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NotaPublicado: Sab Dic 08, 2012 10:18 pm 
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El personal se había acomodado bastante bien en los recién conquistados refugios, provistos todos ellos de confortables estufas que, pronto, pusieron en funcionamiento, pues las circunstancias exigían, de sobras, tal previsión, ya que la temperatura había descendido considerablemente a más de diez grados bajo cero y se había levantado una fuerte ventisca.

Mientras unos se dedicaban a rebuscar por los macutos abandonados por el enemigo, otros, más prácticos y previsores, se apropiaron de las colchonetas sin parar mientes en los ingratos habitantes que pudieran retener.

La noche se presentaba tranquila. Al parecer, el enemigo se había retirado definitivamente. No obstante, los centinelas vigilaban alerta, a pesar de la insoportable ventisca que cegaba sus ojos.

Guiado por un enlace de la Compañía, me dirigí al puesto de mando, instalado en una isba, para recibir órdenes. En ella se encontraban ya el teniente Soteras y el sargento que se había hecho cargo de la sección del teniente Elviro, herido unas horas antes. La luz de un petromax iluminaba alegremente la estancia y unos leños ardían convivas llamas en el fogón, haciéndola más confortable.

Saludé militarmente al entrar y, mientras me despojaba de manoplas, casco y pasamontañas, me sacudí de encima la nieve e instintivamente me acerqué a la lumbre para calentarme. Un asistente tostaba rodajas de pan y de un puchero salía un ligero olorcillo aromático.

—Vaya nochecita de perros —dije—. Menos mal que hemos encontrado refugio, que si no…

—Para poco tiempo —contestó el capitán—. Mal día se nos prepara para mañana. He recibido órdenes del Batallón. Acérquense.
Extendió un plano sobre la mesa y continuó:

—La ocupación de Nikitkino es el objetivo asignado al Batallón para mañana. Se tienen noticias de que está bien fortificado, con protección de alambradas y minas. El asalto correrá a cargo de nuestra Compañía, que marchará en vanguardia. La marcha se iniciará a las diez de la mañana, siguiendo el Batallón este camino que ven aquí. La Primera Sección, la del teniente Soteras, marchará adelantada con misión de exploración y la Tercera, la del alférez Emeka, con la misma finalidad, a través del bosque que se halla desplazado a unos quinientos metros por el flanco izquierdo del camino, procurando no perder el contacto con la Primera. Nuestra acción va combinada con la ocupación de Dubrovka, encomendada a otras fuerzas. Espero que todo salga bien. Nada más. ¡Suerte!

Enseguida comprendí que la misión que a mí se me había encomendado era la más comprometida, pues, dada la espesura del bosque, la distancia impuesta no nos permitiría guardar un enlace perfecto. No puse, sin embargo, ningún reparo e hice en mi plano las anotaciones pertinentes.

Antes de retirarnos, el capitán nos obsequió con unas tostadas con mantequilla y unas tazas de té. Volví a mi refugio y me tendí en la colchoneta que mi asistente me había preparado, con idea de descansar, pero tardé en conciliar el sueño. Me tenía preocupado la misión encomendada. Por si esto fuera poco, la nieve caía abundantemente y la ventisca continuaba.

Al amanecer, el temporal continuaba. La nieve tenía un espesor de medio metro, pero, afortunadamente, estaba helada y no dificultaría mucho la marcha. El viento, sin embargo, era helador.

Se distribuyeron las provisiones para el día con una buena ración de vodka, que guardamos en nuestras cantimploras y, a la hora fijada, el Batallón se puso en marcha.

Desplegué con mi Sección, internándome en el bosque según la orden recibida, teniendo buen cuidado de consultar la brújula para no perder la dirección del itinerario a seguir. La espesura del bosque no nos permitía enlazar por medio de la vista con el resto de las fuerzas y tuvimos que hacer frecuentes paradas para restablecer ese contacto. Marchábamos lentamente y con gran precaución. El espeso arbolado nos protegía del viento, pero el constante rozar con los arbustos y matorrales hacía que la helada humedad entumeciera nuestras piernas. Cada media hora, hacíamos alto para descansar y comprobábamos el enlace con el Batallón. Todo marchaba perfectamente bien cuando llevábamos dos horas de camino y faltaban otras tantas para alcanzar el poblado. Advertí al sargento Villar quien, con su grupo, marchaba en vanguardia, la posibilidad de que nos encontráramos con alguna patrulla rusa y que anduviese con cuidado.

Al principio, aún procurábamos sacudirnos la nieve de encima, pero después ya nadie se cuidaba de ello y sobre nuestros cuerpos se iba apelmazando poco a poco, formando una gruesa capa. A través de nuestros pasamontañas salía el vaho de nuestra respiración, como si fueran bocanadas de humo. De vez en cuando, el frío vodka de nuestras cantimploras corría ardiente por las gargantas, calentado nuestros ateridos estómagos.

Era mediodía y, sin embargo, daba sensación de anochecido, pues el cielo, además de encapotado, a penas si dejaba ver a través del alto y denso arbolado del bosque.

Una atmósfera de soledad y de imponente silencio rodeaba a nuestra gente que, salvando los obstáculos de la maleza, seguía adelante. Hasta los pájaros y las alimañas, dueños de aquellos parajes, ante la crudeza del día no habían osado salir de sus madrigueras.

De nuevo hicimos alto y envié, como las veces anteriores, una patrulla con el cabo Vélez para comprobar el contacto con el Batallón y aprovechamos la espera para tomar un bocado. Calculando que debíamos estar ya cerca de Nikitkino, consulté, una vez más, el plano, para comprobar la posición, valiéndome de la brújula y, entonces, observé que ésta se había estropeado, pues la aguja permanecía invariable. Me asaltó la duda de si, desde hacía más de media hora en que habíamos enlazado con el Batallón, habríamos caminado despistados, basado en la errónea indicación de la aguja y si, en tal caso, estábamos completamente desorientados. La duda se transformó en alarma al comprobar la excesiva tardanza de la patrulla del cabo Vélez en regresar.

—Creo que estamos extraviados —confié al sargento Villar—. No sé el tiempo durante el cual hemos caminado desviados, pues acabo de comprobar que la brújula no funciona. No me extraña nada que la patrulla no haga contacto con el Batallón. Coja usted unos hombres y salga en su busca inmediatamente, siguiendo sus huellas, antes de que éstas desaparezcan y, aun cuando no hayan enlazado, regresen lo antes posible.

El sargento cogió tres hombres y desaparecieron presurosos por entre la maleza siguiendo el rastro de las aún visibles huellas de la patrulla anterior. El resto del personal, ajeno a mi preocupación, seguía displicente, engullendo mortadela y diseminado, formando grupitos al abrigo de los gruesos matorrales de los que, previamente, habían sacudido la nieve.

Regresaron por fin las patrullas y el cabo Vélez, sin poder disimular su preocupación, me dio la novedad:

—Esta vez no he podido localizar el camino por el que marcha el resto de la fuerza. A mí me parece que nos hemos ido muy a la izquierda. He tratado de orientarme por las huellas de nuestra Sección, pero, a unos quinientos metros, ya han desaparecido con la nieve que cae.

—Está bien, no se preocupe por eso y ahora descansen un poco. Aprovechen para tomar un bocado —les ordené.

Reuní a los jefes de grupo y les dije:

—Creo que el cabo tiene razón. Nos hemos debido desviar cerca de dos kilómetros y, a poco que continuemos así, iremos a parar enseguida a plena retaguardia rusa. Nikitkino debe quedar bastante a la derecha y casi a nuestra altura. Así que usted, Villar, continúe en vanguardia, tirando siempre hacia la derecha y ande con mucho cuidado sin diseminar demasiado a la gente, pues presumo que andamos por terreno enemigo.

Continuamos la marcha y, al poco rato, pude ver como la gente que me precedía se ocultaba rápidamente por entre la maleza, haciendo lo propio el resto de la Sección. Me adelanté y vía al sargento causante de la alarma agazapado detrás de un matorral, haciéndome señas con el brazo para que me acercara. Lo hice con toda precaución, colocándome a su lado.

—Mire ahí delante, mi alférez —dijo, señalando al frente.

A cuatro pasos cruzaba una pista en la que se veían aún ligeras huellas de trineos. Por la orilla y a un metro sobre el suelo, apoyado en las ramas bajas de los árboles pasaba el cable de un teléfono de campaña. No cabía más duda. Aquella pista conducía Nikitkino y estábamos, por tanto, en zona enemiga.


Mire mi plano, intentando identificar la pista, pero no figuraba en él, aunque era de suponer que conduciría al pueblo y que el teléfono debía de enlazarlo con algún puesto de mando o, quizá, con la artillería. Podíamos seguir, orientados por dicha pista, pero al sargento Villar se le ocurrió una idea.

—¿Qué le parece si cortamos el cable telefónico? —me dijo sigilosamente—. Quizá, cuando se den cuenta de la avería, salga alguna patrulla a recorrer la línea para repararla. Será lo más probable. Y si aguardamos nosotros emboscados, podremos matar dos pájaros a un tiempo: les agarramos y ellos nos guiarán hasta el mismo Nikitkino.

—¡Ha tenido, usted, una idea feliz, amigo Villar! Coloque primero a la gente perfectamente emboscada y prevéngales —dije yo.

Dispuse que los otros sargentos hicieran lo mismo. Y mientras tanto, Villar requería del cabo de la escuadra de granaderos las tijeras cortaalambradas. Se divisaban unos doscientos metros de pista a uno y a otro lado. Cerciorados de que nadie aparecía por ella, el sargento la cruzó en dos saltos, cortó el cable y regresó rápidamente a mi lado.

—¡Ya está! A ver que pasa —me dijo en un tono de plena satisfacción.

—Bueno…, ahora a esperar y advierta que nadie se mueva ni dispare —le indiqué.

—Desde luego —se reafirmó él.

—Interesa —me expliqué— sorprenderlos, sin darles tiempo a que reaccionen, para no dar lugar a disparar. Una alarma la situación en que nos hallamos sería peligrosísima, pues atraería al enemigo sobre nosotros, estando como estamos, desconectados del Batallón.

En todo caso, había decidido afrontar cualquier resultado, pues si el adversario se venía sobre nosotros, tal distracción favorecería la acción que el Batallón se proponía llevar a cabo para el caso de que, no apercibiéndose de nuestro despiste, continuaba con su progresión hacia Nikitkino.

En estas reflexiones me hallaba sumido, oculto entre la maleza, en espera impaciente de los acontecimientos y formando grupo con el sargento Alquézar y el cabo de la escuadra, las pistolas ametralladoras montadas, las bombas a punto y con la mirada fija sobre la blanca pista en todo cuanto la vista alcanzaba, cuando, transcurridos unos veinte minutos de inquieta espera, de pronto aparecieron a lo lejos dos soldados cuya silueta resalta sobre la inmaculada pista. Alquézar se volvió nervioso y me dio con el codo, mientras decía en voz baja:

—¡Ya están allí, mi alférez, ya están allí!

Venían por las orillas, lentamente y confiados, observando el tendido del cable telefónico. Seguramente que no era anormal una avería en tan mal acondicionada instalación, por provisional e improvisada. Se detuvieron a unos cien metros para colgar el cable desprendido de la rama en que antes se apoyaba y, luego, reanudaron su lenta marcha.

No cabía la menor duda de que eran soldados rusos. Iban armados con un fusil que portaban en bandolera, lo que denotaba su despreocupación y su confianza por andar sobre terreno propio. Cubrían sus cabezas con pasamontañas de piel y sus manos con manoplas. Vestían un grueso chaquetón de piel de cordero y calzaban botas altas de fieltro.

Venían conversando con la mayor naturalidad del mendo, en tono muy normal y, aunque sus palabras se percibían ya claramente, resultaban ininteligibles para nosotros. Ya estaban casi a nuestra altura, cuando uno de ellos señaló con el brazo para advertir de la rotura en el cable y ambos se dirigieron sin miramientos a recoger del suelo uno de sus extremos, dándonos las espaldas.

Saltamos repentinamente sobre ellos y con tal rapidez que, cuando volvieron los rostros, quedaron inmóviles y presos de espanto, al advertir los cañones de nuestras pistolas apuntándoles a dos pasos. Debieron de comprender, aunque no entendieran el significado de mis imperativas y tajantes palabras, cuando les dije:

—¡Quietos! ¡Ruski kaputt! —frase ésta que empleábamos para que quedara clara la intención de matar rusos.

Automáticamente, los espantados rusos dejaron caer la cartera de la herramienta y alzaron las manos mientras repetían:

Nicht pum, pum! Niet pum, pum! —rogándonos, en alemán y ruso, que no disparásemos contra ellos.

La cosa había salido mejor de lo que deseábamos. Nos quitamos de la pista, volviendo con los prisioneros a la maleza donde permanecía emboscada el resto de la Sección. Los rusos continuaba mudos de asombro y en sus rostros se reflejaba aún el terror.

Una vez desarmados, les mostré el plano, señalándoles Nikitkino, tratando de hacerme comprender. Les di unos sorbos de vodka.

Spanski soldaten, niet pum, pum —les dije y se tranquilizaron.

Comprendí que, al fin, habían entendido mis deseos de que debían conducirnos al pueblo, cuando advertí, de nuevo, en ellos el miedo mientras decían:

Nikitkino minen, minen. Ruskis soldaten: pum, pum. Kaputt, kaputt…

―Naturalmente que os comprendo. Así que están los rusos, tienen puestas minas y nos liquidarán. Eso es lo que queréis decir, ¿no? Pues allí nos habéis de llevar ―terminé yo, impaciente.

Nos pusimos en marcha sin salir dela pista, llevando a los prisioneros en cabeza y obligándoles a caminar bajo la amenaza de nuestras pistolas, mientras intentaban detenerse:

Nikitkino: kaputt, kaputt!
Sin duda que los prisioneros se habían dado cuenta del escaso personal que yo llevaba, como para pretender enfrentarme con las fuerzas rusas que guarnecían el pueblo. De ahí su insistencia en querer advertirme del peligro que ello suponía. No era mi intención el lanzarme al asalto por las buenas, sino situarme en sus inmediaciones y esperar al Batallón para unirme a él.
Hacía ya unas horas que, por la parte de Dubrovka, se oía el constante tronar de las explosiones de la artillería y de los morteros y el incesante traqueteo de las ametralladoras. Seguramente, la lucha era por la conquista de Los Cuarteles. No sería de extrañar que las fuerzas de Nikitkino estuvieran más pendientes de este resultado que de un probable ataque a sus posiciones, dado que, prácticamente, se hallaban a retaguardia de aquéllos.

Seguimos por entre la maleza, guiados por los prisioneros, pero sin, por eso, dejar de estar pendientes de la pista. En esto, los prisioneros se detuvieron, agachando sus cuerpos e imitándoles instintivamente también nosotros.

Nikitkino, Nikitkino! ―decían, señalando con el brazo hacia la pista que terminaba en una calva del bosque.

No se veía edificación alguna, pero se advertía que la pista terminaba allí. En unión del sargento y de mi enlace, avance sigilosamente cubierto por la maleza hacia el linde del bosque y pudimos divisar el pequeño poblado, con sus isbas diseminadas sobre la amplia calva. Las primeras casas se hallaban a unos cien metros del lindero. De sus chimeneas salían columnas de humo. Todo daba sensación de normalidad y quietud. De una casa salían varios soldados, cruzando tranquilamente la calle. Por esta parte no advertíamos fortificación alguna.


Elegimos el mejor observatorio, avanzando un poquito más. Ahora veíamos las isbas agrupadas , formando una calle recta que cruzaba el poblado de norte a sur. A nuestro flanco derecho se apreciaba tierra removida, a pesar de estar cubierta de nieve por acusar la presencia de una trinchera que pasaba por delante de las primeras casas. Una alambrada se cruzaba por delante de la fortificación, partiendo desde cerca del lindero del bosque. Estábamos, pues, al costado de las fortificaciones y podíamos, por tanto, penetrar en el poblado, sin obstáculo de aquéllas. Una pista desembocaba frente a la trinchera por el extremo norte y era, sin duda, por donde el Batallón iba a llegar.

No sabía qué determinación tomar. Tenía una oportunidad para atacar por sorpresa, entrándoles por la espalda, pero éramos muy pocos para ocupar el poblado y salvar la reacción probable del enemigo, aunque, por otro lado, con la inminente llegada del Batallón, podría salir del atolladero. Podía también limitarme a ocupar la trinchera y aguantar allí la llegada de aquél, pero las casas próximas eran un peligro. Podría si no, esperar que el Batallón iniciase el ataque y saltar yo, entonces, desde el flanco, facilitando así su acción, pero, en este caso, nuestra situación se exponía a ser descubierta durante la espera. Y eso no me convencía. Las toses del personal, mal contenida, quedaban apagadas por el ruido de las ramas al ser agitadas por el viento. Retrocedimos de nuevo hasta donde la Sección esperaba impaciente.

―¿Qué le parece, sargento? ¿Qué hacemos, nos lanzamos o esperamos? ―pregunté.

―No creo que tarde en llegar el Batallón, pero deberíamos aprovechar esta oportunidad tan estupenda para sorprenderlos. Además, me da la sensación de que en las trincheras hay muy poca gente. La mayoría debe de estar en las casas y cuando quieran reaccionar, la posición ya será nuestra ―me contestó.

―Eso suponiendo que todo salga bien ―dudé.

―Yo no dudaría. Lo que menos esperarán es que les ataquemos sin haber ocupado antes Los Cuarteles. Y por lo que se oye, el follón continúa allí. ¿Vamos por ellos? ―decía, lleno de impaciencia, el sargento.

―Desde luego, es una buena oportunidad y continuar aquí, un peligro. ¡Vamos por ellos! ―me decidí.

Adelante la Sección hasta llegar al lugar de mi último observatorio, dispuesto a lanzarme al asalto. Di la orden a los jefes de grupo de que se desplegara el personal en orden de combate y de que, cuando yo hiciera la señal, saltaran a la carrera sobre la trinchera, mientras un pelotón, con su fusil ametrallador emplazado en el lindero del bosque, enfilaría su fuego sobre la recta calle que cruzaba el pueblo y sobre las casas inmediatas, para evitar cualquier reacción.

―Que nadie inicie el fuego hasta en tanto no lo hagamos nosotros ―advertí.

―¡¡Adelante!! ―ordené e hice la señal con el brazo.


Como impulsados por un resorte saltamos simultáneamente todos desde nuestros apostaderos, atravesando en unos segundos la corta distancia que nos separaba del extremo norte de la trinchera.

De las gargantas de los muchachos empezaron a salir gritos y vítores, confundiéndose con las explosiones de nuestras granadas de mano que, en violento impulso, lanzábamos sobre la zanja de la fortificación.


Tras la primera andanada de bombas, caímos dentro de ella, mientras el pelotón de protección, desde la linde del bosque, hacía fuego continuo sobre los objetivos señalados. Fue tal la sorpresa y el desconcierto que nuestro inesperado ataque produjo entre los rusos que, a excepción de los que estaban en el extremo opuesto de la trinchera, los cuales salieron huyendo para cobijarse entre las últimas casas, los demás se entregaron como corderitos, alzando sus brazos y deponiendo las armas. En menos de diez minutos, saltando por entre los muertos y heridos, recorrimos la trinchera, adueñándonos de ellas.

Emplacé los fusiles ametralladores e iniciamos un fuego combinado con el pelotón del bosque contra las casas, donde sin duda alguna debía hallarse el sorprendido grueso de las tropas rusas.

Desde estas últimas casas contestaban a nuestro violento fuego, mientras el eufórico griterío de mis muchachos no cesaba. Enardecidos por el éxito inicial, a duras penas podía contenerlos.

―¡A por ellos! ¡A por ellos! ¡¡Viva España!! ¡¡Ruski kaputt!! ―gritaban entusiasmados.

Los rusos, en la creencia de que las fuerzas que les atacaban eran muy numerosas pues recibían fuego cruzado desde el bosque y desde nuestro lado, empezaron a salir de las casas, replegándose hacia el bosque por la parte sur. El pelotón emboscado, aprovechándose de nuestros disparos y al tiempo que yo asaltaba las casas próximas, se adentraba en el poblado por la recta calle.

Unas ráfagas de pistola y unas granadas de mano hicieron salir de las primeras casas, con las manos sobre las cabezas, a unos cuantos soldados. Sin apenas preocuparnos de ellos, seguimos adelante hasta la calle principal. Más de cuarenta prisioneros habíamos dejado a nuestras espaldas, pero yo no podía distraer gente en su custodia, ya se encargarían de ellos los que vinieran detrás. Calculaba yo en unos doscientos los que, abandonando las casas, habían huido en dirección al bosque por el lado opuesto del poblado.


Marchábamos ahora desplegados y protegiéndonos con las casas. Alcanzaba ya las últimas sin apenas haber sido hostigados por el enemigo, como no fuera con alguna ráfaga suelta de ametrallador, pero estaba seguro de que, al amparo del bosque, los rusos tratarían de reorganizarse.

Como había supuesto, en el mismo linde del bosque tenían hechas unas posiciones y desde ellas empezaron a disparar rabiosamente contra nosotros tan pronto como nos divisaban. En previsión de que intentaran algún contra ataque, parapeté al personal a cubierto de las últimas isbas, emplazando los fusiles ametralladores.

Temía que el enemigo, al amparo del bosque, se desplazara lateralmente, tratando de envolverme por los lados, pero, por fortuna, el Batallón llegó a tiempo para hacerse cargo de la situación, encontrándose con el objetivo señalado servido en bandeja gracias al arrojo de mis valientes muchachos y gracias también a que el despiste que sufrimos nos puso en el trance de lanzarnos, con temeridad y por las buenas, al asalto de aquella posición. La corazonada de obrar así nos pudo costar bien cara, pero afortunadamente no fue tal. Nuestras bajas, por el momento, se reducían a un muerto y dos heridos.

Cuando mis muchachos se apercibieron de la llegada del Batallón y mientras replicaban al fuego que, desde el lindero, nos hacían los rusos, iniciaron su canción humorística, ya tan popular entre los divisionarios: «¡Date el bote caradura, pum, pum, pum! ¡Sacúdete…!»

Las otras dos secciones de la Compañía se colocaron a nuestra altura, mientras la 9ª y la 11ª se situaban en nuestros costados, protegiéndonos los flancos. Una sección de ametralladoras vino a reforzar nuestra línea de fuego y, pronto, nuestros morteros empezaron a arrojar sus granadas sobre un enemigo que se vio obligado a enmudecer .

―De parte del capitán, que vaya usted al puesto de mando del batallón ―me dijo un enlace.

―¿Dónde está? ―pregunté.

―En una de las primeras casas, yo le llevaré ―se ofreció.

―Bien, pues, vamos ―acepté y le seguí.

Procurando evitar las zonas batidas por los rusos, llegamos al puesto de mando. El comandante Suárez conferenciaba con los capitanes y les daba instrucciones. Al verme entrar, cortó el coloquio. Sonriente y lleno de satisfacción, se acercó a mí diciéndome:

―Aquí tenemos al héroe de la jornada. Mi más cordial enhorabuena y también la del general, a quien he dado cuenta de tu actuación sorprendente. ¡Venga, un abrazo!

―Gracias, mi comandante, pero todo ha sido cuestión de suerte… ―repuse.

También los capitanes me tendieron sus manos, felicitándome.

―Pero…, vamos a ver ―continuó el comandante―, ¿cómo te las has arreglado y dónde os habíais metido? Estábamos preocupados por ti, pues te suponíamos perdido hasta que hemos oído el jaleo y supusimos que te habían sorprendido.

Referí al comandante, con todo detalle, lo sucedido:

―Ya ve usted, los hombres se han portado como valientes. Son estupendos ―afirmé para terminar.

―Desde luego que sí ―convino―. Que su Sección se retire ahora, como reserva, para que pueda descansar, que bien se lo han ganado. Usted puede quedarse aquí para celebrarlo.

Dio instrucciones para que una patrulla tratara de enlazar con las fuerzas de Dubrovka, que las nuestras se fortificaran sobre la línea en que estaban estacionadas y que se mantuvieran alerta, pues era extraño que el adversario no hubiera contratacado ya.

Me acordé del soldado que había muerto aferrado a su fusil ametrallador y no pude evitar que la alegría que por el éxito sentía, quedara empañado por una honda tristeza.

―Quisiera ver al muchacho que me han matado antes de que se le dé sepultura. Ha caído al salir de la trinchera ―dije al comandante.

―También yo quiero verlo ―me contestó―. Vamos allá, pues el páter ha salido ya hace un momento.

Un grupo de la Plana Mayor enterraba los cadáveres de los rusos caídos en la trinchera. Al lado de unos camilleros habían depositado, sobre su camilla, el cuerpo inerte del soldado español. Era Jaime, un muchacho de unos dieciocho años, con cara de niño. Era de Alcañiz. Tenía un tiro en la frente. Un hilillo de sangre coagulada resaltaba sobe su mejilla blanca como la nieve. Sus ojos permanecían abiertos, fijos en el Infinito y como si mirasen al Cielo. El capellán los cerró paternalmente. Recogió sus objetos personales para remitírselos a su familia. Una cartera y, en ella, una fotografía de una muchacha joven y bonita…, ¿hermana?, ¿novia? Unas cartas, una medallita de la Virgen del Pilar... Por último, cortó la mitad de la chapa de identificación que, de un cordón, pendía de su cuello. Era el número 11354. Lo trasladaron a las inmediaciones del puesto de mando, donde se había acotado un trozo de terreno para cementerio. Era el primero, pero… ¡cuántos más le habrían de seguir!

Habían acudido unos cuantos de su pueblo que, cariñosamente, construyeron una tosca cruz de madera y ellos mismos cavaron la fosa, mientras por sus mejillas corrían lágrimas de dolor.

Fue mi primer caído, enterrado bajo un puñado de tierra española y, después, tierra de la estepa y el frío sudario de la nieve helada sobre su cuerpo. Luego, la cruz y, sobre ella, el casco de acero. Después un responso, una oración con lágrimas que, entre el fragor de las explosiones y los tiros, subiría al Cielo deprisa, como huyendo de aquella tierra alejada de Dios. «Ne recorderis peccata mea, Domine…».

Me instalé con el capitán en una isba próxima a la primera línea y, a pesar de las explosiones de artillería y de los morteros que caían cerca, me dormí pronto, pero en mi imaginación permanecía la imagen del joven soldadito de Alcañiz.

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Última edición por Nikitkino41 el Dom Dic 09, 2012 12:25 am, editado 2 veces en total

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NotaPublicado: Sab Dic 08, 2012 10:30 pm 
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Cita textual del parte propuesta del jefe de la 10ª del III/263, José García Gayoso, elevado el día 30 de mayo del 1942, en el que se hace referencia a la acción de Manuel Cavero en la toma de Nikitkino:


"Él fue, quien al mando de la misma (3ª sección de la 10ª Cía.), después de disponer el orden de ataque, desconcertó al enemigo con una acción rápida y fulminante, tomándose todos sus reductos, con insignificantes bajas (sólo un herido leve). Debido a esta acción, el enemigo sorprendido, huyó internándose en el bosque.
En los días 31 de octubre y 2 de noviembre, después de rechazar al enemigo con su sección, aunando sus dotes de mando con su valor personal, fue herido por bala enemiga en el pecho, viéndose obligado a evacuarse al hospital, no antes de haber animado a su sección con sus muestras de cariño, junto con un deseo fuerte de continuar lo comenzado..."

Se reincorporaría el 29 de febrero y el 7 de abril dirigió el golpe de mano por el que, igualmente herido, le fue reconocida la Cruz de Hierro de 2ª clase.

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NotaPublicado: Dom Dic 09, 2012 8:17 pm 
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Gracias Nikitkino41 por mostrarnos este intersante documento. Gracias a él podemos apreciar la dureza del medio en el que combatieron nuestros soldados, la valentía del alférez Cavero Agorreta y sus hombres al tomar la determinación de atacar sin esperar al resto del III Batallón del 263 y el resultado de una eficaz acción que se saldó con unas pérdidas mínimas para nuestros hombres.

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NotaPublicado: Dom Dic 09, 2012 9:38 pm 
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Al margen de felicitarte por este interesante documento, te felicito por usar el nombre correcto: Nikitkino.
Por alguna razón, los españoles empezaron a llamar a esta aldea Nilikino, Nikilino, de formas parecidas, cuando el analisis de los mapas de la epoca lo pone clarisimo: Nikitkino.
El caso es que llevamos años repitiendo erroneamente el toponimo, y ya va siendo hora de que se corrija.

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Con mi canción la gloria va, que en Rusia están los camaradas de mi División... ...


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NotaPublicado: Dom Dic 09, 2012 10:28 pm 
Estupendo relato Nikitkino41, como bien dijo el protagonista del mismo a su comandante "fue suerte", ya que si el resto del batallón hubiera tardado mas de lo debido los rusos habrían contraatacado y los hubieran aniquilado.

Gracias por compartirlo. Un saludo.


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NotaPublicado: Dom Dic 09, 2012 11:50 pm 
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El relato es del propio alférez Cavero. El también usaba Nilitkino y otros topónimos errados pero comunes entre los guripas (Wolchow, Dubrodka, Sitno), que me he limitado a corregir o modernizar.

Me alegra que os haya gustado.

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NotaPublicado: Lun Dic 10, 2012 5:20 pm 
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Estupendo e interesante relato Nikitkino41. Gracias por compartirlo. Un saludo.

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NotaPublicado: Lun Dic 10, 2012 8:48 pm 
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Un tesoro contado por el propio protagonista,muy interesante...gracias por ponerlo Nikitkino


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NotaPublicado: Mié Dic 12, 2012 11:25 pm 
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Un apasionante relato, y encima contado por el protagonista. Es un tesoro.

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"Aquí la más principal hazaña es obedecer, y el modo cómo ha de ser es ni pedir ni rehusar."----Pedro Calderón de la Barca, soldado de Infantería Española.


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 Asunto: RELATO
NotaPublicado: Jue Dic 13, 2012 4:14 pm 
Estos son los relatos auténticos de como actuaban nuestros soldados, y que tan agradables y emocionantes son de leer.
Muchas gracias y enhorabuena.
Te felicito por via reglamentaria.


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NotaPublicado: Lun Dic 24, 2012 12:58 am 
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Al día siguiente, el alférez Cavero tuvo que dirigir una patrulla para establecer la línea telefónica entre Nikitkino y Posad, haciendo contacto en una torreta forestal cercana al propio Posad. Lo hizo y cuando contactó con Nikitkino, los mandos le hicieron regresar durante la noche, en una travesía dantesca, pues su compañía se había quedado sin mandos.

A la mañana siguiente, 2 de noviembre, participó en la defensa de Nikitkino, resultando herido en el pecho. Así lo narra él:


"Recogí a mis enlaces en el puesto de mando de mi sección y ordené el traslado de nuestras cosas a la Compañía, donde me esperaba el alférez Tutusaus. Me acomodé y, sin pérdida de tiempo, marché con él a la posición, para recorrerla y hacerme cargo de la misma. Se encontraba en el flanco izquierdo del dispositivo de defensa del Batallón, en las inmediaciones de las últimas casas del poblado, teniendo por delante unos doscientos metros de terreno despejado hasta el lindero del bosque, con buena visibilidad y posibilidad de tiro que permitían evitar ataques por sorpresa. El enemigo, después del ataque del día anterior, se había debido de retirar al pueblo de Posselok, situado a unos ocho kilómetros, al otro lado del bosque.

La gente se dedicó a limpiar la trinchera de nieve, a reforzar los parapetos y a fortificar la posición lo mejor que se pudo. Al darse cuenta de mi presencia, mostraron su alegría con alborozo. El brigada Vázquez, de la 1ª Sección, me contó las incidencias del ataque del día anterior, la muerte del teniente Soteras y de seis soldados más de la Compañía. El capitán fue herido de un tiro en la boca y otros soldados tuvieron que ser evacuados. Entre ellos, tres de mi Sección, que había acudido a reforzarles. La Compañía había soportado el ataque más duro. Ahora estaba reforzada con dos pelotones de ametralladoras y dos piezas antitanques. Además, acababan de llegar los dos pelotones míos de la patrulla enviada a la torreta, junto a Posad, pero estaban descansando y habían quedado como reserva. Delante de las alambradas de nuestra posición, destacaban sobre la blanca nieve un buen número de bultos pardos. ¿Treinta? ¿Cuarenta? Era los cuerpos sin vida de los soldados rusos, abandonados por el enemigo en su retirada después del ataque. A los más próximos a las alambradas, nuestros hombres les estaban cubriendo con nieve, ayudados por algunos prisioneros. Hice contacto con el capitán Campano, de la 9ª Compañía, que enlazaba por mi derecha, y me retiré a mi puesto de mando un tanto impresionado por el peso de la responsabilidad. Me sentía muy solo sin ningún otro oficial en la Compañía.



Cuando ya estaba anocheciendo, dispuse que fueran a recoger el rancho caliente de la cena y, mientras lo traían, me acerqué a la posición para comprobar que los servicios nocturnos se habían montado correctamente. Las tres secciones se habían quedado para el mando de dos brigadas y un sargento.
[…]
Nikitkino, Posad y Drubrovka, ocupados por los nuestros, formaban una cuña en el frente ruso que garantizaba la estabilidad de la cabeza de puente establecida en la margen izquierda del río Vóljhov. De ahí la tenaz persistencia del enemigo en sus ataques para eliminarla y nuestra decisión de defender esa cuña a toda costa.

La temperatura era tan baja que el lecho del río se había helado totalmente y tenía una capa de hielo de más de un metro de espesor, de tal forma que ya no era necesario, para atravesarlo, utilizar el improvisado puente de barcazas construido por los pontoneros. El personal, incluso en trineos y piezas ligeras de artillería, tirados por caballos, podía cruzarlo por cualquier parte. Ello facilitaba el aprovisionamiento y la evacuación de heridos, así que no había que preocuparse por que el puente, objetivo permanente de la artillería rusa, fuera destruido. Más adelante, pudieron atravesar el cauce hasta tanques ligeros.

***

Regresé a la isba y, al entrar en ella, percibí el típico olor a rancho, muy agradable en esta ocasión. Teníamos pan blanco, cigarrillos y, como sustitutivo del añorado vino, vodka, en abundancia. No tenía sueño y decidí ponerme a escribir, pues ya hacía tres días que esperaba la ocasión de poder hacerlo.

Sobre las tres de la mañana, sonó el teléfono de campaña que estaba conectado con el puesto de mando del Batallón:

—Es el ayudante —me dice el imaginaria, acercándome el aparato.

—Sin novedad en la 10ª —digo—. ¿Qué pasa?

―Comunican de Posad que han capturado a unos prisioneros y que, según dicen, van a intentar un nuevo contraataque al amanecer. Han recibido muchos refuerzos. Alerta en la gente y toma precauciones. Interesa que destaques escuchas sobre el lindero del bosque y hasta el amanecer —crepitó la radio.

La espesura del bosque favorecía al enemigo para que pudiera aproximarse sin ser advertido. De vez en cuando, lanzábamos bengalas para iluminar nuestro campo de tiro y evitar golpes de mano sorpresivos. Poco antes del amanecer, nuestra artillería y morteros empezaron a batir el bosque. El flanco izquierdo de mi posición, que estaba desguarnecido, era vigilado por patrullas de las secciones de reserva. No existía más medio defensivo que una ligera zanja hecha en la nieve.

***

Entre dos luces, los escuchas se replegaron precipitadamente a la posición, denunciando la proximidad de las fuerzas rusas. Era un síntoma de ello el que la actividad de fuego enemigo era, por el momento, nula, lo que nos hacía mantenernos en permanente tensión.

De repente, se inició una aparatosa concentración de fuero de mortero y artillería sobre nuestras posiciones y el propio pueblo, que duro una media hora. Era el presagio de la tormenta bélica que se iba a desencadenar.

Efectivamente, el ataque comenzó de forma extremadamente violenta. Se inició un intermitente tableteo de ametralladoras, cuyas balas, en ráfagas cortas, abanicaban nuestro frente y se clavaban, silenciosas, en la nieve o silbaban, furiosas, al pasar de largo sobre nuestras cabezas. Pegados al terreno, nuestros cuerpos tiritaban de frío, pero en nuestras venas sentíamos arder la sangre. Nuestra situación no era muy tranquilizadora y presentía que el golpe principal lo íbamos a tener que aguantar nosotros.

Arreció el fuego de las ametralladoras enemigas y una oleada de rusos apareció en el lindero del bosque, viniendo, como alocada, hacia nosotros e inundando los aires con sus característicos gritos:

―Hurri! Hurri!

Nuestras armas, que habían permanecido mudas hasta ese momento, vomitaron plomo a discreción. Y, a pesar de que la vanguardia de aquella masa humana quedaba tendida sobre la nieve, el resto continuaba hacia delante, como empujado por el vodka, seguramente ingerido con exceso, y se acercaba peligrosamente a nuestras defensas, llegando hasta la altura del asalto.

La indecisión, en ese momento, obligó al enemigo a detenerse, pegándose al terreno y quedando así al alcance de nuestras bombas de mano. Sufrió por ello tal quebranto que, dejando el suelo cubierto de cadáveres, tuvo que retirarse de nuevo a cubierto del bosque. El contraataque había sido, de momento, rechazado, aunque pagamos, también por nuestra parte, un alto precio.

***

Al amanecer, el enemigo no desistía de su empeño y sus máquinas, emplazadas en la linde del bosque, continuaron con su furiosa función. Al amparo de los árboles, el enemigo, al advertir que estaba desguarnecido, se había desplazado hacía mi flanco izquierdo y fue por aquí por donde se inició un nuevo y feroz ataque, tratando de envolvernos y llegar a retaguardia. Salieron desde el pinar como hormigas y tuve que modificar el emplazamiento de mis armas automáticas. Pronto, las secciones de reserva, del teniente Portolés y del teniente Martín, se tenían que emplear a fondo, pegados a la nieve, junto a las mismas casas.

Los rusos, a pesar de las bajas, seguían avanzando, arrastrándose sobre la nieve. Sus gritos de «hurri!, hurri!» se confundían con los nuestros, henchidos de patriotismo: «¡Viva España!», «¡Viva la Legión!», «¡ruskis kaputt!». Se oía también el sonar de la corneta de la Plana Mayor del Batallón, cuyas notas contagiaban de exaltado entusiasmo a todos. Algunos rusos habían alcanzado las primeras casas del pueblo, ya inmediatas al puesto de mando. Todo el personal de la Plana Mayor estaba embarcado en el jaleo. Hasta el capellán, el padre Indalecio, que asistía a los heridos, tuvo que echar mano del fusil. La cosa estaba muy confusa. Vi como la sección de Portolés y la de Martín se lanzaban con bombas de mano contra el enemigo que estaba aguantando pegado al terreno. Su acción fue sorpresiva y el enemigo inició la retirada hacia el pinar. Los dos oficiales, al frente de sus secciones, siguieron tras ellos. También vi como el teniente Portolés se doblaba y caía herido. Había recibido un tiro en el vientre. El teniente Martín recibió, de lleno, la metralla de un morterazo que le dejaba gravemente herido. La reacción de estas secciones, sin embargo, surtió efectos fulminantes. El enemigo que se había infiltrado, fue eliminado y algunos quedaron prisioneros.

No obstante, desde la arboleda, seguía el mortífero ametrallamiento ruso. Continuaba el griterío y los vivas de nuestros soldados no cesaban. Uno de mis fusiles ametralladores había enmudecido por la muerte de sus sirvientes. El lugar de su emplazamiento era estratégico y estaba alejado unos metros a vanguardia de nuestra imperfecta trinchera. El fuego de aquel fusil, ahora callado, nos era muy necesario. Corrí con intención de alcanzarlo en tres o cuatro saltos, pero el seco trallazo de una bala me cortó la carrera, haciéndome besar el suelo violentamente.

Sentí en mi pecho un dolor punzante, como si un clavo candente fuera adentrándose, quemando mi carne, en dirección al corazón. Noté el calor de la sangre al correr por el pecho y como, rápidamente, se enfriaba. Instintivamente apreté mis manos contra la herida y, pronto, el exterior de la guerrera se tintó de rojo. Menos mal que los coágulos de sangre, al enfriarse con tanta celeridad, taponaron la herida, cortando la hemorragia. La bala, después de romper la tercera costilla, se había quedado alojada a unos centímetros del corazón. Las aceleradas palpitaciones de éste, movían el proyectil, dando la impresión de que seguía avanzando.

Hube de permanecer, durante media hora, tendido sobre el suelo. Un soldado que intentó aproximarse para auxiliarme, cayó muerto unos metros antes de llegar a mi altura. Pude, por fin, ser retirado y llevado hasta la Plana Mayor del Batallón, donde me fue efectuada la primera cura. Parecía una herida limpia, sin orificio de salida, pero se ignoraba la gravedad de la misma. Allí estaban, esperando también la evacuación, el teniente Portolés, Martín y Pintado, con un tiro que le había vaciado un ojo, así como unos treinta soldados más."

El alférez fue evacuado y operado de urgencia, convaleciendo un tiempo en el hospital de Riga y, después, el el Krieg-Lazarett de Königsberg. En enero volvió al frente.

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Virtus nostra fidelitas appellatur.


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NotaPublicado: Lun Dic 24, 2012 1:37 am 
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Registrado: Sab Mar 31, 2012 1:03 pm
Mensajes: 1297
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Gran y emocionante relato. Da gusto leerlo.

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"Aquí la más principal hazaña es obedecer, y el modo cómo ha de ser es ni pedir ni rehusar."----Pedro Calderón de la Barca, soldado de Infantería Española.


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NotaPublicado: Lun Dic 24, 2012 12:49 pm 
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Registrado: Dom Ene 15, 2012 10:19 pm
Mensajes: 1957
Ubicación: Guadalajara - España
Cada vez que leo el relato de un divisionario se me pone la piel de gallina, muchas gracias por compartirlo.

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Por campos pardos y blancos regaron tierras, tiñeron nieves.
Corazones sin descanso, almas en las que nunca llueve.


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NotaPublicado: Lun Dic 24, 2012 5:32 pm 
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Registrado: Jue Sep 10, 2009 5:02 pm
Mensajes: 7808
Impresiona tanto valor.

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"Ante Dios nunca seras heroe anonimo" de la Ordenanza del Requete


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NotaPublicado: Mar Dic 25, 2012 3:24 pm 
Gracias por compartirlo Nikitkino41, estos relatos de combate escritos por divisionarios en primera persona son realmente impresionantes y emocionantes, sobre todo viniendo de alguien que ha bailado con la muerte de forma tan explícita.


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