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"Los soldados del Regimiento del Rey no se rinden nunca"

Esta frase fue pronunciada por el sargento Santamaría Sampayo, del Regimiento del Rey, Inmemorial nº 1, deteniendo a las vanguardias de un ejército mambís que se dirigía a La Habana.

Contaba, para ello, con su pelotón únicamente.

Paso a copiar íntegramente lo que el periódico “La correspondencia militar”, dice sobre esta acción en su número del 3-1-1913, con motivo de la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando a este héroe.

Disculpemos las posibles exageraciones del relato respecto al número de fuerzas enemigas a las que detuvieron durante unas horas.

http://www.oocities.org/es/inmemoriales/camp.htm

SAMPAYO

El día 21 de Diciembre de 1895, y a las ocho de la mañana, salieron del destacamento de Jacán (Cuba) el sargento D. Ernesto Santamaría Sampayo y seis soldados, todos del regimiento de lnfantería lnmemorial del Rey número 1, con orden de realizar un reconocimiento hasta 7 kilómetros de distancia del poblado. Hallándose cumpliendo su cometido, viéronse acometidos súbitamente por varios y numerosos grupos de enemigos, que por diversos caminos avanzaban aceleradamente, á las órdenes de Máximo Gómez, Maceo, hermanos Betancourt, y otros significados cabecillas, para invadir la provincia de la Habana y atacar la capital de la isla, antes que desembarcaran los refuerzos enviados de España.

Como nuestras fuerzas eran muy reducidas en el destacamento, solo pudieron incorporárseles un cabo y cuatro soldados, con objeto de reforzar la pequeña partida y proteger la retirada, si era necesario.
Sampayo intentó avanzar con su tropa hasta una casa próxima para hacerse fuerte en ella, no pudiendo lograrlo por impedírselo el enemigo, que ya la ocupaba, y el cual les cerró el paso por todas partes, haciéndoles imposible la retirada.

En situación tan crítica ordenó el sargento a su pequeña fuerza formar el cuadro en derredor del tronco de una gigantesca palmera, existente en el bordo del camino que conduce al poblado desde un potrero próximo, para resistir allí hasta el último extremo, trabándose en esta situación un encarnizado combate y contestando aquel puñado de valientes a los repetidos ataques del enemigo con descargas cerradas, hechas con imperturbable calma, a la voz de mando del sargento y al grito de “¡Viva España!”.

Desconcertado el enemigo ante resistencia tan tenaz y fuego tan acertado como vigorosamente dirigido, vióse precisado a replegarse y guarecerse vergonzosamente en los troncos de los árboles y los accidentes del terreno, apelando a intimarles la rendición, prometiéndoles respetar sus vidas; pero Sampayo y sus secuaces contestaron a tiros, gritando que «los soldados del regimiento del Rey no se rendían nunca».

Irritados los rebeldes, que sumaban más de 7.000 hombres, ante tan atrevido y temerario reto, lanzáronse repetidas veces al asalto, siendo rechazados enérgicamente cuantas lo intentaron...

Varias horas duró la viril resistencia de estos titanes, cuyo lapso de tiempo aprovechó el enemigo en simular nuevos asaltos, con el objeto de agotar los cartuchos de nuestros soldados-pues les urgía destruirlos, porque el grueso de la columna insurrecta estaba detenido con toda la impedimenta por obstruir el camino los diez soldados españoles, y a las tres de la tarde, cuando os cobardes «panchitos» vieron que á Sampayo y su gente se se les habían agotado las municiones, trataron nuevamente de rendirlos, porque les vieron aún dispuestos a vender caras sus vidas; pero sólo obtuvieron otra rotunda negativa.

Esta vez las rebeldes, que habían tenido en la lucha numerosas bajas, cargaron en grandes grupos al machete, y aún hubieron de luchar terriblemente al arma blanca largo rato, hasta lograr exterminar como verdadero festín, aquél puñado de héroes que sucumbieron gloriosamente dando vivas a España, cuando el sargento gritaba: “Morimos defendiendo la bandera de la Patria!. Así cumplen los españoles”. Siendo macheteados y enterrados al pie de la palmera, donde se hicieron fuertes Sampayo y la mayor paerte de los soldados, pues sólo se salvaron cuatro que, heridos al comenzar el combate, pudieron llegar maltrechos al destacamento y contar lo sucedido.

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Última edición por Amenofis el Sab Ene 21, 2012 8:55 am, editado 5 veces en total

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En premio á tan heroica hazaña, y á tan abnegado patriotismo, fué otorgada al sargento Santamaría Sampayo la cruz de segunda clase de la Orden de San Fernando, por Real orden Circular de 21 de Marzo de 1912 (Diario Oficial, núm. 67), cuya preciada distinción heredó su padre, el veterano capitán D. Nicolás Santamaría, quien percibe la pensión correspondiente y manifiesta, que “es el más hermoso legado que pudo desear de un buen hijo: Ser héroe y morir defendiendo su patria”.

Santamaría Sumpayo había nacido en La Coruña el año 1876; así es que murió por defender el honor nacional a la temprna edad de diez y nueve años; pero en la Historia ha pasado a la inmortalidad y vivirá eternamente...

Un soldado artista, también del primer regimiento de línea, Francisco de la Nogal, ha compuesto un hermoso cuadro, verdadera obra de arte, reconstituyendo el terrible combate donde tan bravamente sucumbieron Sampayo, el cabo Sebastián Pujol Coromínola y los soldados Juan García Avellaneda, Saturnino Gutiérrez López, Francisco Domínguez Panaderos, Martiniano Sargüello Lunells, Antonio Rivas Sáez, Pedro Rosell Martínez y Eustaquio Peña Alcalde, cuya obra ha donado el Sr. La Nogal mal regimiento Inmemorial del Rey, haciendo gala con esto de un patriotismo digno de toda loa.

Trátase de un cuadro originalísimo, en cuya confección han rivalizado el talento y buen gusto del artista con el grande amor a la Patria del soldado, y en el cual ha perpetuado magistralmente el recuerdo de tan gloriosa hazaña.

En el margen derecho del cuadro aparece la bandera del regimiento apoyada en el escudo y la corona real del mismo, en cuyo escudo se lee el siguiente soneto, original de un sargento de dicho Cuerpo:

[center]Pro-Patria

Gloria a Sampayo, enérgico y viril
que un día en el cubano manigual
sucumbió en fiera lucha desigual
con diez soldados, combatiendo a mil.

No se esculpió su hazaña con buril;
mas los bravos del Tercio Inmemorial
hicieron «Monumento Nacional»
la palmera simbólica y gentil.

Y hasta el viento, la palma al azotar,
crecida con los huesos del festín,
suena como el rugido de un león...

Y al «guajiro» les canta su pesar...
y la Fama les brinda su clarín,
y su Patria les llora esta canción».[/center]

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Copio este otro relato, que complementa y matiza el anterior.

Revista "Minerva", 22-4-2010, II época nº 72.

Enlace: http://www.amesete.es/amesete/wp-conten ... a_72cr.pdf

SANTAMARÍA SAMPAYO, Ernesto. Sargento del Regimiento Inmemorial del Rey núm. 1. Cruz de 2ª clase, Laureada. Real orden de 21 de marzo de 1912 (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra núm. 67).

Guerra de Cuba. Acción de Jacán, el 21 de diciembre de 1895.

Hallándose efectuando un reconocimiento, llevando a sus órdenes ocho soldados, se vio acometido por numeroso enemigo perteneciente a las partidas de Máximo Gómez, Antonio Maceo y de los hermanos Núñez, ascendentes a siete u ocho mil hombres, trabándose con ellos encarnizado combate.

Incorporado a ellos un cabo y cinco soldados y un práctico armado, que fueron del destacamento de Jacán con objeto de reforzar la pequeña partida y proteger la retirada si era necesaria, intentó el sargento Santamaría avanzar con su tropa hasta una casa próxima para hacerse fuertes en ella, siendo rodeados por numerosos grupos enemigos que les cerraron el paso por todas partes, haciéndoles también imposible la retirada.

En situación tan crítica, ordenó a su pequeña fuerza agruparse alrededor de una gruesa palmera, dispuesto a resistir hasta el último extremo, contestando aquel puñado de valientes a las repetidas cargas al machete que el enemigo les daba, con descargas hechas con imperturbable calma a la voz de mando del sargento y al grito de “Viva España”.

Desconcertado el enemigo ante resistencia tan tenaz, que le producía numerosas bajas, apeló a intimarles la rendición prometiéndoles respetar sus vidas, contestando que “los soldados del Regimiento del Rey no se rendían nunca”.

Reanudado el ataque hasta que, agotadas las municiones, pudo acercarse el enemigo a aquel grupo heroico, y después de una lucha al arma blanca en la que fue herido por la espalda el sargento Santamaría, muriendo al grito de “muero defendiendo la Bandera de la Patria. ¡Viva España!”, fueron macheteados el sargento, un cabo y seis soldados, consiguiendo salvarse los demás al llegar la noche.

En 1912 pasó a cobrar las seiscientas pesetas anuales de pensión de la Cruz su padre, don Nicolás Santamaría Ochoa.

Fuente: Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando.
José Luis Isabel Sánchez©. Madrid, 2001.
Con la autorización del autor para AMESETEMINERVA.RED

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Pergamino del sargento Santamaría Sampayo (Libro de Honor de la Infantería Española).[/center]
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Por último, sólo citar que, en la época, figuran otros dos Santamaría Sampayo en las Fuerzas Armadas Españolas (sin duda, hermanos de nuestro protagonista):

- Prudencio Santamaría Sampayo, guardia civil del Tercio Nº 20, estación de Manila (Filipinas)

- José Santamaría Sampayo, del batallón de fusileros del Regimiento Expedicionario, nº 7 (Luzón, Filipinas)

Y militar también fue su padre, el capitán don Nicolás Santamaría Ochoa.

Estos últimos datos se han obtenido del informe "Notes and tables on organization and establishement of the Spanish army in the Peninsula and colonies", de la Oficina de la Ayudantía General del Ejército de USA. Estos datos, de la División de Información Militar de USA, nos dan una idea del conocimiento bastante preciso que tenían los Estados Unidos de las guarniciones españolas en España y Ultramar en vísperas de la declaración de guerra a España.
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NotaPublicado: Sab Jun 06, 2015 9:17 am 
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El punto de vista de la otra parte sobre estos hechos

Sobre los diferentes hechos que ocurrieron en diciembre de 1895 en Cienfuegos, he recibido un mensaje muy atento de alguien que está investigando las repercusiones de la guerra de Cuba en Extremadura. El mensaje, en resumen, dice:

"..... Casi casualmente me he topado con el foro donde describe la acción del destacamento de Jacán, cuyo personal estaba encuadrado en el regimiento Inmemorial del Rey. En el recorte que le adjunto, extraído de bibliografía cubana, viene la versión de ellos sobre lo que ocurrió allí, lo cual se lo remito para que conozca en todos sus términos esta parte de la historia. Felicitándole por sus aportaciones al foro, me despido con un cordial saludo."

Adjunta un texto escaneado aludiendo a aquellas acciones, desde el punto de vista de los insurgentes cubanos. Este teto se puede encontrar en Internet, en:
http://www.calendariocubano.com/12/21/invasion.htm

Es importante resaltar los comentarios elogiosos que hacen de los combatientes españoles sus enemigos. Coincide con el comportamiento de nuestros guripas en Rusia no sólo con la población civil, sino con sus enemigos. Y por la misma razón, contrasta con el comportamiento de los contendientes en la 2ªGM, y muy especialmente (porque fueron los vencedores) del que tuvieron todos los aliados con sus enemigos.

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Última edición por Amenofis el Sab Jun 06, 2015 9:35 am, editado 2 veces en total

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NotaPublicado: Sab Jun 06, 2015 9:25 am 
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Por si desapareciese la entrada del texto al que aludo anteriormente (visión de aquellos hechos de los insurgentes), incluyo el texto original, extraído de
la obra de José Miró Argenter, “Cuba Crónicas de la Guerra (La Campaña de Invasión) - Tomo I: Segunda Edición” de la Editorial Lex, 1942.

http://www.calendariocubano.com/12/21/invasion.htm

En las páginas 203-210 se describen de esta manera los acontecimientos del 21 de diciembre de 1895 en la Historia de Cuba:

“La jornada del día anterior había sido de doce leguas, en lo que respecta a la distancia recorrida de uno a otro campamento, pero las horas de faena, entre las empleadas en la función militar y en el camino, llegaban a quince cabales; de esta manera: cinco horas por la mañana, dos de descanso en la finca la Colmena antes de empezar el debate formal, y diez continuadas después, repartidas entre el campo de la acción y la marcha de noche hasta el Desquite; ruda jornada, en verdad, pero que solo era el prologo de las violentas y reñidas que nos esperaban en el territorio de Matanzas.

“Al clarear el nuevo día (21 de Diciembre), mientras se organizaba la formación bajo el orden prescrito por el Cuartel General, para en seguida despachar el cuerpo de vanguardia, un grupo de soldados españoles se metió de improviso en el campamento, tratando de alcanzar a otro de los nuestros que salió por las inmediaciones en busca de caballos y comestibles sin la autorización correspondiente. Como en aquellos instantes se retiraban los puestos avanzados, aparte de que el campamento no estaba del todo vigilado, fácil les fue a los perseguidores penetrar por una de sus avenidas y romper un fuego violentísimo al encararse con los primeros grupos que acudían a la formación. Al pronto, pudo creerse que se trataba de fuerzas considerables, de toda una columna que entrara a paso de ataque -tan nutrido era el tiroteo- por lo que el clarín toco a degüello y el machete dio cuenta de los catorce españoles que se arriesgaron a atacar una masa de dos mil hombres armados, aun cuando lo hicieron bajo la convicción de que iban a batir un corto número de insurrectos. Se defendieron heroicamente, de un modo tal, que admirados los cubanos de su arrojo les brindaron la vida que iban a perder, considerando lo inútil de su resistencia; pero fue en vano: ¡murieron disparando sus fusiles! Replegados en un espeso palmar, contiguo a las casas del Desquite, agotaron las municiones. El último de ellos, apoyándose en el tronco de una palma, disparaba el maüser con la furia de una ametralladora. Nunca el follaje que simboliza la gloria, cubrió con más galanura el cuerpo de un héroe que al caer desplomado aquel gladiador debajo de la palma que le servía de escudo(1).

“Poco después se hicieron dos prisioneros, que voluntariamente ingresaron en nuestras filas. El fuego mortífero de los catorce soldados nos ocasionó 8 bajas. Los dos prisioneros nos manifestaron que todo el grupo pertenecía al destacamento de Jacán. Se dictó en seguida una orden terminante prohibiendo en absoluto la salida de los campamentos sin la autorización expresa del Cuartel General, pues se indagó que el suceso precedente que había dado margen a la acometida de los españoles, con éxito fatal para ellos, pero también desgraciado para nosotros, lo motivó la salida de un piquete de orientales que, yendo a merodear por su cuenta y razón, se metió en la cantina de un asiático, exigiéndole caballos y otras cosas más, el cual avisó al destacamentos de Jacán al marcharse los intempestivos viajeros.


NOTA

(1) “Los partes españoles no hicieron mención de este hecho de armas, sin duda porque no acudió ningún jefe de alta graduación a restablecer el combate; pero la historia, siendo justa, debe perpetuar episodios tan heroicos.
(continúa)

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Última edición por Amenofis el Sab Jun 06, 2015 9:31 am, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Sab Jun 06, 2015 9:25 am 
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“Más de dos horas se retrasó la marcha de nuestra columna, porque hubo que curar los heridos, dos de ellos muy graves, y trasmitir a todos los cuerpos la orden que acaba de dictar el general Maceo, de cuyo cumplimiento se hacía responsable a los jefes de los batallones, a quienes se autorizaba para ejecutar sobre la marcha a cualquier individuo que infringiera dicha disposición.

“Nos esperaba una jornada terrible; íbamos a cruzar por el centro del tablero estratégico, por las dilatadas llanuras de Colón, en donde el ejército enemigo tenía establecidas sus líneas más formidables, y dada la situación que éstos ocupaban, y conocidos los intentos del general Maceo, de pasar a tiro de fusil del observatorio de Colón, de mostrarle a Martínez Campos nuestra caballería desplegada, para dejarlo a retaguardia del invasor y llevarlo a remolque por las llanuras de Matanza: dados estos antecedentes, decimos, la marcha iba a ser de flanco y por consiguiente, la más expuesta, la más peligrosa, la que mayor tino y vigilancia requería, aun cuando de ella no surgieran lances imprevistos, de carácter violento, que provocaran una situación alarmante, o una crisis tremenda que pusiera en peligro la vida del ejército.

“Dos líneas férreas que partían de Colón, facilitaban cualquier operación ofensiva en aquellas despejadas sabanas: la de Colón a Macagua, y la de Colón a Sabanilla, ambas corrientes y vigiladas por el ejército de Martínez Campos. Teníamos que atravesar irremisiblemente por una de esas dos líneas, o demostrar a la faz del mundo nuestra impotencia. Organizóse la columna en cuatro fracciones, no sólo para reducir todo lo posible su profundidad, sino para rechazar la agresión que se esperaba: tres fracciones marchaban a corta distancia, la una de la otra, paralelamente, y la última a unos mil quinientos metros, con fuertes patrullas de exploración; la impedimenta, que era numerosa, entre la segunda y tercera línea. Durante la mañana, el ataque era de temerse por el flanco derecho, por hallarse a este lado la vía férrea de la Macagua y más próxima a nosotros; después de cruzada esa línea, la acometida era de esperarse por el flanco izquierdo; y más recia que la primera, por nuestra proximidad entonces al Cuartel General de Martínez Campos.

“El sol caía a plomo; llevábamos caminadas tres leguas, y toda la columna seguía marchando con regularidad por una sabana que tenía aspecto de pradera, en la que se divisaban algunas plantaciones de caña en medio de un arbolado delicioso. El sitio brindaba para echar pie a tierra y descansar media hora. Pero los exploradores de nuestro flanco izquierdo señalaron una casa de mampostería, y salieron a reconocerla con demasiado interés y aparato marcial, para que los prácticos no tuvieran la sospecha de que allí podía refugiarse tropa española. Efectivamente, fueron recibidos a balazos. Armada la refriega, y creyendo el general Maceo que se trataba de una columna parapetada en aquel edificio, con la que hubiera sido de necesidad trabar combate, o variar el itinerario, corrió en auxilio de los exploradores con el regimiento Céspedes, su escolta, los escuadrones de Bayamo y alguna tropa de Matanzas y llegó hasta el mismo patio de donde partían los disparos; mientras el general Gómez con el resto de la división cerraba el camino para defender la impedimenta de cualquier agresión por el flanco derecho. Los que fueron al asalto con Maceo sufrieron los disparos a quemarropa de los defensores del reducto: el ataque nos costó tres muertos y catorce heridos.


(cont.)

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“Quedaron allí algunos grupos, y para socorrer a éstos, en previsión de que pudiera acudir la columna de García Navarro, se situaron dos escuadrones de Las Villas en paraje conveniente, los cuales, a su vez, podían ser reforzados por toda la retaguardia que mandaba ese día el general Sánchez; y adelantóse el centro y la vanguardia por la llanura de Colón para repeler a Martínez Campos, o decidir allí la suerte de la campaña invasora si el enemigo lograba el intento de aprisionarnos entre las dos líneas férreas.

“El destacamento de la Antilla -que así se llamaba aquella colonia- se defendió con tesón por espacio de una hora, pero los nuestros, con no poco riesgo, dirigidos por Ángel Guerra, Dionisio Gil, Silverio Sánchez y algunos oficiales del Estado Mayor del general Maceo, lograron pegar fuego a una caballeriza contigua a la trinchera y a la casa de vivienda, de la que habían partido algunos disparos poco antes de prender el combustible. Los sitiados, escaseándoles las municiones, no todos ilesos, viendo el inminente peligro que corrían de persistir en su actitud, resolvieron rendirse, y pidieron parlamento; pero al ir a pactarse la capitulación, apareció por uno de los caminos transversales (seguramente el camino de la finca al pueblo de Colón), una columna auxiliadora que obligó a los nuestros a levantar el sitio, y salvó a los suyos de una capitulación, de cualquier modo honrosa para ellos, puesto que habían agotado el último cartucho y se hallaban envueltos por las llamas (2).

“Los dos escuadrones del regimiento Honorato que estaban aguardando en sitio próximo la incorporación de los grupos que asediaban el fuerte, hallábanse prevenidos para rechazar el ataque de las guerrillas españolas, las que siguieron en pos de los sitiadores. Las guerrillas, algo envalentonadas, y no creyendo encontrar un núcleo vigoroso, se echaron por la guardarraya de uno de los cañaverales en persecución del último grupo insurrecto, que no excedía de veinte hombres; pero tuvieron que cejar, con evidente precipitación, al ser acometidas por los escuadrones de Honorato que cerraron con ellas de improviso, y obligaron al jefe de la columna a desplegar sus batallones por el frente de la Antilla, de donde no salió García Navarro sino para practicar un reconocimiento dentro del radio de sus tiradores. El general Serafín Sánchez, que mandaba la retaguardia, acudiendo oportunamente, con una rápida evolución, contuvo el avance de la infantería española y socorrió a los dos escuadrones de Las Villas, al replegarse éstos sobre la primera división.

“Este último lance nos costó 6 hombres: el total de las bajas en las tres acciones del día fue de 5 muertos y 26 heridos ¡jornada desdichada! y registramos además la baja de un hombre al que se dio por muerto o prisionero porque no concurrió a la lista del día siguiente (3).


NOTAS:

(2) “Se ha dicho que García Navarro fue la providencia para los soldados que defendían "La Antilla", porque les evitó una muerte segura y horrible. Les evitó la capitulación, no la muerte. Al frente del último grupo de los sitiadores estaba el autor de estas Crónicas, con quien se habían entablado las negociaciones para la capitulación, en prueba de lo cual no permitió que le tirasen a un soldado que salió del reducto para ir a buscar agua para los heridos: el soldado hubiera caído redondo, pues a una distancia de diez metros, un gran tirador le tenía encarada la carabina. Aunque el hecho es insignificante, siempre es grato dar a cada uno lo que le pertenece. El estrago que nos habían causado los valientes defensores de "La Antilla ", no habría sido jamás motivo para que no fuesen respetados al rendirse a discreción.

(3) “Un año después del suceso ¡en día, por cierto, memorable! estando acampados en las inmediaciones del Mariel (5 de Diciembre de 1896), dos días antes de la catástrofe de Punta Brava, un joven español llamado Vázquez, -el primero que acudió a nuestro campamento, contando su vida militar al general Maceo-, le refirió, entre otros episodios interesantes, que él había combatido contra nosotros durante la Invasión, en uno de los batallones de García Navarro y asistido al combate que se, efectuó en "La Antilla", habiendo presenciado el hecho asombroso de haber sido atacada la guerrilla, que servía de escolta al general García Navarro, por un negro que salió de improviso de un cañaveral, blandiendo el machete y que descargó sobre uno de los guerrilleros. El insurrecto murió a balazos. ¿Sería el individuo desaparecido? ¿Cómo se llamaba? Únicamente hemos podido indagar que el desaparecido era bayamés. Si hay otra vida superior y en ella las almas heroicas comulgan en los altares de la inmortalidad y del amor, cualquiera que haya sido su existencia acá en la tierra, aunque hayan militado en distintos bandos, el espíritu de ese soldado debe fraternizar con el de su contrincante del "Desquite", el español que cayó debajo de la palma, puesto que los dos fueron igualmente intrépidos, igualmente grandes, y renunciaron a la vida para sacrificarla en aras de lo que creían justo y meritorio.”

(cont)

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“Por lo visto, el jefe de la columna española no tenía mayor empeño en formalizar el debate, puesto que optó por quedarse en la Antilla cuando el sol fulguraba en el firmamento y nuestra huella era clara, evidentísima. De haberse seguido por el derrotero que tenía ante sus ojos, luchando a ratos con nuestra retaguardia, sosteniendo sus acometidas con los batallones de cazadores que formaban el elemento sólido de su brigada, es más que verosímil, es seguro y evidente que antes de ponerse el sol se hubiera ventilado un formidable combate.

“Organizada la columna en el mismo orden antes determinado, en cuatro fracciones, casi paralelas, bien cerradas las filas, pero más nutrido el flanco izquierdo, se continuó la marcha por las llanuras de Colón tan pronto regresaron de la Antilla los últimos grupos que asediaban el destacamento. La retaguardia toda unida, se aproximó algo más al centro de la columna para servir de escudo a la impedimenta, custodiada a la vez por dos hileras de infantes, con la orden estricta de coger las acémilas al primer conato de alarma y hacer fuego sobre el enemigo, montados a la grupa. La impedimenta, en este caso, se correría por la derecha, pero desplegada en línea y bajo el amparo de los escuadrones de Las Villas, que acometerían de frente tan pronto aquella caballería improvisada hubiese salvado la distancia oportuna. El intento de nuestros caudillos era presentarle a Martínez Campos una masa enorme de caballería en función impetuosa, amenazando todos los cuadros que aquel pudiera formar con sus batallones, y si no era posible romperlos, desfilar entonces por las espaldas del ejército enemigo forzando la línea de Sabanilla. El ataque sobre nuestra derecha y retaguardia estaba ya eliminado de la combinación general, cualquiera que esta fuese, desde el momento en que García Navarro optó por acampar en la Antilla. Solamente podíamos ser desmembrados por el flanco izquierdo. Como medida previsora se diseminaron pequeños grupos por todo el trayecto que recorría nuestra columna, para que rompieran las escaramuzas al asomar el enemigo por cualquier paraje: la ocultación allí no era posible. En la forma dispuesta, tan bien combinada como obedecida, todo el mundo prevenido, cruzamos la línea por las inmediaciones de Agüica, sin tener el menor tropiezo. Como un buque que dobla un cabo proceloso, batiéndole el mar de costado, pero con las alas desplegadas y la tripulación alerta, así bordeamos el punto temible, lamiendo los arrecifes; pasamos a dos kilómetros de distancia del observatorio de Martínez Campos.

“El sol iba al ocaso cuando perdíamos de vista la silueta de Colón. En el ingenio Flor de Cuba (si los prácticos no equivocaron el nombre del sitio) hizo alto toda la columna con el intento de pernoctar allí, y ver la manera de orientarnos para la ruta del día siguiente y adquirir informes sobre la situación de las fuerzas enemigas; pero los silbatos de una locomotora, que en aquellos momentos llegaba a la estación más inmediata al lugar, avisando la proximidad de los españoles, o indicando al menos un rumbo probable, nos hicieron desistir de aquel propósito, en mala hora por cierto, porque ello fue causa poco después de un grave trastorno que pudo traernos fatales consecuencias. La segunda línea férrea, o sea la que parte de Colón a Cárdenas, tocando en Retamal y Altamisal, no estaba lejos del sitio donde se hizo alto; y Maceo, en vista de los informes que le dieron los prácticos, se determinó a cruzarla, pero reconociendo antes el paradero del ferrocarril en el que había sonado dicha locomotora; reconocimiento que efectuó personalmente, acompañado de algunos oficiales. Con la obscuridad de la noche y las interrupciones sufridas a uno y otro lado de la vía férrea, nuestra columna quedó partida, y de tal modo, que al volver el general Maceo mandando seguir marcha, una de las dos fracciones tomó por camino distinto, a lo cual contribuyó indudablemente el cansancio de la tropa que durante la espera se quedó dormida, y tal vez el natural temor de algunos oficiales que por no oír una reprensión de Maceo (conociendo su temperamento, en ocasiones demasiado desabrido para con sus ayudantes), no trataron de indagar la situación en que quedaba la retaguardia y una parte del centro, limitándose a repetir la orden de Maceo: ¡Silencio y siga la marcha! El percance no vino a notarse sino dos horas más tarde, casi al tiempo del acampar, en que se vio que faltaban el General en Jefe, su Estado Mayor y escolta, algunos ayudantes de Maceo, toda la retaguardia y parte de las fuerzas que constituían el centro de la columna. El contratiempo no era, sin embargo, de carácter alarmante, desde el momento que se indagó que al frente de las fuerzas que equivocaron el camino se hallaba el general Gómez, pero este dato lo supimos ya muy adelantada la noche, después de no pocas pesquisas, y únicamente al apuntar el alba del nuevo día pudo indagarse el paradero de aquellas fuerzas. Habían acampado en terrenos del ingenio España, y Maceo lo efectuó en otro ingenio llamado Santa Elena: ambas fincas enclavadas en la zona más rica de Matanzas y dentro de un triángulo estratégico, cuyos vértices eran Colon, Cárdenas y Jovellanos. Aunque el grueso enemigo nos quedaba a retaguardia, de todos modos parecía inevitable un rudo encuentro con uno de los dos trozos de la columna, y si el choque se efectuaba en las primeras horas de la mañana nos sería muy difícil restablecer el contacto. Las líneas férreas estaban expeditas, las tropas de Martínez Campos podían ser transportadas en un momento a cualquier punto del itinerario y maniobrar con toda velocidad sobre el eje principal de las operaciones, como un cañón de tiro rápido montado sobre una plataforma movida por resortes. Los pitazos de los trenes ascendentes y descendentes, que corrían y se llamaban por aquellas paralelas, penetraban en nuestro vivac, anunciando tremendos choques para el nuevo día. La jornada había sido de quince horas, como la anterior.

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A mí me parece, Señor, que no tengo otra cosa buena sino ser español (Catalina de Erauso, "la Monja Alférez", a un Cardenal)


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