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NotaPublicado: Jue Ene 20, 2011 9:11 pm 
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El teniente José María Fernández Medrano se incorporó al Rgto. 269. No constan fechas de incorporación ni Compañía.

El 18 julio 1943 se le concede la Cruz de Hierro de 2ª clase.

El 2 noviembre 1943 cruza la frontera de Irún con el 16º Bón. de Relevo.

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-"A donde lleva esta carretera??"
-"A la gloria" respondió el soldado...


Última edición por parsifal el Mié Jul 31, 2013 8:04 am, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Lun Ago 22, 2011 10:09 pm 
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Su verdadero nombre era José/Jesús María Fernández Navarro de los Paños y Medrano,y mandó la sección de morteros de 120 mm modelo "Franco",única arma española utilizada en Rusia

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NotaPublicado: Mié Jun 19, 2013 8:42 am 
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En listado de Oficiales figuran dos tenientes:
José María Fernández Medrano; Rgto. 269, EK II (18.07.43) 16º Bón. Regreso

Jesús María Fernández Medrano; 13º Bón. Marcha -24.07.42-, Rgto. 263; Cruz M. Guerra 2ª espadas el 20.04.43.

Varía el Regimiento.
Posiblemente se trate de dos tenientes distintos, por lo que convendría añadir los apellidos completos a uno de los dos.

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NotaPublicado: Lun Jul 29, 2013 6:13 pm 
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El veranito, lo bueno que tiene son las vacaciones, y la oportunidad de sumergirse en el Foro, para darle mil y una vueltas.
Sobre este oficial, agregó un articulo que se publicó en BLAU DIVISION, el boletin de la Hrmandad de la División Azul de Alicante.

JESÚS MARÍA FERNÁNDEZ MEDRANO
Y LOS MORTEROS DE 120 DE LA DIVISIÓN AZUL


En el BD nº 560 (marzo 2006), y en el marco de sus estupendos artículos sobre los Batallones en Marcha, nuestro querido Francisco Grau nos señaló la presencia en el 13º Batallón en Marcha del Teniente José María Fernández Medrano como uno de los componentes. Por su parte, en sus habituales precisiones, en el BD nº 562, César Ibáñez nos informaba sobre los datos relativamente contradictorios existentes sobre este oficial. Según sus documentos, el nombre del oficial apellidado Fernández Medrano que había formado parte del 13º Batallón en Marcha era Jesús María, perteneció al 263º Regimiento, ganó la Cruz del Mérito de Guerra de 2ª Clase con Espadas y fue repatriado en noviembre de 1943. Señalaba sin embargo también César que tenía constancia de la existencia de un cierto Teniente José María Fernández Medrano, del que ignoraba fecha de llegada y repatriación, pero del que se sabía que había pertenecido al 269º Regimiento y había ganado la Cruz de Hierro de 2ª Clase. ¿Se trataba del mismo hombre en realidad?, se preguntaba César.
Ha querido la suerte que uno de los hijos de ese oficial, establecido en Alicante desde hace relativamente poco tiempo, pero que ya había entrado en contacto con el Blau, leyera ese artículo. Como ya se ha señalado varias veces aquí, el cruce de datos entre Paco y César está siendo altamente enriquecedor, contribuyendo a que se vayan despejando cuestiones. Y gracias a él hemos podido deshacer el entuerto. Como César sospechaba, no se trata de dos personajes, sino de uno sólo. Pero no se trata sólo de que podamos establecer de manera clara y precisa la identidad ese oficial. Su biografía es realmente interesante, así que vamos a detenernos en ella, porque hemos podido descubrir gracias a todo este aparente embrollo de nombres un dato realmente interesante en la historia de nuestra División Azul, como vamos a ver...

Para empezar con el nombre del oficial cuya identidad estaba en duda, su nombre era bastante más complejo de lo que a primera vista parecía. Su nombre completo en el Registro Civil era Jesús María Fernández Navarro de los Paños y Medrano, aunque normalmente él mismo lo abreviara en un simple Jesús Fernández Medrano. Un dato, relevante para nosotros, es que la familia tenía antepasados alicantinos, incluido uno que había sido diputado por esta circunscripción en la época de Sagasta, aunque también tenían raíces en La Mancha. El padre de nuestro personaje emigró a Argentina, no por necesidades económicas, como solía ser habitual, sino en busca de más amplios horizontes personales. Allí nació Jesús María. Cuando su padre sintió que se acercaba su última hora decidió regresar a su Patria, a la que el joven Jesús María llegó en 1925, con sus 9 años.
En 1931 se implantó la IIª República. Y el joven Jesús María, a la sazón estudiante universitario en Murcia y afiliado a la Agrupación Escolar Tradicionalista (AET), se convirtió en un activista político. Activismo que le llevaría incluso a pisar la cárcel. En julio de 1936, Jesús María se encontraba en una finca de unos familiares en Rubielos Altos (Cuenca). Los milicianos se presentaron en ella y se llevaron a su tío y a sus tres hijos, de los que nunca más se supo: cuatro “paseados””. Él, con 19 años, pudo escapar a esa suerte alegando el estar simplemente de visita. No acabó aquí la tragedia de la familia. Otro de sus tíos, oficial de la Armada, en cuanto se tuvo conocimiento del Alzamiento había marchado a Cartagena para ponerse al frente de su unidad... pero fue fusilado, junto con la práctica totalidad de la oficialidad del buque (el destructor “José Luis Diez”) el 20 de septiembre de 1936. El joven Jesús María había partido precisamente hacia Cartagena con idea de embarcarse en ese buque de guerra, pero fue detenido al llegar a la ciudad. Haciendo valer el hecho de haber nacido en Argentina escapó a la muerte o la prisión y se le permitió marchar a Alicante, donde un buque alemán iba a evacuar a súbditos extranjeros. Jesús María embarcó en él, pero apenas recaló la nave en Lisboa, desembarcó, marchó hacia la frontera española, penetró en Extremadura y se unió a un Tercio de Requetés. Solicitó, sin éxito, que le permitieran enrolarse en los “bous” de la Marina Nacional en el Cantábrico, pero si que obtuvo –gracias a que ya había cursado 2º de la Carrera de Ciencias Naturales- la posibilidad de presentarse a los cursos de Alférez Provisional, de los que salió debidamente “estampillado”. Nuestro personaje tomó parte en las batallas de Brunete y Teruel, donde sufrió por cierto graves heridas. Estuvo propuesto para la Medalla Militar Individual, aunque finalmente el Expediente contradictorio incoado al respecto no se resolvió favorablemente. Acabó la guerra como Teniente Provisional y, concluida esta, decidió permanecer en el Ejército. Para entonces ya había acreditado ser un oficial valeroso y combativo, dispuesto a estar siempre en primera línea. Tras pasar los cursos preceptivos por la Academia de Transformación de Guadalajara, pasó a ser Teniente efectivo de Infantería.

Estuvo destinado en la guarnición del Campo de Gibraltar, al mando de una Compañía de Escaladores, que se entrenaba de cara al eventual asalto a “La Roca”. Pero pasaban los meses sin que aquella operación se iniciase, así que Jesús María Fernández Navarro de los Paños y Medrano sentó plaza en la División Azul que, ella sí, estaba combatiendo, con fecha de 18 de julio de 1942. Poco después, su Batallón en Marcha, el nº 13, cruzaba la frontera hispano-francesa. Al llegar a Rusia fue destinado al Iº Batallón del 263º Regimiento. Por el diario de uno de los oficiales de ese Batallón al que tenemos acceso, sabemos que se presentó en su unidad el 30 de Agosto, siendo asignado a la 4ª Compañía, la de armas pesadas, y puesto al frente de la Sección de Morteros. Ese mismo diario nos informa que por unos días pasó a pertenecer a la Plana Mayor del Batallón, lo que concuerda con lo que nos ha comunicado su hijo, en el sentido de que el padre lo que deseaba era mandar una Sección de Asalto. No pudo ser y ese mismo diario nos cuenta que finalmente volvió a mandar la Sección de Morteros. Según su hijo, el “problema” de su padre era que tenía 2º de Ciencias. Lo explicaremos con más detalle. Para presentarse a los cursos de Alférez Provisional había que acreditar tener el Bachillerato. Pero fueron muchos los que presentaron declaración en tal sentido sin que fuera cierto. Acabada la Guerra Civil y después de haberse jugado tanto el pellejo, nadie tuvo valor para desposeerles de sus galones cuando se demostró que le faltaban los estudios necesarios. Otros muchos tenían, simplemente, el Bachillerato. En cambio, Jesús María, con 2º de Ciencias terminado antes de la guerra, era un oficial de Infantería con una base científica y técnica más que aceptable, lo que le hacía más que adecuado para mandar una unidad de morteros que, que duda cabe, necesita de más solvencia científica que una Sección de Infantería. Así que, muy a su pesar, Jesús María acababa siendo destinado a morteros.

El 10 de febrero de 1943 su unidad, la 4ª del 263º Regimiento, como ya se ha señalado, estaba mandada por el Capitán Enrique Castro Cardús, y había sido desplegada como reserva en Federovskoye, junto al Ishora. Cuando el enemigo rompió las línea del Batallón de Reserva Móvil 250º y avanzó rápidamente a lo largo de la ribera oriental del Ishora, la Compañía, y más concretamente sus Secciones de ametralladoras, recibieron orden de cruzar el río, para formar una cabeza de puente protectora del Cuartel General de Raykolowo. Más adelante, junto a la 2ª y la 3ª del 263, la 5ª del 269º, la 4ª del 263º tomó parte en un intento de contraataque nocturno destinado a alcanzar de nuevo las líneas del Batallón de Reserva 250º. Sin embargo Jesús María, siempre al frente de los morteros, no pudo participar en al operación, pues estos fueron excluidos ya que no se pensó que fueran útiles para la operación. El intento se saldó con un fracaso y elevadas bajas.
Jesús María, por su parte, con los morteros de la 4ª/ 263º, una Sección de la 3ª / 263º, dos Secciones de la 9ª / 263º, y una Sección de la 9ª / 269º, debieron permanecer al norte de Raykolowo, tratando de evitar nuevas penetraciones soviéticas hacia la orilla occidental del Ishora. Para nuestro personaje fue, en definitiva, una suerte, ya que pudo evitar el destino que les cupo a muchos de sus compañeros: muerte, heridas, o cautiverio. De hecho, durante toda su presencia en Rusia nunca tuvo que ser hospitalizado. Incluso pudo realizar dos visitas a la retaguardia, una a Alemania –de casi un mes- y otra a Riga –de trece días- aunque en este caso con el penoso deber de asistir al entierro de alguno de los camaradas, que habían sido evacuados al hospital español en la capital letona para ser tratados –sin éxito- de sus heridas. Por cierto, la fotografía tomada en Riga nos lo muestra luciendo en el ojal de su guerrera las cintas de las dos condecoraciones germanas que para entonces había merecido, la Cruz del Mérito de Guerra de 2ª Clase con espadas (otorgada el 20 de abril de 1943) y la Cruz de Hierro de 2ª Clase (concedida el 18 de julio de 1943)
En fecha que no se ha podido precisar Jesús María Fernández Navarro de los Paños y Medrano pasó al Regimiento 269º, con una misión muy concreta: mandar una Sección experimental de morteros “Franco” de 120. Así lo hace constar en una declaración jurada para el reconocimiento de sus servicios y así lo ratifica el Teniente Coronel Alberto Rodríguez-Cano Martín, a la sazón jefe del 269º, en un documento aportado por la familia.
¿Morteros de 120 en la División Azul? Francamente, nunca antes habíamos oído hablar de esto. Consultamos con personas más expertas que nosotros y tampoco ellos tenían noticia alguna al respecto. ¿Para empezar, qué morteros eran estos? Casi simultáneamente a que nos formulásemos estas preguntas, Jesús N. Núñez Calvo, el gran historiador militar que ya conocéis y gran amigo del Blau publicó un artículo donde se hablaba de ellos (“Proyectos, estudios y experiencias sobre Armas y Municiones en 1941. Fusiles Antitanque y Morteros”, en ARMAS nº 288). Otros dos grandes historiadores militares, Lucas Molina Franco y José Mª Manrique García, también acudieron en nuestra ayuda, facilitándonos información sobre este arma.
Pero empecemos por el principio: explicando algo sobre los morteros, ya que algunos lectores del Blau, jóvenes divisionistas que ni siquiera han hecho el servicio militar, pueden quedarse a medias.
Los primeros “morteros”, entendiendo como tales piezas artilleras con un tubo bastante corto y que disparaban con un ángulo de tiro superior a los 45 grados aparecieron ya en el siglo XV. Se trataba de un ingenio típico de la Artillería. Sin embargo lo que hoy llamamos “mortero” es un arma propia de la Infantería, que aparece como tal en la Iª Guerra Mundial. Desde entonces para acá las piezas de tiro curvo de la Artillería se han venido denominando obuses, mientras que las armas de tiro curvo, ánima lisa, y sin freno ni recuperador usadas por la Infantería son las que se denominan “morteros”. (Un inciso terminológico: los alemanes siguieron usando la palabra “mortero” (mörser), para los obuses muy pesados, mientras que a los morteros los denominaron “granatenwerfer”, lanzagranadas). Como decíamos arriba, el actual “mortero de Infantería”, arma que siempre debe tener las características de un peso relativamente ligero, fácil uso y transporte y gran potencia y cadencia de fuego, surge gracias a los diseños del británico Stokes en la Iª Guerra Mundial. Acaba esta, será una firma francesa, la “Brand” la que lo difunda a gran escala, vendiendo morteros de 81’4 prácticamente a todos los Ejércitos europeos. En cuanto a los alemanes, les costó sorprendentemente mucho apreciar las virtudes de este arma, tan útil para la Infantería. En la Iª Guerra Mundial trataron de crear su propia alternativa mediante las armas bautizadas “minenwerfer” (lanzaminas), que en realidad eran algo así como un obús a pequeña escala: complejos en exceso, caros, poco manejables. Solo después de la Iª Guerra Mundial y en realidad ya entrados en los años 30 los alemanes empezaron a diseñar sus propios morteros.

Volvamos ahora a los morteros “Franco”. Un emprendedor Capitán de Infantería español, D. Vicente Valero de Bernabé y Casáñez diseñó modelos de calibre 60 y 81, que fueron construidos por la firma ECIA a lo largo de los años 20 y 30. Parece que también él es el autor del diseño del mortero de 120, respondiendo a una solicitud expresa en ese sentido formulada por el mismo Generalísimo Franco. El resultado se demoró hasta 1939. Se trataba de unos morteros de diseño y fabricación enteramente española, de los que entre 1939 y 1942 se produjeron cerca de 50 unidades (y al parecer algunas más posteriormente, alcanzándose quizás el centenar de ejemplares). Hasta entonces la Infantería española no había tenido un mortero de tal calibre a su disposición. La “leyenda” que rodea este arma afirma que se diseñaron y fabricaron pensando en un ataque español contra Gibraltar, complementando la actuación de nuestra Artillería, aunque posiblemente sea sólo una leyenda. El resultado final fue un arma al que se le reconoció pronto un buen alcance (de 5.200 metros) y notable precisión. Sin embargo, se trataba de un arma engorrosa, con un tubo de dos metros, lo que exigía que el sirviente que debía municionar esta arma de avancarga se tuviese que subir a una escalerilla para hacer entrar por la boca la también muy pesada granada. El arma era en realidad demasiado sofisticada y por tanto se dieron con ella numerosos casos de defectos e incluso accidentes. Otro gran problema era el peso extraordinariamente grande de la pieza, que puesto en batería alcanzaba casi los 700 kgs.

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NotaPublicado: Lun Jul 29, 2013 6:16 pm 
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(Sigue del mensaje anterior)

El caso es que en fecha que no se ha podido determinar (pero con toda seguridad después de Krasny Bor), una Sección de estos ingenios fue enviada a Rusia y el mando le fue asignado a un oficial de Infantería que venía demostrando ser especialmente adecuado para mandar morteros, nuestro personaje. Lo primero que a uno se le ocurre es que se tratase de evaluar el rendimiento del arma en condiciones reales de combate.

Jesús María Fernández Navarro de los Paños y Medrano evocó aquella experiencia muchas veces ante sus hijos militares. Pero por desgracia no hemos encontrado aún ningún documento con el informe que realizó sobre la experiencia. Lo que recuerdan sus hijos que les contaba es absolutamente coherente con lo que sabemos de estos morteros. No era un arma manejable para la Infantería. Costaba mucho esfuerzo hacerla entrar en posición, dado su tremendo peso, que en realidad hubiera exigido ser transportada por tractores con oruga de los que la DA carecía. Su movilidad era casi nula, un gran defecto en un mortero. Su tubo era tan largo que para hacerla indetectable exigía el ser ubicada en hondonadas naturales o, peor aún, excavarles pozos. Esto, en condiciones invernales en Rusia, con el suelo helado, era casi imposible, por la dureza del suelo. La cadencia de tiro era muy escasa, por lo pesado de la granada y lo difícil de hacerla entrar en la boca. Además, su fuego molestaba sobremanera a los artilleros españoles, ya que cuando disparaba sus pesadísimas granadas hasta casi 5 kilómetros, la artillería enemiga, sospechando fuego de la artillería española, respondía con fuego de contrabatería sobre las líneas de piezas de la artillería española. En definitiva, el Teniente Jesús María Fernández Navarro de los Paños y Medrano aconsejó que la pieza sufriera importantes modificaciones, que aligeraran su peso y disminuyeran el exagerado tamaño de su tubo.

Pero es muy posible que no se tratara de una simple experimentación “técnica”, sino más bien de una experimentación “táctica”. Y nos explicamos. La batalla en torno a Leningrado en la que estaba participando la DA se caracterizaba más por el uso de potencia de fuego que por la maniobra. Los soviéticos no dejaban de incrementar la potencia de su artillería, ...y de sus morteros. El Ejército Rojo se había enamorado tempranamente de estas armas y las usaban ampliamente en su Ejército, en los escalones de Compañía de Infantería (dotadas con morteros de 50 mm.), de Batallón de Infantería (con morteros de 82) y Regimiento de Fusileros (con morteros de 120). Conforme avanzaba la guerra la importancia concedida a los morteros no dejó de crecer y además los de 50 mm. desaparecieron de las plantillas en beneficio de los calibres superiores.

Sobre el papel, y para el periodo 1941-1943, una División de Infantería alemana contaba con 93 morteros de 50 mm., y 54 de 80 mm., asignados respectivamente al escalón Compañía y Batallón de Infantería. No existían sin embargo en el escalón Regimiento, que estaba dotado con una Compañía de Cañones de Infantería. Sin embargo, el mortero alemán de 50 mm. resultó ser un fracaso táctico. Demasiado complejo, y excesivamente pesado para su efectividad, era detestado por los soldados. El de 80 mm., un diseño sencillo, resultó en cambio muy eficaz, aunque más que por sus propias características, lo fue por la estupenda instrucción a que eran sometidos sus sirvientes y sus observadores avanzados. En cuanto a los cañones de Infantería de las 13ª Compañías de cada Regimiento, los alemanes tuvieron que acabar aceptando que eran menos eficaces que los morteros de 120 rusos. Los tres modelos norrnalizados por los soviéticos eran excelentes, pero el de 120, el PM-38 resultó ser realmente excepcional. Así que empezando a partir de 1942 los alemanes empezaron a sustituir en algunas unidades los cañones de Infantería por morteros rusos de 120 capturados, y para 1943 empezaron a remitir a las unidades el “12 cm. Granatwerfer 42”. Este no era sino una copia ligerísimamente modificada del PM-38 ruso: todo un tributo por parte de los alemanes a los diseñadores de armamento ruso. El proceso de sustitución fue, claro está, progresivo.
Es justamente en este contexto en el que los morteros “Franco” llegan a Rusia. No podemos precisar la fecha, de momento, aunque esperamos poder hacerlo algún día. Quedó encuadrado en el Regimiento 269º, a nivel regimental (no de Batallón), formando una Sección, presumiblemente en la 13ª Compañía (la de Cañones).

La IIª Guerra Mundial contempló el eclipse de un sistema de armas, los cañones de Infantería (que desde entonces han desaparecido de todos los arsenales), y su completa sustitución por otro, los morteros pesados. Y los españoles detectaron la necesidad de ese cambio simultáneamente a los alemanes, lo cual demuestra como la experiencia bélica en Rusia estaba sirviendo para modernizar nuestro Ejército. Otra cosa es que el mortero “Franco” en concreto no fuera el mejor de los morteros posibles, que no lo era. Ha habido quien se ha burlado de ese mortero, viendo en él una muestra de megalomanía del Generalísimo. En realidad, al haber dado órdenes de desarrollar un arma como esa –independientemente de su éxito- demostró atisbar muy bien las características del combate en el futuro. En cuanto a los defectos del mortero, no olvidemos que los mismos alemanes fueron incapaces de desarrollar un arma análoga y acabaron recurriendo al expeditivo procedimiento de copiar sin más un diseño ruso.
La historia es una anécdota, pero una anécdota significativa. El mortero “Franco”, dejando aparte algunas pistolas personales de los mandos, fue la única arma española que participó, siquiera modesta y experimentalmente, en la Campaña de Rusia, un hecho que tiene su importancia en la pequeña historia de nuestra División Azul. Y fue la primera vez que los españoles utilizaron en acciones de guerra un mortero de 120, un hecho a registrar en las efemérides de la historia de nuestro Ejército.
En cuanto a Jesús María Fernández Navarro de los Paños y Medrano, fue repatriado a finales de octubre de 1943. Recién regresado a España se enteró de su ascenso a Capitán. Aunque terminó la carrera de Ciencias Naturales, de la que le había apartado la Guerra Civil, siguió en el Ejército, pasando al retiro como Coronel. Trasmitió su vocación castrense a sus hijos. Y falleció en 1998, con más de 80 años de vida de entrega y sacrificio a sus espaldas. Hoy sus hijos reciben el Blau División y pertenecen a esta amplia familia divisionaria que, día a día, se esfuerza por mantener vivo el recuerdo de aquella gesta española en tierras rusas.
Quizás alguno de nuestros lectores sirvió con aquellos morteros de 120, o –por las razones que sean- sabe algo sobre ellos. En ese caso les estaríamos muy agradecidos si nos hicieran saber cualquier detalle adicional

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NotaPublicado: Vie Mar 21, 2014 11:19 am 
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Destino Fernandez Medrano, Jesus Maria

DO num 105 de 10 de mayo de 1942

[center]Imagen

Pags 491 (Recorte)[/center]


DO completo en:

http://bibliotecavirtualdefensa.es/BVMD ... posicion=1

Saludos
K13

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NotaPublicado: Mar Oct 22, 2019 4:55 pm 
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https://www.elcorreodemadrid.com/histor ... andez.html


Así me lo contó un divisionario. Por el Coronel Lorenzo Fernández
Escrito por Coronel Navarro de los Paños • 2019-09-06


Esta publicación se complace y enorgullece de transmitirles el testimonio único e irrepetible de cómo vivieron nuestros avezados héroes de la División Azul los momentos previos a la épica batalla de Krasny Bor de imborrable recuerdo en los anales de nuestra mejor historia.

Dedicado a la memoria imperecedera del Tte. de Infantería D. Jesús María Fernández Medrano de cuyo temple da sólo una ligera idea el siguiente apunte biográfico: Voluntario desde el inicio de la Cruzada Española, el 30 de diciembre de 1937 sufrió una gravísima herida en combate, por bala de fusil, en el asalto a posiciones rojas durante la reconquista de Teruel, que a punto estuvo de costarle la amputación del brazo derecho, salvado sólo in extremis. Posteriormente, mediante una “neurorrafia” practicada por el eminente neurocirujano Argüelles, recuperó parcialmente su movilidad, quedándole no obstante importantes secuelas que limitaban su movimiento. Ello no impidió que fuera voluntario a Rusia encuadrado en la División Azul, tomando parte en la Cruzada Europea contra el comunismo, en la 4ª Cía. del Regimiento 263 (Cía. de armas de apoyo del primer Batallón). En 1956, por unir los apellidos paternos, su filiación se convirtió en Jesús Mª Fernández-Navarro de los Paños Medrano. Pasó a la situación de retirado con el empleo de coronel en Madrid el 9/11/1980 y falleció en dicha plaza el 30 de mayo de 1998 a la edad de 81 años.


Para todos cuantos estuvieron en la jornada de Krasny Bor el recuerdo de aquella batalla permaneció de por vida como hito indeleble de su paso por la División Azul.
De ese recuerdo formaban parte los camaradas que no regresaron a España. Varios miles, porque quedaron enterrados en la tierra helada, y varios cientos, porque sufrieron un largo y penoso cautiverio antes de poder regresar.
Pero todos; los que volvieron, los que tardaron en regresar y los que desde allí subieron directamente a toque de llamada para formar en los luceros, habían ido a Rusia con el ferviente deseo -malogrado- de librar a Europa y al pueblo ruso de la ergástula Soviética.
Con su generosa entrega habían querido que el martillo volviera al taller y la hoz al trigal, recuperando así la noble función que les había sido usurpada convirtiéndolos en simbólicas herramientas para crucificar pueblos y cercenar libertades. Y colocándolas por ello sobre una bandera roja teñida de sangre.
Pues bien, yo tendría doce o trece años cuando escuché el relato de aquel divisionario y mi imaginación infantil, reprodujo con tal fidelidad el escenario y el dramatismo de la jornada, que hoy, sesenta años después, lo puedo evocar con total fidelidad.

–oo–

“El servicio de información alemán había advertido que era inminente un ataque a gran escala; una ofensiva en toda regla. Nuestras observaciones sobre los movimientos y actividad en las líneas rusas, también lo confirmaban.
El capitán de la compañía nos reunió a los oficiales pues tenía una duda de conciencia: ¿Debería avisar al “Pater” para que quienes lo desearan pudieran confesarse? Aquello sin duda era alertar a la tropa de lo que se nos venía encima y transmitir la certeza de que para muchos sería el último amanecer…. o el amanecer eterno. Según se mire.
Una noche en tensión, esperando la batalla, es agotadora y el sueño desaparece. Cansancio y sueño que se manifiestan luego a lo largo del día durante el combate, precisamente cuando más falta hace un cuerpo brioso y una mente despejada.
¿Pero quién cargaría sobre su conciencia la responsabilidad de que alguien tuviera que presentarse ante el Juez Supremo, sin haber tenido tiempo, ni tan siquiera, para un minuto de contrición por causa de un balazo certero o la explosión de una granada?
Los tres oficiales estuvimos de acuerdo con el capitán; era preciso que el Pater viniera a primera línea para que, quien lo deseara, pudiera arreglar sus cuentas.
Fueron muchos, muchísimos los guripas y cuadros de mando que quisieron confesarse pero la cosa resultaba ágil, las confesiones eran cortas.
El dolor de los pecados era intenso; el propósito de enmienda, sincero; decir los pecados al confesor, rápido, que tampoco eran tantos… y el Pater que ya se los conocía, ayudaba… Y en cuanto a cumplir la penitencia; lo sería sobradamente tan pronto como amaneciera.
Las confesiones eran de pie, en algún lugar apartado de la trinchera o, más a retaguardia, paseando por el bosque en las posiciones del segundo escalón. Luego un momento de rodillas para recibir la absolución, cuando ya se acercaba el siguiente.
“Aún no había amanecido y repentinamente se desencadenó una tempestad de fuego (Aquí video de una preparación artillera soviética). Un soldado veterano distingue perfectamente el tronar de la pieza al efectuar el disparo y el reventar de la granada cuando se produce el impacto. Tiene incluso, en un frente estabilizado como era aquel, incrustado en su reloj biológico el tiempo que transcurre entre el sonido lejano que retumba y la explosión próxima mucho más atronadora, seguida del escalofriante sonido de la metralla rasgando el aire”.
“Habían pasado tan sólo unos minutos y se había desencadenado tal infierno que ya era imposible discernir entre el sonido de los disparos y las explosiones de las granadas: Tampoco distinguir entre calibres, orígenes de fuego y zonas de caída.
Era un tronar continuo, en el que se entremezclaban los disparos y las explosiones, con una densidad y cadencia tan inusitadas, que tal parecía nos hallábamos en el mismo infierno, o en la caldera de un volcán en erupción.
Pronto desapareció toda visión. La nieve pulverizada, como densa niebla, constituía una cortina infranqueable para los ojos, tras de la cual se apreciaba el relampaguear de las explosiones, siendo la intensidad del fogonazo, más que el propio sonido, lo que ponía en evidencia la proximidad del impacto”.
Aquel divisionario era, como casi todos los oficiales, veterano de la Cruzada y por ello al iniciarse el “fregado” le había gritado casi al oído a un camarada: “Brunete, Belchite, Teruel y el Ebro es un juego de niños comparado con la que se nos viene encima”. Y así lo pensaba y decía aún a pesar de que, precisamente, casi había perdido el brazo derecho en la reconquista de Teruel.
“Llevábamos ya casi una hora azotados por aquel vendaval de fuego y metralla. Ya no era posible ni hablar, ni ver, ni oír. Tampoco dar órdenes ni recibirlas. Las líneas telefónicas estaban troceadas o desaparecidas, al igual que las alambradas. La nube de nieve pulverizada que todo lo cubría, había dejado paso a una ciénaga de barro negro en suspensión que oscurecía aún más el cielo a pesar de que se iniciaba la alborada.
Estábamos cuerpo a tierra, el suelo retumbaba y se estremecía. Ya no escuchábamos las explosiones, estábamos sordos pero seguíamos percibiendo el bombardeo porque la tierra nos transmitía las vibraciones y veíamos los relámpagos mientras alguna explosión próxima nos cubría de barro.
No se que pensarían otros, pero yo al menos (y como yo, supongo que aquellos que por ser veteranos eran capaces aún de pensar en aquella situación) creía que tarde o temprano tendría que acabarse aquel infierno, pues por mucha artillería que tuviera el Ejército Rojo y por mucha munición que hubieran acumulado, tal intensidad de fuego no podía se eterna. Aquello no podía durar mucho más, y cuando se acabara, quienes vivieran para contarlo, tendrían que hacer frente a las inacabables oleadas de la infantería rusa acompañada por carros de combate con sus repetidos gritos de ¡Hurra! ¡Hurra! Y la consabida cantinela, cadenciosamente repetida al paso del avance, ¡Spanski kaput! ¡Spanski kaput!.
Yo pedía a Dios que llegara pronto tal momento, pues prefería morir viéndonos las caras y tratando de pararlos, que ser volatilizado por una granada de artillería sin tan siquiera poder vender caro el pellejo.
Todo esto eran pensamientos difusos mientras completamente aturdido eructaba gases con sabor a cordita y a trilita”.

“Hacía tiempo que aquel infierno parecía haber alcanzado su máxima intensidad y sin embargo, repentinamente, se incrementó el vendaval de fuego, así en la cadencia como en la potencia de las explosiones y entonces supe que había llegado mi última hora. Comprendí que tenía que morir.
Mi pensamiento voló a Madrid, a la casa de mis padres.
El sentimiento no era de temor, era de tristeza y de nostalgia. Cerca de donde yo estaba se habían detenido unos camilleros que evacuaban a un herido y permanecían cuerpo a tierra junto a la camilla esperando una tregua para continuar la evacuación.
Recordé que en el bolsillo del capote tenía una postal de guerra alemana y allí mismo, tras poner la dirección de mis padres, escribí con urgencia como si realmente me restaran sólo segundos de vida: “ESTOY COMO PEZ EN EL AGUA” y luego, sin una despedida, sin poner mi nombre, sin rúbrica alguna, repté los metros que me separaban de la camilla y tras cruzar la mirada con uno de los camilleros, introduje la postal entre los botones de la guerrera de aquel pobre guripa herido o moribundo”.
“Casi un mes después la tarjeta llegó a Madrid. Al leerla mi padre estando sentados a la mesa, exclamó: ¡Desde luego este chaval tiene una moral increíble, está en la guerra y sigue con sus bromas y su sentido del humor de siempre!
Mi madre por el contrario rompió a llorar desconsolada diciendo: ¡Pero si esto es una despedida!”
Dios tenía dispuesto que aquel teniente de la División Azul debía volver vivo a España y entonces supo que para la intuición de una madre no existen las distancias. Ni en el tiempo ni en el espacio.
El siempre consideró que aquel día 10 de febrero de 1943 había vuelto a nacer y como su chapa de identificación (que siempre conservó como un talismán) tenía el número 10999, en Navidad siempre jugaba a un número de la lotería terminado en nueve, si bien es cierto que, al igual que las granadas rusas de aquel histórico día, nunca le cayó premio alguno encima…. También eso debía estar escrito en las estrellas.
La noche del nueve al diez de febrero, de todos los años, yo veía que aquel divisionario se recluía en sus trascendentes recuerdos y el día diez solía confesarse y comulgar. Al verlo ensimismado en sus pensamientos, guardaba un respetuoso silencio pues intuía que aquellos momentos debían tener para él un hondo significado.
Y aquel silencio mágico, que al recordarlo hoy me oprime el pecho, se desvanecía al decirme: “Tu entonces sólo existías en el pensamiento de Dios… Pero aquel día, hijo mío, yo volví a nacer”

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Con mi canción la gloria va, que en Rusia están los camaradas de mi División... ...


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