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NotaPublicado: Mar Ene 20, 2015 11:15 am 
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Oberst
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Registrado: Dom Ene 15, 2012 10:19 pm
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Ubicación: Guadalajara - España
Descanse en Paz.

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Por campos pardos y blancos regaron tierras, tiñeron nieves.
Corazones sin descanso, almas en las que nunca llueve.


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NotaPublicado: Mié Ene 21, 2015 11:17 pm 
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Registrado: Lun Oct 20, 2008 6:43 pm
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Descanse en paz Eugenio Suárez ...

La intención de alistarse parece clara así como el hecho comprobado de que debió ser declarado inútil por causa de enfermedad o lesión, lo cual no le ha impedido vivir, por otra parte, hasta los 95 años.
Su condición de divisionario, pues, es aceptable.
Rezaremos por él como por todos los difuntos.

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NotaPublicado: Dom Feb 01, 2015 10:04 pm 
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Registrado: Dom Ene 23, 2011 5:24 pm
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“Las guerras no acaban hasta que no se entierra el último de los caídos”.


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NotaPublicado: Dom Feb 01, 2015 11:07 pm 
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Registrado: Sab Mar 31, 2012 1:03 pm
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Ubicación: Madrid
Divisionario Eugenio Suarez Gómez. Descanse en Paz.

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"Aquí la más principal hazaña es obedecer, y el modo cómo ha de ser es ni pedir ni rehusar."----Pedro Calderón de la Barca, soldado de Infantería Española.


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NotaPublicado: Dom May 17, 2015 1:31 pm 
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Registrado: Mié Sep 23, 2009 10:33 pm
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Pese a que su paso por la DA fue fugaz, no por ello dejó de ser divisionario.
Y dado que fue un personaje de gran fama, vale la pena transcribir esta necrologica aparecida en ALTAR MAYOR, nº 165, órgano de la Hermandad del Valle de los Caídos


EL PERIODISTA EUGENIO SUÁREZ


JOSÉ MARÍA SAN ROMÁN


Nació en la localidad manchega de Daimiel en 1919, pero su retiro fue en su tierra adoptiva asturiana de Salinas, muy cerca de Avilés, donde todos los días contemplaba el mar que fue una de sus mayores pasiones. El verano del año 2008 le conocí cuando visité, en aquella localidad, al catedrático de Literatura José María Martínez Cachero con quien a lo largo de varios años nos veíamos, frente a frente, todos los lunes, en una cafetería de Oviedo donde recibía de él lecciones magistrales que siempre recordaré. Durante el tiempo estival, Cachero, que pasaba los veranos en Salinas, se reunía todos los días con un pequeño grupo que era conocido como la tertulia de los sénecas de la playa, porque muy cerca podían contemplar las arenas de aquella costa que todos los días bañaba el mar Cantábrico cuando subía la marea. Componían esa tertulia, el abogado, José Ramón Cueva; los ingenieros, Hanseman Müller y Marcelo Saldaña; el catedrático de Matemáticas y miembro de Plataforma 2003, Carlos Conde; y los ya citados Cachero y Suárez. Aunque eran pocos, siempre negaron que aquella tertulia fuera un coto cerrado y aseguraban que estaban abiertos a nuevas incorporaciones que fueran cogiendo el relevo de los que por ley de vida iban a faltar.
El primero en faltar fue José María Martínez-Cachero, investido de una supremacía que reunía hartamente una sabiduría enciclopédica y la amabilidad hacia las opiniones ajenas, al mismo tiempo que admiro en él su gesto de dimitir como jurado del «Príncipe de Asturias», disconforme con el pasteleo de galardonados inméritos, sólo porque le deban cierta vistosidad y petulante barniz al premio, escribió Eugenio Suárez a la muerte del catedrático en junio de 2010. Pero no sería éste el último obituario que escribiría el periodista de un compañero de aquella tertulia de Salinas. Él era el de más edad de todos, sin embargo fue el último en morir. Fue el 30 de diciembre de 2014, pero un par de días antes aparecía en el diario La Nueva España, de Oviedo, lo último que, muy probablemente, escribió. En esta ocasión era dedicado al tertuliano Carlos Conde, fallecido el día 23 del mismo mes. Con éste había establecido una rápida relación de simpatía. Eugenio lo veía como un hombre sabio y cortés. Daba la impresión de conocer todas las materias, aparte, de las que conciernen a su oficio. A Suárez le sorprendía saber que él era el mayor de todos aquellos tertulianos y que cuando murió contaba con 95 años.
Por eso la casi centenaria existencia de este periodista es la historia de una vida apasionante al servicio de la información. «Creo que he sido más feliz que infeliz porque he tenido la capacidad de no romperme». Decía en una entrevista publicada después de su muerte porque así lo había dejado dicho. En otra ocasión también contaba que a los dieciséis años ya se consideraba falangista de primera línea, orgulloso de su camisa azul bordada con el yugo y las flechas. No fue Eugenio una excepción de la persecución que sufrieron los falangistas en aquella II República, porque unos años más tarde de afiliarse fue detenido por lanzar octavillas e ingresado en la cárcel Modelo de Madrid, donde ya se encontraba detenido José Antonio por lo que más que un castigo fue para él un premio ya que tuvo la suerte de conocer al hombre que más admiraba.
Cuando estalló la guerra Civil, Eugenio se encontraba en Alemania, en Berlín concretamente. Aquí conoció a Eugenio Montes, corresponsal del diario madrileño ABC, y a Antonio Tovar. Su permanencia en aquél país fue por muy poco tiempo porque pronto regresó a España junto con Montes y Tovar. Los tres llegaron a Salamanca y acto seguido Eugenio se traslada a Valladolid donde estaban organizando las Banderas de Castilla incorporándose inmediatamente a una de ellas. Hizo lo que pudo no sin antes haber llegado a aborrecer a Franco por culpa del Decreto de Unificación, descabezando de esa manera a Falange. «Lo único que realmente fui o me he sentido en la vida es falangista, y aquel generalito africanista se comió a mi partido y machacó cualquier posibilidad de que nuestros idearios pudieran alcanzarse» .
Durante la guerra comenzó a escribir en el Diario Vasco de San Sebastián. Conoció por esa época a Mihura, a Tono, y a Álvaro de la Iglesia que editaban La ametralladora. Tomás Borrás, periodista y dramaturgo, y que aparece en el famoso cuadro de Solana, La tertulia del Café Pombo, fue también otro de los que conoció y que gracias a él empezó a enviar y cobrar artículos. Ante la inminente caída de Madrid, se traslada a Zaragoza donde consigue una plaza en un avión militar que lo lleva a la capital de España donde puede abrazar a su familia. La guerra había terminado y Eugenio ya había cumplido 20 años. Era todo un hombre y se manejaba bien en Madrid. Se reabrieron los cafés y los que habían ganado vivían un estado irreal de euforia porque la ciudad era una fiesta continua, pero escaseaba la comida. Eugenio cerraba los ojos y podía ver el café Lyon donde José Antonio tuvo su primera tertulia, en la tripa de La Ballena Alegre. Junto a él, José María Alfaro, Agustín de Foxá y Rafael Sánchez Mazas. El también falangista Jacinto Miquelarena tiene escrito que antes de la guerra, republicanos y falangistas compartían el mismo espacio del café en aparente vecindad benévola.
En Madrid, se matriculó en Filosofía y Letras, pero sólo estudia dos cursos porque había que ganarse la vida y ponerse a trabajar, algo que consigue muy pronto, después de que por mediación de Eugenio Montes obtiene un puesto de colaborador en el diario Arriba. Conoció a Eugenio d’Ors, a José María de Cossío y a Eduardo Haro Tecglen, y cuando Eugenio Suárez editó la revista Sábado Gráfico, puso a Eduardo al frente. Éste era republicano, pero dicen que subsistió en una especie de exilio interior gracias a que escribió artículos a favor del régimen franquista. En noviembre de 1944 el director del diario Informaciones, donde trabajaba, le manda escribir una crónica del funeral por José Antonio, que iba a tener lugar en El Escorial. Y esto fue lo que escribió entonces y que él recordaría más tarde en su libro El refugio en el capítulo El niño fascista: «... Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezado de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo. Y así este día de dolor –Dies Irae– a las once –once campanadas densas de todos los relojes han sido heraldos de vuelo de su presencia– la corona de laurel portada por manos heroicas de viejos camaradas han llegado a la Basílica, y, entre la doble fila de seminaristas –cirios encendidos en sus manos– ha pasado al Patio de los Reyes y ha entrado en el Crucero. Ha sido depositado sobre la lápida de mármol donde grabado está el nombre de José Antonio y la palma de honor y martirio…» .
La primera tertulia a la que asistió en Madrid de la mano de Eugenio Montes fue la de la Juventud Creadora. Era fundamental una tertulia de poetas dirigida por García Nieto y Gerardo Diego. El gran protector era Juan Aparicio, director general de Prensa, que les abrió las puertas de La Estafeta Literaria. Editaron también, con el apoyo de Aparicio, la revista Garcilaso, donde Eugenio llegó a colaborar. Con el tiempo se fueron sumando a aquella tertulia mucha más gente, desde filósofos como Rafael Pérez Delgado, y escritores como Camilo José Cela al que había conocido antes en su casa cuando un día, de la mano de García Nieto, se acercaron a verlo por encontrarse enfermo. Decía que lo suyo era tuberculosis y que la había padecido durante años y que no tenía dinero. Quería que le presentaran a Juan Aparicio y éste, después de hablar con él, le dio el único puesto que quedaba vacante en Censura.
Su temperamento rebelde llevó a sus jefes, con enorme sorpresa por su parte, a enviarle a Hungría, cuando apenas contaba con 24 años, en donde ejerció como corresponsal y agregado de prensa durante cerca de dos años. En ese país comprobó la barbarie nazi y sería testigo de excepción «de la ayuda dispensada por varios funcionarios diplomáticos españoles, como el más conocido Ángel Sanz Briz, con grave riesgo para su integridad, a la castigada comunidad judía de Budapest. Así lo reflejo en su libro Corresponsal en Budapest, publicado en 1946» .
Cuando volvió a Madrid Cela era ya una celebridad. Años después llegó a tratarle mucho porque ambos coincidieron en Palma de Mallorca y además eran vecinos. Conoció también a Dionisio Ridruejo cuya historia política es bien conocida, pero Eugenio Suárez, que siempre estaba a un milímetro del toro, nos da su versión: «En el 41, a su vuelta de la División Azul, donde marchó como soldado raso voluntario, se le acusó otra vez de lo que muchos camaradas pensábamos, pero no nos atrevíamos a decir: que había traicionado a Falange, utilizándola hasta la pura traición» .
Pasó el tiempo y fundó y dirigió El Caso, después Sábado Gráfico, Velocidad, y Cine en Siete Días, convirtiéndose entonces en un empresario de los que algunos llamaron «un emporio periodístico». Vendrían después otros títulos: El Cocodrilo Leopoldo, La Bota, Velocidad, El burladero, etc. Estuvo casado con la asturiana María García Revuelta con la que tuvo seis hijos, de los que solamente uno sobreviviría a su padre; aunque veintisietes años después surgió en su vida un hijo que había perdido, que era de otra esposa. Nunca quiso vivir con su padre y en esa situación permaneció durante esos años hasta que un día se reencontraron en Salinas.
El 30 de diciembre de 2014, este hombre que manejó un emporio periodístico, que tuvo bastante de aventurero y al que le llegaron a ofrecer 1.000 millones de pesetas por El Caso, según declaró un día, falleció en el Hospital San Agustín de Avilés. A pesar de su edad colaboraba con bastante frecuencia en el diario ovetense La Nueva España, cuya cabecera perteneció un día a aquella Falange en la que Eugenio tantas esperanza había puesto. Nació para ser periodista y murió siendo periodista porque como él mismo dijo: «Yo es que no sé hacer otra cosa»

Notas:
1) ORDOÑEZ, MARCOS: Una época de la historia de España. Aguilar. Madrid, 2007, pág. 16.
2) Diario Informaciones, Madrid, 20-XI-1944.
3) Diario El País, Madrid, 02-I-2015, pág. 43. El libro fue publicado por Editorial Aspas y el capítulo VI está dedicado a la persecución de los judíos por los nazis, donde relata todo lo que él hizo y también la Embajada de España por salvarles de la vida...
4) ORDOÑEZ, MARCOS: Op. cit., pág. 21.

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Con mi canción la gloria va, que en Rusia están los camaradas de mi División... ...


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