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NotaPublicado: Dom Dic 30, 2012 5:26 pm 
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De las memorias de Manuel Cavero Agorreta:

"A TRAVÉS DEL BOSQUE

Rodríguez (1), mi ordenanza, me despertó, interrumpiendo mi letárgico sueño no muy respetuosamente:

―¡Venga, mi alférez, despierte! ¿Pero es que puede dormir con tanto zambombazo? ¡Ala, que han avisado de la Plana Mayor del Batallón para que acuda allí enseguida! ―me gritó a la vez que me zarandeaba.

―Le tengo preparado el té con unas tostadas ―continuó―. El capitán ya se ha ido para allí.

Efectivamente. ¿Cómo podía yo dormir? Andanadas de morteros explotaban casi sin cesar, unos más lejos de la isba y otros no tanto. A la vez, traqueteaban las ametralladoras de uno y otro bando. Todo presagiaba un inminente ataque.

Pero yo estaba tan calentito junto al fogón y arropado con las mantas, que sentía verdadera pereza de moverme. La noche había sido tranquila, pues había estado nevando muy copiosamente hasta el amanecer. Había caído medio metro más de nieve y la temperatura había descendido a unos 10 grados. El piso estaba helado.

Tomé, pues, el desayuno y, sin pensármelo, pero calándome bien el pasamontañas de piel y los dos pares de guantes, salí corriendo hacia el puesto de mando, acompañado, como siempre, por mi fiel enlace, Alquézar (6). Al salir a la calle, noté en mis ojos un fuerte escozor, al incidir sobre ellos el reflejo de la nieve y el intenso frío. Eran las nueve de la mañana.

¿Qué nuevo plan me tendrían reservado en el puesto de mando? Nos cruzamos con unos grupos de soldados que tiraban de unos trineos, transportando municiones hacia las trincheras. Alcanzamos el edificio de la Comuna o Colectividad en que estaba asentado el puesto de mando del Batallón. Allí observamos un gran ajetreo: enlaces, prisioneros, heridos que esperaban la asistencia del médico en el puesto de socorro… El comandante Suárez hablaba o, más bien, gritaba a través del teléfono, tratando de entenderse con el puesto de mando del coronel Esparza:

―Pero…, vamos a ver, ¿qué ha sido de esa patrulla que salió ayer para enlazar con Dubrovka? ¿Qué no ha regresado aún, ni tenemos noticias de ella? Estamos todavía sin conexión con Posad. Voy a tratar de enlazar hoy mismo. Necesitamos víveres y municiones urgentemente. Llevamos dos días con rancho en frío… Esperamos otro contra ataque…―dijo y colgó el teléfono con gesto de mal humor.

Yo estaba junto a mi capitán, quien al verme llegar me dijo con humorística sonrisa:

—¿Qué, has dormido bien? Pues prepárate que tienes una buena misión que cumplir. Te ha tocado la china.

El comandante, cambiando su hosca fisonomía y, con gesto ya complaciente, me indicó que me acercara a la mesa sobre la que había desplegado un mapa del sector. A la vez, me ofreció una cantimplora con vodka. Señaló en el mapa y me fue ordenando:

—Hay que establecer lo antes posible un enlace con el Batallón del comandante Román que ha ocupado Posad. Como veis, está a unos dieciséis kilómetros, al otro lado del bosque. Vas a salir con dos pelotones, atravesando toda esa zona de nadie, aunque puede que te encuentres con patrullas enemigas. Debes llegar hasta esa torreta de vigilancia de fuegos o incendios y que está a unos diez kilómetros. Ahí, enlazarás con otra patrulla de Posad y haréis el enlace telefónico, dejando un pelotón de vigilancia. Aquí tienes preparado el material con los carretes de hilo-cable, un trineo para el transporte y dos prisioneros para que tiren de él y te sirvan de guías. Cada hora harás conexión de prueba, por si surge alguna novedad y necesitaras ser auxiliado antes de llegar a la torreta. Pernoctarás allí y, mañana por la mañana, debes de regresar, a no ser que nos echen hoy de aquí, pues los ruskis nos están poniendo la cosa fea. ¡Ojo con las emboscadas y suerte! ¿Alguna pega? Si necesitas alguna cosa, el capitán Hevia te lo facilitará.

Así de escueto estuvo el comandante, pues no disponía de más tiempo que perder. El teniente ayudante le asediaba por un lado, el capitán Campano (2), de la 9ª Compañía por otro, exigiéndole refuerzos para su unidad que estaba acosada desde el amanecer y pedía ametralladoras para la Sección del teniente Portolés.

Tampoco yo podía entretenerme, ya que debía organizar la marcha cuanto antes. Los días eran ya cortos y, de noche, no me sería posible caminar. Los dos soldados de Transmisiones y los dos prisioneros quedaron allí, organizando el material. Yo, entre tanto, di a mi enlace la orden de que avisara al sargento Giménez para que seleccionara al personal. En media hora estuvimos listos para emprender la marcha.

Iniciamos ésta siguiendo, al principio, la misma pista que ya habíamos utilizado en el avance sobre Nikitkino. La nieve estaba helada, pero con las botas claveteadas caminábamos bastante bien, aunque un tanto lentos y siempre en fila india. Un grupo de tres marchaba destacado, en plan de avanzadilla A nuestras espaldas se oían, un tanto amortiguadas, las explosiones de artillería y los morteros. La gente, al principio, andaba como despreocupada, con desenvoltura, gastándose bromas unos a otros.

—Pues qué bien –decía Rodríguez–, al menos hoy nos hemos quitado del fregao que se está tramando en Nikitkino. Estos ruskis la han tomado con nosotros. ¡Y cómo cunden! ¡Salen a manadas!

Marchábamos despacio, pues que había que ir tendiendo el cable de los carretes que los prisioneros transportaban en el trineo. Éstos, no sé por qué, me parecían unos buenos chicos. Sus rostros eran enigmáticos, ni tenían aspecto de temor, ni de tristeza, sino más bien de resignación. En el fondo y en su fuero interno, a lo mejor, hasta se sentían bien con nosotros. Los utilizaba el puesto de mando para servicios domésticos. Fueron capturados al ocupar el pueblo. Los nuestros les trataban casi con exceso de camaradería, les daban cigarrillos y hasta algún trago de vodka, cosa que estaba prohibida, y ellos lo agradecían con gestos reverenciales. Incluso yo lo hice así, al parar para efectuar la primera conexión con el puesto de mando.

Todo marchaba bien cuando hicimos alto para comer de nuestro rancho en frío. Y nunca mejor dicho lo de frío. Habían transcurrido unas cuatro horas y estábamos aún a mitad del camino. La gente acusaba el cansancio. Tuvimos que remprender la marcha enseguida, pues nos estábamos quedando congelados. Se notaba que la temperatura descendía más y más. El cielo aparecía cada vez más oscuro y plomizo, presagiando una nueva nevada.

Realizamos una nueva conexión cuando nos encontrábamos aproximadamente a una hora de la torreta. Eran las cuatro de la tarde y la gente estaba rendida de fatiga.

—Aquí la patrulla del alférez Emeka. Continuamos la misión sin novedad. ¿Qué tal por ahí? —trasladé por el hilo telefónico.

—Estamos aguantando como podemos un duro contraataque. Tenemos muchas bajas y esto no tiene visos de finalizar. Los rusos se multiplican, nos están machacando el pueblo con la artillería. Esto está que arde. Bueno, hasta la próxima conexión. Cuelgo.

No quise decirles nada de esto a los míos, pero yo marchaba afectado y les veía a ellos, como iban arrastrando los pies. Aguilar, el de Teruel, el que siempre se apuntaba voluntario para todas las misiones, andaba tambaleándose. Apretaba los dientes para aguantar. Se resistía a que lo echáramos en el trineo, pero al final no tuvo más remedio que ceder.

—¡Yo no me rajo jamás! —decía rabioso.

Pero es que el pobre había pasado la noche sin dormir apenas, aquejado de colitis y acusaba debilidad, aunque él no había querido decir nada.

***

Seguimos caminando despacio, pausada y silenciosamente. Cada uno con sus pensamientos lejos, muy lejos de allí. Seguramente, esos pensamientos volaban a sus casas, junto al calor de los suyos, tal y como me sucedía a mí, pero yo no podía sujetarlos para retenerlos junto a ella, Mary, y los míos. Seguía oyendo el retumbar lejano de las explosiones sobre Nikitkino. Tenía verdaderas ansias de llegar a la torreta para tener de nuevo noticias y poder descansar. Lo malo sería que no hubiera algún refugio o cabaña allá. Desde luego, no figuraba ninguno en el plano.

Al fin, nos encontramos ante un claro en el bosque. En el calvero se elevaba una torre de madera, de unos treinta metros, que terminaba en una plataforma cubierta. Advertimos en ella la presencia de un centinela. Al pie de la misma, observamos también la existencia de una isba y de dos vigilantes un tanto camuflados. Sin salir del bosque y con las naturales precauciones, tratamos de cerciorarnos, antes de avanzar más, de si aquella gente pertenecía a la patrulla de Posad o de si eran soldados rusos.

Fueran quienes fueran, no se apercibieron de nuestra presencia. Estábamos a unos ochenta metros. Adoptamos, por si acaso y antes de despertar su atención, posición de combate. Efectuar un solo disparopodía ser peligroso, puesto que quizá algunas patrullas enemigas podrían estar recorriendo, en esos momentos, el bosque. Opté, pues, por dar un ligero silbido y esperar la reacción. Y no se hizo esperar. Rápidamente, el centinela de la plataforma se tumbó sobre ella y los vigilantes del refugio hicieron cuerpo a tierra a la vez que daban la alarma al personal del interior, el cual salió inmediatamente, adoptando igual disposición. No podíamos distinguir por su indumentaria si eran nuestros o rusos.

Para obligarles a identificarse, se me ocurrió la idea de silbar nuevamente, pero con la musiquilla conocida por todos los divisionarios, «Una copita de ojén». Ello surtió efectos inmediatos, pues del grupo surgió una voz potente, gritando:

―¡¿Guripas, dónde estáis?! ¿Sois los de Nikitkino?

―¡Mortadelos ―gritó Rodríguez―, somos los del Tercero de Vierna!

Ellos corrieron hacia nosotros y nosotros hacia ellos. El brigada de la patrulla de Posad, al darme la novedad, no podía disimular su satisfacción:

―Ya era hora, mi alférez. Llevamos más de dos horas esperando. Ya estaba preocupado.

Mientras tanto, su gente se abrazaba con la mía y se hacían mil preguntas. Los suyos eran casi todos de Madrid, chicos del S.E.U. , alegres y de gran espíritu juvenil. Entramos en la cabaña, donde había un fogón con abundante leña encendida. Aunque un tanto apiñados, pronto cada uno se acomodó como pudo para quitarse el frío y secarse el calzado. Yo, mientras tanto, trataba de hacer la conexión con Posad y Nikitkino, pensando en, una vez que estuviera hecha, disponerme a pasar la noche, en aquella acogedora cabaña, que sería para mí mejor que un hotel de primera, mucho mejor de lo que era de esperar. En unos diez minutos se realizó la comunicación y me puse al habla con el ayudante del Batallón.

―Aquí el alférez Emeka ―informé―. Hablo desde la torreta. He enlazado con la patrulla de Posad y ya podéis hablar con el comandante Román. ¿Qué pasa por ahí?

Al otro lado del hilo, el teniente ayudante se expresaba con gritos como para dejarse oír mejor.

―¡Oye! ¿Me oyes? Escúchame bien: esperábamos impacientes tu llamada. Mira, de orden del comandante, deja ahí a tu gente y vuélvete enseguida con tus enlaces. Han matado al teniente Soteras y el capitán Hevia (3) ha sido evacuado, herido de un tiro en la boca . Tienes que hacerte cargo de la Compañía. La cosa sigue muy fea, hay muchas bajas. El intérprete alférez Tutusaus se ha hecho cargo del mando hasta que tú llegues.

―Pero…, óyeme, son las seis de la tarde, está ya oscureciendo y, de noche, me va a ser muy difícil llegar ―repuse.

―Sigue el hilo telefónico y… ¡suerte! Nada más, hasta pronto ―me replicó.

―¡Oye, oye, pero…! ―había colgado.

Dejé el teléfono desilusionado. El brigada de Posad me miraba interrogante. Los demás interrumpieron su conversación, mirándome expectantes.

―Nada, que en Nikitkino la cosa está muy fea. Mi Compañía se ha quedado sin oficiales y tengo que volver ahora mismo ―les explique.

―¡Ni hablar! ―exclamaron todos a coro―. Después de esta paliza, ¡cómo vamos a volver ahora mismo!

―Vosotros, no ―les tranquilicé―. Me vuelvo yo, con Rodríguez y Alquézar. Vosotros y los prisioneros os quedáis aquí hasta recibir órdenes nuevas.

Mis enlaces, poniendo cara de resignación, solo dijeron:

―¡Esto es una faena indecente!

Algunos, en plan de guasa, les picaron:

―¡Enchufados! A ver si os dan un tirito de suerte y, ¡hala!, a gozarla por la retaguardia con las froilans , que las hay pero que muy guapas.

―Menos cachondeo, so karobos (7) . ¡Así os enganchen los rusos esta noche! ―replicaron mis enlaces con cara de pocos amigos.

Tuve que mediar para cortar la broma y me dispuse a calentar una lata de carne para cenar y reponer fuerzas antes de remprender el camino de regreso en una media hora.

***

Eran las seis de la tarde pasadas. Los tres marchábamos con cierta agilidad, así que podríamos hacer el recorrido en unas tres horas si no encontrábamos dificultades y aguantábamos el ritmo adquirido. La noche se nos echaba encima, pero la temperatura parecía más elevada y caía algún copo de nieve. Tampoco se oían explosiones por el lado de Nikitkino, sino solo de artillería y por la parte del Vóljhov.

Avanzábamos en completo silencio, siguiendo el tendido del cable telefónico, cada uno con sus pensamientos. Los míos, en Nikitkino. ¿Qué habrá pasado? ¿Seguiría todavía allí el Batallón o se habría tenido que replegar?


Llevábamos ya una hora de camino y había comenzado a nevar copiosamente. Andábamos, por ello, con gran dificultad. La nieve se nos pegaba a las botas y la noche era tremendamente oscura, así que seguimos aferrados al cable guía hasta que hicimos un alto para descansar, pero en media hora más ya nos resultaba imposible caminar. La nieve nos cegaba y, a mitad de camino, no tuvimos más remedio que detenernos.

Para protegernos, al menos, solo podíamos contar con unos espesos arbustos. Cubrimos el suelo con hierbajos, después de haberles sacudido la nieve. Bien apiñados los tres, nos enrollamos en nuestras propias mantas y, uniendo nuestros impermeables, nos cubrimos con ellos a modo de tienda de campaña.

No pretendíamos dormir, pues, aparte de la incomodidad, el calor animal que nos proporcionábamos unos a otros y que manteníamos por el ejercicio hecho, iba desapareciendo a medida que transcurría el tiempo. Dudaba yo que pudiéramos aguantar ese estado de inactividad hasta el amanecer. Nos dolían los huesos, los pies se entumecían por el frío. No nos caía mucha nieve encima gracias a que los arbustos que nos cobijaban tenían un ramaje muy tupido, pero unos veinte centímetros más de altura cubrieron el suelo. Aguantamos poco más de una hora, pero no teníamos más remedio que movernos. Tomamos unos sorbos de vodka y pateamos durante un rato, sin atrevernos aún a abandonar nuestro cobijo. Cuando nuestros miembros se desentumecieron, volvimos bajo los arbustos de nuevo. La noche se nos hacía eterna.

Sobre las cuatro de la mañana dejó de nevar. Pretendimos entonces iniciar la marcha, pero no localizábamos el cable telefónico cubierto por la nieve. Agotamos el vodka. Teníamos la boca seca y un sabor amargo en el paladar. No pensábamos ya en nada. Hasta nuestra imaginación estaba cansada.

Alquézar, siempre tan optimista y comedido, estaba perdiendo su aplomo:

―Esto es una guerra de mierda ―decía airado―. ¿Por qué no pegamos fuego al bosque? Así, al menos, moriríamos calientes. Si esto sigue así, vamos a palmar congelados y eso no tiene nada de gracia.

―No seas chalao ―replicaba Rodríguez―. Peor lo estarán pasando los de Nikitkino que hayan caído en manos de los ruskis.

Yo no les había dicho que el teniente Soteras (4) había caído como un valiente, era un estupendo oficial y gran amigo mío. Ellos le querían como a mí, por eso, cuando insinué que nos podíamos estar seguros de si Nikitkino sería aún nuestro, dijo Rodríguez:

―Al teniente Soteras no hay quien le eche de allí. Es aragonés también y nada menos que de las Cinco Villas.

Al fin, empezaba a clarear y reanudamos la marcha, cosa que agradecieron todos nuestros miembros, los cuales, poco a poco, fueron reviviendo. Aún así, nuestra resistencia física se fue debilitando tanto que la última hora de recorrido se nos hizo eterna. Sentíamos en nuestros ojos un punzante escozor. El vaho de la respiración, concentrado en el pasamontañas que tapaba nuestras bocas, se helaba al salir por las ojeras, formando bolitas de hielo en las pestañas.

Salimos a la pista forestal cuando nuestro agotamiento era casi total. Me resultaba muy sospechoso el que solo se oyeran espaciadas y cortas ráfagas de ametralladoras, más algún que otro tiro aislado de fusil. ¿Seguiría mi Batallón en el pueblo?

Casi de sopetón, nos encontramos los caballetes de alambrada que cortaban la pista. Una voz fuerte nos echó el alto:

―¿Quién va?

―Soy el alférez Emeka (5), de la 10ª Compañía ―contesté haciendo un gran esfuerzo para hacerme oír.

Gracias a Dios que seguían allí los nuestros. Se dieron cuenta de nuestro agotamiento y varios hombres se acercaron para ayudarnos a llegar a la isba más próxima. Apenas entramos, nos dejamos caer, casi desfallecidos, junto al fogón. Esperamos a que nos proporcionaran un trineo para trasladarnos al puesto de mando del Batallón y cuando llegamos allí, se armó un gran revuelo. El comandante Suárez me ayudó a levantarme del trineo y me abrazó cariñosamente.

―¡Por finhabéis llegado! Tenía preparada ya una patrulla para ir a buscaros ―nos explicó―. Ahora te prepararán algo caliente para comer y, luego, te acuestas en la cama de mi ayudante para que descanses y duermas hasta que te canses. No creo que hoy tengan los ruskis ganas de incordiar, después de la paliza que les dimos ayer.

El padre Indalecio, nuestro capellán que se preparaba para celebrar Misa en el puesto de Mando por ser el Día de Todos los Santos, también me abrazó cariñoso. Habían estado todos muy impacientes al ver la nevada que había caído. Aun imaginándose que no podríamos llegar, les quedaba la sospecha de que no pudiéramos aguantar el frío o de que nos hubiéramos extraviado o que hubiéramos sido sorprendidos por alguna patrulla enemiga.

Me quité la ropa mojada y me dejé caer en la blanda cama después de tomar un reconfortante refrigerio caliente y un jarró de té. Los ojos se me cerraron casi en el acto.
________________________

(1) Víctor Rodríguez, ordenanza del alférez Cavero
(2) http://memoriablau.foros.ws/t4096/campa ... -angel-ek/
(3) http://memoriablau.foros.ws/t4651/hevia-oliver-jose-ek/
(4) http://memoriablau.foros.ws/t7103/soter ... steban-ek/. Era vecino, barrio del Arrabal de Zaragoza, y amigo personal de Manuel Cavero Agorrera. De hecho, sus memorias, se las dedica, literariamente, a un posible ahijado, hijo de Soteras.
(5) "Emeka" es el acrónimo que Manuel Cavero utiliza en sus escritos para referirse a sí mismo (Manuel Cavero : M. C. : M. K. : Eme Ka).
(6) Antonio Alquézar, el enlace del alférez Manuel Cavero.
(7) "Bueyes", en ruso.

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NotaPublicado: Dom Dic 30, 2012 6:07 pm 
Impresionante Nikitkino41, este tipo de relatos no te permite dejar de leer hasta el final, entre otras cosas por que utiliza una buena narrativa.

Un saludo


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NotaPublicado: Dom Dic 30, 2012 6:46 pm 
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Registrado: Sab Mar 31, 2012 1:03 pm
Mensajes: 1297
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Impresionante Nikitkino41. Estupendo relato para una tarde fria como la de hoy, y, encima, son hechos reales.

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"Aquí la más principal hazaña es obedecer, y el modo cómo ha de ser es ni pedir ni rehusar."----Pedro Calderón de la Barca, soldado de Infantería Española.


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NotaPublicado: Dom Dic 30, 2012 8:47 pm 
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Generalmajor
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Registrado: Lun Jul 25, 2011 2:23 pm
Mensajes: 2087
A Nikitkino 41: Hace ya un tiempo que no hago de "portero" de este foro por lo que aprovecho este hilo que has abierto hoy, día en que te has prresentado en él, para decirte que me alegro de tenerte entre nosotros y celebro tus aportaciones basadas en las memorias del heroico alférez Cavero.

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Sable, bombeta y pluma.


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NotaPublicado: Dom Dic 30, 2012 9:56 pm 
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Registrado: Mié Feb 13, 2008 9:55 pm
Mensajes: 1164
Ubicación: Granada
Muchas gracias Nikitkino41 por tus interesante aportaciones. Un saludo.

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NotaPublicado: Dom Dic 30, 2012 11:44 pm 
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Registrado: Sab Jul 04, 2009 12:36 pm
Mensajes: 1810
Ubicación: Toletum
Impresionante...lo que dije,un tesoro,gracias por ponerlos


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NotaPublicado: Lun Dic 31, 2012 12:03 am 
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Unteroffizier
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Registrado: Dom Oct 03, 2010 5:26 pm
Mensajes: 115
Ubicación: Manchester-Vitoria
Un relato de buena calidad literaria,histórica y hasta humana. Es para mí todo un compendio de las virtudes del ser español,como casi cualquier relato de la Blau.
Muchas gracias por compartir.

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En la pérfida albión,con España siempre presente y el Azul en el corazón


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