prepararon antes de regresar a España, y otros muy tristes, como la muerte de mi asistente. Era gallego y se llamaba Justo; tenía 34 años —yo entonces tenía sólo 20— y que me trataba como si fuera hijo suyo. Yo creo que en aquellas noches de frío polar, hasta me embozaba en la manta para que “el nene” no se enfriara. Yo he sido una calamidad con las cartas, allí teníamos partidas de póquer y yo no tenía nunca un real. En cambio, mi asistente ganaba siempre, dejaba limpia a toda la compañía y a las que estaban cerca les dejaba sin un cuarto. El tío tenía un fajo de billetes de rublos, y luego siempre invitaba en la cantina. Cuando me hirieron, estando en el hospital, pasó sin que yo me enterara, y me dejó 20 marcos en la mesilla. Hacía de padre para mí.
Un día, durante un combate, los rusos pegaron un pepinazo en mí bunker —que en realidad no era más que una chabola enterrada—, se prendió fuego y Justo fue corriendo a apagarlo. «¡No seas zoquete!, ¡Baja de ahí que te pueden dar!», le grité, pero antes de que me pudiera hacer caso una bala de había atravesado de lado a lado, y cayó muerto. Aquél fue para mí el peor momento de toda la guerra. Aquel hombre estaba a punto de volver para España; me hablaba mucho de su madre «que alegría se va a llevar “la vieja”, cuando llegue», me decía. Su muerte, y mira que han muerto compañeros, fue para mí el momento más triste de de toda la guerra, nunca sentí nada tanto como lo de este hombre, un compañero fiel hasta el final.
No me volvieron a herir, y es que tenía la suerte de que mis soldados procuraban que no me mataran. El día 19 de marzo del 43 hubo una preparación artillera y mucho fuego de mortero sobre nuestra posición. Yo tenía la costumbre de andar por encima de las trincheras, un poco por ir más deprisa de un sitio a otro, y también porque había que dar un poco de ejemplo. Era una posición junto al río Slavianka en la que estábamos muy cerca de los rusos, la parte más próxima, de trinchera a trinchera, no habría más de 80 metros, y en la más alejada unos 400 metros y, en medio, las líneas de alambradas. En medio de aquel jaleo, corriendo de un sitio a otro para preparar la defensa, un cabo me cogió de las piernas y me metió en la trinchera: «mi alférez —me dijo—, que a usted no le pueden matar…». «Bueno, pues muy bien, te obedeceré», le contesté y le hice caso.
Fui repatriado a España en agosto de 1943 para incorporarme a la Academia de Transformación de Infantería en Guadalajara. Estuve a punto de volver a luchar contra el Ejército Rojo, pero me lo quitó de la cabeza el agregado militar de la Embajada alemana en Madrid. Seguidamente me tocó lo del Maquis. Entonces era todavía teniente, y mandaba una compañía que tenía la cabecera del batallón en Elizondo, en la frontera de Navarra con Francia, y estábamos encargados de la vigilancia de la frontera de Dancharinea por las incursiones puntuales que realizaban desde Francia. Una cosa entre ridícula y trágica: tuvimos que pasar más de un mes durmiendo en pleno monte con la compañía, pero en cambio pasamos ratos fenomenales en Urdax y otros pueblos cuando eran las fiestas, con buenas trompas incluidas.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero entre muchos excombatientes, y sobre todo entre los divisionarios, a pesar de los años y de las bajas de la vida, siempre se ha mantenido un espíritu especial de camaradería, una afinidad, un cierto orgullo…
La guerra es inhumana, tremenda, pero es el sitio donde las virtudes humanas y religiosas de abnegación, de compañerismo, de sacrificio, de verdaderos rasgos de amor fraterno… se dan con una intensidad tremenda. Es decir, el jugarte la vida por tu compañero, el darle lo que tienes cuando lo necesita, fuera ropa, comida o lo que sea, allí era lo normal entre nosotros.
Creo que mi participación en la guerra no fue nada fuera de lo corriente; he sido muy poco heroico, no soy ningún laureado, ni tengo la medalla militar, ni estuve en las grandes batallas de nuestra guerra, y en Rusia, la batalla que hubo de verdad y que fue cuando estuvieron a punto de envolver a la División en Krasny Bor, me cogió de refilón. El único mérito que tengo creo que fue el haber sido consecuente con lo que pensaba y con mi conciencia, y haberme mantenido fiel a los principios en los que siempre he creído y sigo creyendo.

_________________
ImagenImagenImagen


Última edición por Pablo Sagarra el Mié May 23, 2012 7:56 am, editado 1 vez en total

Arriba
 Perfil  
Responder citando  
NotaPublicado: Mié May 23, 2012 7:45 am 
Desconectado
Oberstleutnant
Oberstleutnant

Registrado: Lun Oct 20, 2008 6:43 pm
Mensajes: 784
Antonio Requeté en el Tercio de Abárzuza. 1938



Imagen





Antonio en Rusia

Imagen



Antonio abanderado en el 50º anivesario de la DA en el cuartel Infante del Rey en Madrid



Imagen

_________________
ImagenImagenImagen


Última edición por Pablo Sagarra el Mié May 23, 2012 8:01 am, editado 1 vez en total

Arriba
 Perfil  
Responder citando  
NotaPublicado: Mié May 23, 2012 7:51 am 
Desconectado
Oberstleutnant
Oberstleutnant

Registrado: Lun Oct 20, 2008 6:43 pm
Mensajes: 784
Antonio durante una conferencia en la Unión Seglar:
"Un católico en Rusia"


Imagen Subido en SubeImagenes.com

_________________
ImagenImagenImagen


Arriba
 Perfil  
Responder citando  
NotaPublicado: Mié May 23, 2012 7:54 am 
Desconectado
Oberstleutnant
Oberstleutnant

Registrado: Lun Oct 20, 2008 6:43 pm
Mensajes: 784
Condecoraciones de Antonio Vallejo Zaldo. Los expertos podrán explicar los detalles de cada condecoración.

Un gran abrazo para todos

Imagen

_________________
ImagenImagenImagen


Arriba
 Perfil  
Responder citando  
 Asunto:
NotaPublicado: Jue May 24, 2012 4:54 pm 
Desconectado
Hauptmann
Hauptmann
Avatar de Usuario

Registrado: Vie Jul 08, 2011 11:45 am
Mensajes: 530
Ubicación: Pucela
Divisionario D. Antonio Vallejo Zaldo. ¡Presente!
Ya esta haciendo guardia sobre los luceros.

_________________
ImagenImagenImagen

¡Mucho ojo con estos muchachos del brazo en alto!


Arriba
 Perfil  
Responder citando  
 Asunto:
NotaPublicado: Jue Jun 21, 2012 10:58 am 
Desconectado
Oberst
Oberst

Registrado: Sab Jul 04, 2009 12:36 pm
Mensajes: 1810
Ubicación: Toletum
Descanse en paz


Arriba
 Perfil  
Responder citando  
 Asunto:
NotaPublicado: Mié Ago 13, 2014 1:23 pm 
Desconectado
Oberst
Oberst
Avatar de Usuario

Registrado: Dom Ene 15, 2012 10:19 pm
Mensajes: 1961
Ubicación: Guadalajara - España
Imagen

_________________
ImagenImagenImagenImagenImagenImagenImagenImagenImagenImagenImagen

Por campos pardos y blancos regaron tierras, tiñeron nieves.
Corazones sin descanso, almas en las que nunca llueve.


Arriba
 Perfil  
Responder citando  
Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
Nuevo tema Responder al tema  [ 41 mensajes ]  Ir a página Anterior  1, 2, 3

Todos los horarios son UTC + 1 hora


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 5 invitados


No puedes abrir nuevos temas en este Foro
No puedes responder a temas en este Foro
No puedes editar tus mensajes en este Foro
No puedes borrar tus mensajes en este Foro
No puedes enviar adjuntos en este Foro

Buscar:
Saltar a:  

Páginas Amigas

Hermandad Nacional División Azul    GALLAND BOOKS - Tu librería on-line de confianza   A.D.A.R.H - Agrupación Capitán Urbano  Hermandad de Combatientes de la División Azul de Barcelona  Wehrmachtbericht  Augusto Ferrer-Dalmau

Desarrollado por phpBB® Forum Software © phpBB Group
Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España