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NotaPublicado: Sab Ago 22, 2009 12:43 pm 
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Aunque probablemente este tema no sea demasiado interesante, agradable o ameno en su lectura, me he permitido traerlo a este foro para que quede constancia de un gran problema médico que desgraciadamente sufrieron miles de nuestros guripas durante su estancia en el frente ruso. Y lo hago a través de un artículo realizado por dos médicos navarros, que han estudiado a fondo lo que aconteció en los hospitales de esa comunidad con motivo de la batalla de Teruel, durante nuestra pasada guerra civil; estudio que se puede superponer a lo vivido cuatro años mas tarde por nuestros queridos divisionarios.

El texto, aunque resumido, y las fotografías han sido extraídos del artículo: “Los pies de Teruel. Asistencia y tratamiento de las heridas por congelación en los hospitales navarros durante la guerra civil”. Autores: P. Larraz, C. Ibarrola.


Durante el invierno 1937-38 en la ciudad de Teruel y sus proximidades tuvo lugar una de las mayores batallas de toda la guerra civil española que pasaría a la historia como la desarrollada en condiciones ambientales más extremas. Sus consecuencias en el ámbito sanitario fueron un ingente número de combatientes de ambos bandos con lesiones debidas en su mayoría no a las balas o la metralla, sino a la exposición prolongada del cuerpo a un frío extremo. Los sistemas de evacuación y las redes de asistencia sanitaria de ambos ejércitos sufrieron un colapso a partir de diciembre de 1937 y las consecuencias no tardaron en sentirse en las zonas situadas “a retaguardia”.

Navarra contaba en diciembre de 1937 con 18 centros hospitalarios en funcionamiento destinados de forma específica a la atención de enfermos o heridos de guerra, integrados dentro de la red de hospitales militares del ejercito nacional como “establecimientos de segunda línea “.

Sin embargo, tras la saturación de todos los centros sanitarios de la provincia de Zaragoza –principal bastión sanitario del ejercito sublevado en el Frente de Aragón- durante las ultimas semanas de 1937, los hospitales navarros pasaron a ser destino de numerosas evacuaciones directas desde los mismos campos de batalla de Teruel que, sin escala en la capital aragonesa, desembarcaban diariamente en la pamplonesa Estación del Norte.

Hasta la batalla de Teruel, los antecedentes médicos más próximos en el tratamiento de las lesiones por congelación se remontaban a los célebres “pies de trinchera” de la Gran Guerra europea de 1914-1918. Además el número de congelados durante el primer invierno de contienda civil había sido muy escaso.

Este periodo, sin duda el más intenso desde el punto de vista asistencial en los hospitales navarros, dio pie al desarrollo y aplicación de técnicas médicas y quirúrgicas en el tratamiento de una afección novedosa: las lesiones por congelación.

UNAS CONDICIONES EXCEPCIONALES.

Las consecuencias de la exposición prolongada de los tejidos a temperaturas muy bajas son bien conocidas. El frío forma cristales con parte del agua estructural de las células, lo que supone un aumento de la concentración de sales en el resto del agua, y como consecuencia la desnaturalización de las proteínas; esto unido a la isquemia vascular secundaria al espasmo arterial originado por el frío son la causa principal de las lesiones histológicas por congelación.

El fenómeno se ve condicionado por tres factores principales: el grado de temperatura del ambiente, el tiempo de acción del frío sobre el organismo y la naturaleza del medio en que tiene lugar el fenómeno. Durante la batalla de Teruel las condiciones fueron extremas: según los partes metereologicos del ejército, las fuerzas destacadas en las inmediaciones de la capital turolense soportaron temperaturas que oscilaban entre los seis y los veinte grados bajo cero, a unos 1200 metros de altura media y con predominio del viento norte. Respecto al tiempo de exposición queda constancia de la especial “peligrosidad” de las guardias nocturnas, en las que el soldado debía permanecer varias horas seguidas a la intemperie en puestos de primera línea, inmóvil, en silencio y sin posibilidad de encender fuegos que delataran su posición. Un voluntario navarro reflejó en su diario el dramatismo y la crudeza de la situación, al recordar su guardia de la noche del 31 de diciembre de 1937 en la posición de “La Muela”, a las afueras de la ciudad de Teruel: “Me toca la primera guardia. A pesar del pasamontañas no siento las orejas. Recuerdo otras nocheviejas en casa, todos juntos; pienso en los míos y en lo que ellos estarán pensando en mí (…). Hay momentos en que el frío me va a hacer gritar y pienso que no voy a poder resistirlo. Es tremendo”.

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Otro factor fundamental era la indumentaria de los combatientes y su efectividad a la hora de aislar y proteger las partes más expuestas del cuerpo: manos, nariz, orejas y, sobre todo los pies. A modo ilustrativo, el historiador Pedro Luis Alonso recogió algunos de los ingenios empleados para combatir la acción del frío: “Muchos recurrieron a toda clase de subterfugios para librarse del acoso del extremado clima. Nadie desperdiciaba un periódico o una bolsa de papel; podían ser empleados entre pecho y camisa como improvisado aislante. Los soldados estaban pendientes de su manta como de lo más preciado de su indumentaria. Se podría perder incluso el fusil, pero si a uno le arrebataban la manta, era como si le firmasen su condena de muerte. Por la noche se apretujaban unos a otros, temblando, en busca de algo de calor”

LAS BAJAS POR CONGELACIONES

El porcentaje de bajas sufridas por las unidades que tomaron parte en la batalla fue el más alto en toda la contienda. El General Valiño, que mandaba la primera división de Navarra (unos 15000 hombres), cuantificó en más de 3.500 los casos de congelación sufridos por sus soldados. En total, según diversos autores, las bajas sufridas por los nacionalistas durante la batalla de Teruel, superaron las 54.000; de ellas más de 18.000 debidas a congelaciones. Entre las fuerzas republicanas, el total de bajas rondó los 60.000 hombres, un tercio de ellas también como consecuencia del frío.

La enfermera jefe de una de las salas del hospital “Alfonso Carlos” recuerda un detalle al respecto, muy ilustrativo de la situación:”Llegó una evacuación directa de Teruel, todos con pies helados. A uno de ellos, al quitarle el vendaje para la cura, se desprendió, y me quedé literalmente con su pie en la mano. Fueron unos instantes terribles. Él no fue consciente, y volví a colocarle la venda. Llamé al médico y fue trasladado al Hospital Militar, seguramente para amputar”.

El Dr. Martínez Vargas, describió con crudeza la severidad de las lesiones, y en particular el esfuerzo realizado en aquellos días por el personal sanitario: “El cuadro morboso era impresionante: eritemas intensos, ampollas enormes de contenido rojizo que al reventar dejaban úlceras profundas, placas de gangrena, dedos que al levantar el apósito seguían tras él… a este aspecto añadiase el hedor cadavérico que hacia penosa la permanencia junto al herido, cuanto más respirar cerca de él para curarle; era necesario un esfuerzo de voluntad para hacerle diariamente la cura”.

Los facultativos clasificaron a estos pacientes en tres grupos:

-Grado I: Se trataba de individuos afectados por lesiones de “tipo eritematoso”; en sus pies se apreciaban lesiones de tipo inflamatorio: eritema, aumento de volumen, edema y dolor que rebasaba los límites de la zona afectada. Los casos más severos presentaban además de intensos dolores, alteración de la sensibilidad cutánea superficial. Así se explicaba que los soldados, al volver del servicio o avanzadilla, se calentasen los pies e incluso se quemasen la suela de los zapatos sin apreciar sensación de calor.

-Grado II: Estos pacientes presentaban vesículas importantes rellenas de un exudado oscuro, generalmente localizadas en la planta del pie y los dedos. Tras la extracción del líquido aparecían excavaciones extensas y profundas en la piel.

-Grado III: Se determinaba por la presencia de necrosis circunscrita o difusa de la extremidad, con un característico color negruzco de la piel, que en ocasiones afectaba también al músculo, hueso y cartílago .Los casos mas graves evolucionaban hacia algún un tipo de gangrena. La gangrena seca -la casi totalidad de los casos registrados en Teruel- se manifestaba por la momificación de la parte distal de la extremidad del pie, especialmente de los dedos; la piel se tornaba de un color negruzco apergaminado, en lo que las enfermeras popularizaron como “los pies negros de Teruel”. Entre el tejido necrosado y el normal se formaba una zona de regeneración intermedia que los médicos militares denominaron zona de reparación. En la parte más distal aparecía un surco que con el tiempo situaba el límite de la gangrena seca, con su posterior momificación y eliminación consecutiva de la zona necrosada.


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La otra variedad, más grave y excepcional durante la batalla de Teruel fue lo que se denominó “pies macerados” y “pies hinchados”, y que no eran sino los célebres “pies de trinchera” que tanta morbilidad alcanzaron durante la Gran Guerra. En estos casos la lesión se debía a la exposición prolongada al “frío húmedo” –pies sumergidos durante horas en nieve o agua fría- que producía en las extremidades linfangitis, edemas y flictenas que se extendían a pierna y muslo y, en algunos casos evolucionaban a gangrenas húmedas.

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LOS TRATAMIENTOS.

Los tratamientos para las lesiones por congelación empleados durante este periodo en los hospitales de guerra navarros se podían dividir en tres grandes grupos: farmacológicos, quirúrgicos y físicos.

Farmacológicos:

-Antisépticos: El conjunto de antisépticos empleados fue amplio, -rivanol, tripaflavina, tintura de yodo, mermen, azul de metileno o liquido dakin-carrel- que demostraron su eficacia en el tratamiento y prevención de las infecciones locales en las vesículas exudativas de las lesiones por congelación de grado II. Sin embargo en el resto de los casos, la impresión de los facultativos no fue positiva, ya que la acción de estos antisépticos no alcanzaba el espesor de los tejidos lesionados, y por tanto no actuaba en profundidad. Hay que tener en cuenta que la primera sulfamida, el prontosil, no comenzó a distribuirse en los hospitales de guerra hasta finales de 1938, concluida ya la batalla de Teruel.

-Vasodilatadores: La padutina, un extracto hormonal con efectos vasodilatadores e hipotensores, hizo pensar en su posible utilización para el tratamiento de los espasmos arteriales producidos por el frío. Fue muy utilizada en los pacientes con lesiones grados II y III; si bien no mostró resultados en la evolución de las lesiones, demostró su eficacia en los fenómenos dolorosos. Otras sustancias vasodilatadoras empleadas, como la acetil colina, no fueron efectivas.

-Ergotamínicos: El ginergeno también se empleó como sustancia vasodilatadora. Los resultados no fueron concluyentes; solo siete pacientes fueron tratados con este fármaco y, aunque en general desaparecieron pronto los dolores y mejoró la sensibilidad, se tiene duda de si los resultados favorables fueron debidos específicamente al ginergeno.

Quirúrgicos:

Los tratamientos quirúrgicos empleados fueron la resección parcial o total de las zonas afectadas, la simpatectomia periarterial y, en casos extremos, la amputación del miembro.

Dado el predominio de las gangrenas secas o “momificaciones”, la tendencia general fueron las resecciones parciales, dejando evolucionar las lesiones hasta que se delimitara de forma natural la zona de separación entre el tejido sano y enfermo, y esperando el momento preciso en que tenia lugar la separación ósea para realizar entonces la resección. Se puede afirmar que un 21% de los soldados que padecieron lesiones por congelación, sufrieron algún tipo de resección parcial. La amputación completa se utilizó como ultimo recurso en situaciones extremas como sepsis o toxemias que conllevaran riesgo vital para el paciente. En cualquier caso las cifras totales parecen bajas si las comparamos con el 30% de “pies de trinchera” amputados
durante la primera guerra mundial.

Tratamientos físicos:

-Baños de pies: Consistían en el calentamiento progresivo de la extremidad mediante su inmersión en agua salada que se calentaba progresivamente de 35 a 38ºC durante una hora aproximadamente, cubriéndose a continuación con una gruesa capa de algodón recalentado. Después el paciente guardaba reposo en cama con la extremidad en alto. Este método se demostró completamente ineficaz dada la severidad de las congelaciones.

-Diatermia de onda corta: El tratamiento de onda corta en pacientes con lesiones por congelación, consistía en la aplicación de ondas con una longitud de 16 a18 metros mediante un aparato con válvula, en sesiones diarias de diez minutos, durante dos meses. Su efectividad también fue muy discutida. Sin embargo, la aplicación de aire caliente en forma de corriente de mediana intensidad y a una temperatura de unos 30ºC demostró efectividad en las lesiones exudativas al facilitar la transformación a gangrena seca, de los pies de trinchera.

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BALANCE FINAL.

Como hemos visto, a pesar de los diversos tratamientos aplicados en los hospitales de guerra navarros, cerca del 20% de los pacientes atendidos sufrieron algún tipo de reseccion parcial en estos centros. Otro problema importante de estos pacientes fueron las deformaciones residuales y las posteriores alteraciones de la sensibilidad en las zonas afectadas.

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Como en tantos otros aspectos, la guerra civil española pudo servir de campo de experiencia en esta parcela concreta de la medicina y la cirugía. Las lesiones por congelación observadas durante la batalla de Teruel, serian un pequeño preámbulo de lo que, cuatro años después, padecieron miles de combatientes en tierras rusas, entre ellos más de 1500 soldados españoles de la “División Azul”. Aunque parece clara y documentada la influencia que tuvo el “Auxilio de Invierno” español sobre la recogida y el envío de prendas de abrigo al Frente del Este, y sabemos que hubo médicos españoles en ambos ejércitos –tanto los divisionarios, como los exiliados republicanos integrados en unidades soviéticas-, es difícil valorar si la experiencia de los ”pies de Teruel” pudo influir en alguna medida sobre los tratamientos de las congelaciones empleados por facultativos rusos y alemanes de 1941 a 1945. Al finalizar en conflicto mundial, tanto la medicina anglosajona como alemana consideraban como medidas efectivas a aplicar en las congelaciones de extremidades, el calentamiento progresivo –en contraposición al rápido practicado por los facultativos rusos-, reposo de la extremidad en posición elevada, fármacos vasodilatadores (entre ellos la padutina utilizada en España), anticoagulantes como la heparina, intervenciones sobre el simpático y, en caso de riesgo o gangrena la utilización de sulfamidas o penicilina y, como último recurso la amputación. Como hemos visto, algunos de estos fármacos y procedimientos ya se utilizaron en los hospitales españoles durante la campaña de Teruel.

CONCLUSIONES

La evacuación masiva de heridos con congelaciones durante la batalla de Teruel supuso la etapa de mayor actividad asistencial y tasas de ocupación más elevadas en los hospitales navarros durante toda la contienda civil de 1936-1939.

En general, la limitación temporal del problema y los resultados poco concluyentes de los tratamientos atenuaron la repercusión médica de las experiencias sobre congelaciones desarrolladas en España durante la etapa bélica turolense y su difusión posterior más allá de nuestras fronteras.


Un saludo, Conchi.

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... y traerán prendidas cinco rosas ...


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NotaPublicado: Sab Ago 22, 2009 3:26 pm 
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Registrado: Sab Dic 27, 2008 10:55 am
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Ubicación: Paracuellos de Jarama, ESPAÑA
Un artículo interesantísimo, Conchi.

Muchas gracias.

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A mí me parece, Señor, que no tengo otra cosa buena sino ser español (Catalina de Erauso, "la Monja Alférez", a un Cardenal)


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NotaPublicado: Sab Ago 22, 2009 9:42 pm 
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Registrado: Dom Abr 26, 2009 10:21 pm
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Magnífica aportación Conchi, buen paralelismo entre uno y otro escenario. Solo con la salvedad de que en los días de frío más intenso en Teruel se alcanzaron los -18º bajo cero, y en los días más criticos de frio ártico, la División sufrió temperaturas de -52º bajo cero.
Todo se helaba, menos el valor y el arrojo divisionario.

Saludos.-

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Gloria a los que no pudieron volver, quedando en aquella tierra inhóspita.


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NotaPublicado: Dom Ago 23, 2009 8:55 am 
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Registrado: Sab Feb 02, 2008 9:12 am
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Gracias por esta aportación Conchi, me ha parecido muy interesante. A los rigores propios de la batalla hay que añadir los del clima extremo que en muchos casos superan a los primeros en número de bajas. Temperaturas de -52º como las que se produjeron, por ejemplo durante la travesía del Ilmen, debieron convertir aquello en un verdadero infierno helado, no en vano a esta acción se la califico de Hazaña y a sus protagonistas de Héroes.


INSTRUCCIÓN GENERAL NUM. 4.020


ASUNTO: Medidas de carácter oficial para protegerse contra el frío y consejos prácticos.

En mi Cuartel General a diez y siete (17) de Octubre de mil novecientos Cuarenta y uno (1.941).

INDICACIONES BÁSICAS.

1) Rellenar el interior del casco de acero con un suplemento de fieltro (a ser posible la parte superior de un sombrero de fieltro) o caso de no disponer de ello colocar pañuelos o papel de periódico hecho bolas.

2) Los pies son hipersensibles al frío y congelación. Cambiar muy frecuentemente los calcetines. Magníficos remedios auxiliares contra la congelación de los pies son las suelas de fieltro, de paja de tela o de cartón bastando a veces enrollarse los pies simplemente en papel de periódico.

3) Los jinetes cubrirán los estribos con restos de tela, tejido de paja ó hilo de cualquier clase. También se recomiendan capas protectoras para la parte anterior de las botas, construidas de paja y que se colocan sobre los estribos. Al carecer de botas de fieltro para centinelas y conductores de carros utilizar zapatos de paja. La población civil debe cuidarse de su confección.

4) Motoristas: proteger el pecho contra las corrientes de aire colocando varios periódicos entre la camisa y el jersey. Recubrir o mejor dicho enrollarlas rodillas con varias capas de papel de periódico (el cual antes de aplicarlo habrá que arrugarlo). El mejor sitio para tal protección es colocar el papel de periódico entre los calzoncillos y los calcetines segundos evitándose de este modo el desprendimiento o el deslizamiento del papel.

5) En lugar de guantes de cinco dedos usar guantes de "puño". Alternarse con las prendas de vestir suplementarias, tal como abrigos suplementarios, zapatos de fieltro, chal de lana etc.

6) Medidas para evitar la penetración de nieve: en las mangas cerrar el pasador de esta con la guerrera en caso necesario atarlas colocando encima los guantes. Dentro de las cañas de las botas colocar pelotas de papel alfalfa o paja. El pantalón de paño no debe meterse dentro de la caña de la bota sino por encima de la misma. En los zapatos de cordones: en las Unidades que no disponen de botas de caña protegen las polainas de tela contra la penetración de la nieve. Caso de tener que llevar tales botas sin polainas, colocar los extremos del pantalón sobre los tobillos doblándolos lateralmente y colocando encima unos calcetines. En caso de llevar dos pares de calcetines enrollar un par hacia abajo tal como lo hacen los esquiadores.

7) Preparar el calzado para esquiar: Como no se dispone de suficiente cantidad de botas de esquiadores, se utilizarán para ello las botas de cordones con los cuales se han dotado cada uno de los soldados. La bota de caña no es apta para esquiar. Colocar en los bordes laterales de la suela tiras de latón para que las botas queden bien encajadas sobre los esquíes y evitar eventuales lesiones. Se utilizará latón delgado (de latas de conserva). Las tiras de latón se doblan en ángulo recto fijándose por medio de pequeños clavos en la suela de la bota. Doblar entonces el borde superior de la tira de latón a fin de evitar que el borde corte el cuero de las botas. En el tacón y en su parte posterior sobre la herradura colocar tres o cuatro clavos de los que se utilizan para la suela (tachuelas) a fin de evitar el patinaje de la unión. No quitar las tachuelas de las suelas caso que la suela no estuviese impermeable.

De Orden de S. E. EL TENIENTE CORONEL JEFE DE ESTADO MAYOR.

Firmado: Luis Zanón

Refª: http://www.fundaciondivisionazul.org/pa ... es_II.html
Un saludo.

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Per aspera ad astra


Última edición por GONZALO el Lun Oct 27, 2014 1:31 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Dom Ago 23, 2009 10:09 am 
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Registrado: Sab Feb 02, 2008 9:12 am
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Entre noviembre de 1941 y abril del año siguiente hubo 1.086 congelados. Esta cifra, calculada sobre un total de 16.500 hombres, representaba un 6,5% del eefctivo divisionario destinado en la zona de operaciones. El total de congelados mensuales se recoge en la Tabla 22.
Las partes del cuerpo caso la causa principal era el uso de calzado inadecuado. Durante el primer invierno la mayoría de más propensas a la congelación eran la nariz, mejillas, mentón, frente, orejas, dedos, órganos sexuales y talones. En este último los divisionarios -igual que sus camaradas alemanes- llevaban botas de cuero, un material que se congelaba muy rápidamente y, en consecuencia, enfriaban los pies con gran facilidad. Además todos usaban botas de su talla. Esto era un error. Los soldados rusos calzaban botas con más talla de la que correspondía para poder rellenar el interior con papel de periódico, trapos, paja o plantillas aislantes. De este modo los pies quedaban mejor resguardados del frío.
Los alemanes aprendieron la lección, y en el segundo invierno todas las Divisiones recibieron botas con un tallaje superior al necesario. También se dictaron instrucciones para aprender a protegerse del frio (como la INSTRUCCIÓN GENERAL NUM. 4.020)
(Refª EL SERVICIO DE INTENDENCIA DE LA D.A. Ricardo Recio Cardona)

Un saludo.

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Per aspera ad astra


Última edición por GONZALO el Lun Oct 27, 2014 1:31 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Lun Ago 24, 2009 4:30 pm 
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Alguna aportación más sobre el tema:

El servicio sanitario de Batallón en los meses del invierno de 1942 al 43, como todos los demás servicios, sufrió una doble serie de circunstancias modificativas: el intenso frió y las dificultades que originó la enorme cantidad de nieve acumulada. Ambas circunstancias actuaron, como es natural, conjuntamente; pero cada una imprimió, por su parte, una cierta alteración a las condiciones normales.
La acción contra el frío tuvo dos capítulos de interés. El primero era la protección del cuerpo en su totalidad, es decir, las modificaciones en el vestuario y la protección de las extremidades, y segundo, las medidas que, a más de esta protección, habíann de tomarse para evitar las enfermedades por las bruscas diferencias de temperatura.
Los efectos de la nieve en grandes cantidades se dejaronn sentir en las dificultades extraordinarias del transporte de heridos y enfermos, en el excesivo consumo de energía por parte del soldado en los más pequeños desplazamientos y en las condiciones secundarias que se añadieron a las generales que determinaron las congelaciones locales.
Las modificaciones del vestuario eran de una extraordinaria importancia, y, como es natural, fueron resueltas de distinto modo por los dos Ejércitos en lucha. El Ejército ruso, que normalmente tenían que vivir, en gran parte del año, sometido a esas circunstancias, no necesitó hacer adaptación alguna, sino sólo usar su uniforme de invierno. Este uniforme consistía en las prendas siguientes: guerrera-pelliza de paño grueso, acolchada, de color pardo sucio (el color reglamentario del Ejército ruso de tierra era el caqui), con bolsillos incluidos en el espesor de la prenda, uno a cada lado, abiertos oblicuamente. Pantalón de la misma forma (acolchado) y de tela semejante.
Se vieron numerosos prisioneros, sobre todo al final del invierno, cuyos uniformes eran también acolchados, pero de tela más delgada. Botas altas, de fieltro, de un centímetro de espesor, de una sola pieza, sin suela añadida. Pasamontañas de paño grueso, con orejeras que normalmente iban colocadas sobre la parte superior, sujetas con cintas; pero que se abatían atándose las cintas por debajo de la barbilla. Este cubrecabezas era al principio en forma de casco, con un apéndice en la parte posterior y estrella de cinco puntas sobre la frente. Posteriormente los prisioneros llevaban exclusivamente el que hemos descrito, semejante, lo mismo que el uniforme, al traje de la población civil. La mayoría de los prisioneros no llevaban guantes.
Como es de suponer, este uniforme era una adaptación de traje civil, pues en él no llevaban emblema de ninguna clase. Capote no llevaban en general, y los que poseían, tomados en pueblos abandonados, eran, por su aspecto, de paseo. De paño pardo, forrado de piel, con cuello alto forrado también, sin botones en la parte anterior. Dos bolsillos como las guerreras ya descritas, y cinturón con botones dorados en la espalda.
Las prendas descritas garantizan un abrigo suficiente, incluso a las temperaturas máximas alcanzadas: -47 a -52 grados centígrados. Sin embargo, las botas presentaban el inconveniente de que se humedecían al entrar con ellas en lugares calientes, debido a la cantidad de nieve que se introducía en sus poros, y se estropeaban con facilidad. Precisaban un gran cuidado, cepillándolas siempre antes de quitárselas. Además de ello, la mayoría de los prisioneros llevaban dentro de ellas paja, para aumentar el espesor de la capa de aire.
Como vemos, en el Ejército ruso la adaptación al clima invernal se hacía aumentando el espesor de las prendas, acolchándolas y modificando el calzado. En el Ejército alemán, el uniforme de invierno era sensiblemente el mismo de verano, con la adición del capote y otras prendas, como jerseys, pasamontañas ligero, que no impedían llevar el gorro o casco: orejeras independientes, análogas a las que se usan normalmente en la Prusia Oriental, y guantes de punto.
La adaptación no podía hacerse más que de dos maneras: por sustitución de vestuario por otro, análogo al del Ejército ruso, o mediante adición de nuevas prendas. La primera solución no podía adoptarse por ser extraordinariamente difícil, y fue adoptada la segunda. Consistió en lo siguiente: Aumentar la cantidad de ropa interior por la colocación de un peto de paño ligeramente acolchado bajo la guerrera. El peto cubría pecho y espalda, dejando libres los brazos. Se sujetaba con cintas. Sustituir el capote reglamentario por un nuevo capote adaptado a las condiciones climáticas, llamado supercapote. Este era de dos clases: ordinario (para la tropa), de paño grueso, forrado de lana, muy largo, con capucha, y especial, para los centinelas, de pieles de animales con la lana o pelo hacia dentro, Tanto de una como de otra clase fueron suministrados en número suficiente, atendiendo primero a aquellos soldados que, por su misión, estaban más expuestos al frío: conductores, carreros, motoristas, y a los centinelas, patrullas y escuchas.
La bota no fue sustituida, pero se adaptó un tipo especial: la superbota, consistente en una bota colosal, de piso de madera de varios centímetros, y él resto de fieltro, que se colocaba sobre la ordinaria, cerrando luego con correas. Con posterioridad se suministraron botas de tipo semejante, pero más ligeras, para sustituir las ordinarias en los servicios en que se exigía movilidad, ya que la superbota la dificultaba extraordinariamente.
Con esto, las medidas de protección aseguraban suficientemente contra el frío. Sin embargo, las prendas indicadas no estaban en poder del Ejército cuando empezaron las primeras nevadas, y como nuestros soldados no concedieron importancia grande a las nuevas condiciones, se presentaron casos de congelaciones locales.
En los primeros tiempos del descenso de la temperatura, aproximadamente en los primeros dos meses, los medios de protección fueron insuficientes. Se acudió a varios medios improvisados para remediarlo, que en esencia fueron los siguientes: Envolver el pie en hojas de papel de periódico colocados entre dos calcetines, y éste dentro de la bota. Este medio se reveló como altamente eficaz contra la congelación. Colocar en lugar de papel, paja, si la holgura del calzado lo permitía. Reducir al mínimo la duración del servicio de cada centinela, medida que se mantuvo a lo largo del invierno, oscilando la duración de cada servicio, excepto casos especiales, entre quince y treinta minutos, a pie firme, y un tiempo mayor si se realizaba marchando o se trataba de realizar algún trabajo. Prohibir en absoluto el uso del alcohol antes o durante los servicios, haciéndolo únicamente y bajo vigilancia al terminar estos y retirarse a los alojamientos.
Una grave dificultad presentó en todo momento la brusca diferencia de temperatura que experimentaba el soldado al entrar o salir en sus alojamientos, en los que con frecuencia se mantenían temperaturas de 35 a 40 grados sobre cero. Para evitar el efecto perjudicial de esta diferencia de temperatura, se acudía al expediente de permanecer en los alojamientos durante el descanso, con la menor cantidad de ropa posible, incluso desnudo el tórax y sin botas, A veces los soldados — particularmente los alemanes — estaban únicamente cubiertos con la prenda interior, ya que todos los alojamientos estaban provistos de estufas alimentadas con la abundantísima leña del país, y, sobre todo, los alojamientos que se construyeron durante el invierno poseían magníficas condiciones de habitabilidad, como luego se describirá.
Las dificultades del transporte de las bajas se resolvieron de diversas formas, según se tratase de pequeños o grandes desplazamientos, y según fuese evacuación al puesto del Batallón o a retaguardia. Para la evacuación al puesto de cura del Batallón se siguió empleando la camilla ordinaria, a la que se adaptaron esquís. Para ello se emplearon los esquís del país, buscándolos de tamaño apropiado, y las correas de sujeción a la camilla se pasaban por el orificio que el esquí tiene para las correas de sujeción a la bota. Sobre la lona de la camilla se colocaba una colchoneta de paja, con el fin de aislar al herido del frío, y se le envolvía con varias mantas, cubriendo todo el cuerpo y cabeza, con lo que quedaba suficientemente protegido: el todo se sujetaba con una correa o cuerda. De la parte anterior de la camilla, sujeta en las patas, se colocaba una cuerda larga para el arrastre. En la parte posterior, otra más corta, para que el segundo camillero ayudase en los pasajes difíciles. Este medio de transporte tenía la inmensa ventaja de que, por su ligereza, podía llevarse como camilla ordinaria en los sitios donde no podía deslizarse, y como trineo, en las partes apropiadas. Este tipo, ideado por los españoles al principio del invierno, fue empleado por otras Unidades que no habían tenido conocimiento del mismo, lo que indica que en las mismas circunstancias, mentalidades tan diversas como la española y la alemana hallaron soluciones exactamente iguales al mismo problema: pues, según noticias, hasta en los menores detalles de ejecución eran idénticos los procedimientos. Los Tenientes Pazos y Milicua, idearon un tipo de ambulancia ligera para un solo herido sobre trineo. Consistía en adaptar a uno de los trineos ligeros del país una caja de madera de doble pared, con paja entre ambas, en cuyo interior se colocaba al herido. Para transportes largos, este sistema parecía preferible, aunque se realizaron de un modo permanente evacuaciones desde puestos avanzados dos y medio kilómetros con la camilla sobre esquís, con resultados satisfactorios, sin tener que lamentar accidentes secundarios.
Para las evacuaciones a retaguardia del puesto de socorro del Batallón se emplearon, según las circunstancias, ambulancias automóviles sobre orugas, sobre ruedas, e hipomóviles sobre ruedas y sobre trineo. Todas ellas con calefacción, a leña las hipomóviles y eléctrica las automóviles. Se comprende que, a pesar del trabajo constante en las carreteras para abrir paso en la nieve, las evacuaciones se hicieron sensiblemente más lentas.
La guerra estabilizada y la necesidad de mantener en los hospitales la menor cantidad posible de soldados, en previsión de posibles necesidades, impusieron la creación de las enfermerías de Batallón, con una capacidad de doce a veinte camas. Estas enfermerías se instalaron, a ser posible, en sótanos protegidos, en los lugares en que el frente estaba próximo a algún pueblo, y en caso contrario, en abrigos en la nieve. Como el material sanitario del Batallón es extraordinariamente abundante, pudieron estar perfectamente dotadas.
La situación ideal para el establecimiento de una enfermería permitía instalarlas con las dependencias siguientes:
1. Sala de calentamiento y espera, con capacidad para veinte heridos.
2. Sala de curación, En ella disponían unos pies de madera sobre el suelo, de una altura de 73 centímetros, sobre los que se colocaba la camilla, al objeto de hacer las curas sobre ella. Para el alumbrado de esta sala disponían de un aparato de carburo que les proporcionaba una luz blanca de gran intensidad. Para las restantes dependencias disponían de otros faroles de carburo de menor intensidad y candiles de petróleo.
3. La sala destinada a las camas, que en alguna enfermería llegó a estar dotada de veintisiete camas, de las cuales se destinaban diez a enfermos y las restantes en reserva, para colocar a los heridos después de las curas hasta su evacuación, si no eran de primera urgencia.
Y, por fin, un depósito de material y un pequeño local para pasar el reconocimiento diario. (Se trataba de enfermería de Batallón, con otro puesto de socorro avanzado.) Todos los locales estaban provistos, al menos, de una estufa, que se mantuvo constantemente encendida durante todo el invierno.
Aparte de estos locales, se dispuso una gran sala para gaseados, que no llegó a utilizarse. En esta sala disponían, además, de los medios ordinarios para este tipo de lesionados, de un aparato de oxígeno para cinco tratamientos simultáneos.
No corresponde al servicio sanitario indicar los medios para obviar los inconvenientes de la nieve; pero baste decir que se emplearon los ya conocidísimos de esquís, raquetas y trineos en todos tipos y tamaños, y no del país solamente, sino alemanes de reciente construcción.
Hay ahora que exponer, tras lo que pudiéramos denominar medidas profilácticas generales, lo que la propaganda enemiga calificó poco menos de azote del Ejército, y singularmente de la División Española. Nos referimos a la enfermería durante el invierno. Las lesiones a frigore, del tipo gripal, fueron las normales, en la misma época que las guarniciones españolas. Sólo en alguna época (mes de diciembre) se observó un recrudecimiento de este tipo de enfermedades, debido a un brusco descenso de la temperatura, que había mejorado en el mes precedente. Lo mismo se observó al final del mes de enero, con ocasión del ascenso de temperatura.
Ocupandonos de las congelaciones se observaron los dos tipos: generales y locales. Las generales se registraron, sobre todo, en individuos que habían de detenerse por cualquier causa en plena nieve: conductores de camionetas que sufrían accidente, etc. El enfermo no se daba cuenta y caía al suelo sin sentido. Sin embargo, los que le rodeaban podían darse cuenta de su lesión antes de su caída, por la palidez intensa y especial aspecto del rostro. Al enfermo no le aquejaba molestia alguna, sino una sensación de bienestar. Estos casos fueron poco frecuentes y reaccionaron bien al masaje con nieve de todo el cuerpo y al calentamiento progresivo y lento. Se les administraba tras esto alcohol en forma de coñac o vodka. Las congelaciones locales revistieron mayor importancia por su cantidad y por la duración de las lesiones. El soldado notaba al principio una sensación de frío intenso en la extremidad afecta. Progresivamente esta sensación se convertía en dolor intensísimo, que desaparecía dejando una ligera anestesia y, a veces, una sensación de calor.
Esta era la fase inicial. El dolor aparecía aproximadamente a los cuatro o cinco minutos de permanencia en la nieve (sin el calzado especial); las algias dolorosas se mantenían durante media hora aproximadamente, y después sobrevenía un largo período de insensibilidad al tacto y presión, con una sensación subjetiva de calor. La extremidad quedaba pálida. Poco a poco, esta palidez se convertía en cianocis (color azulado), y si la permanencia se prolongaba o actuaban otras condiciones coadyuvantes, se producían las fases siguientes de la congelación. Los perniones, o sabañones, no se presentaron con más frecuencia que en España, y predominantemente en manos y orejas. En pie eran menos frecuentes, porque con mayor facilidad la congelación avanzaba y se presentaban los tipos siguientes: Las flictenas (ampollas) aparecían como una fase más avanzada. En los pies se observaron, con especial predilección en la cara dorsal de los dedos, sobre todo del dedo grueso. El orden de preferencia era dedo grueso, quinto, segundo, tercero y cuarto dedos. En las manos, la preferencia era también en la cara dorsal, sobre todo en los dedos índice y medio. En estos lugares, la piel de las flictenas era fina y estaba muy distendida por el líquido. Pasadas unas horas, la turgencia disminuía y aparecía ligeramente flácida.
Un caso aparte eran las congelaciones de la cara plantar del pie y palmar de la mano. En aquélla se localizaba, sobre todo en el talón, y en ésta, en las yemas de los dedos. Debido al enorme grosor de la piel en estos sitios, no se observaba flictena alguna, sino que observábamos la congelación guiados por los dolores del soldado. Por el contrario, en los restantes sitios, las flictenas deformaban la mano y pie, dándoles aspecto amorcillado. Las orejas eran de este último tipo, y en algún caso se vio congelación del párpado superior.
Interesa hacer un ligero análisis de las causas que favorecen la aparición de congelaciones de este tipo. No nos referimos a la permanencia en la nieve, sino a las condiciones que favorecen la aparición, ya que muchos soldados — la gran mayoría — no sufrieron congelaciones, encontrándose en las mismas condiciones que los congelados. El calzado influye extraordinariamente. Si está demasiado apretado, impide la circulación sanguínea. Esta acción del calzado se ejerce incluso en el caso de que sea holgado, si el soldado no evita acercar a la lumbre las botas húmedas, con lo que se encoge el cuero y la bota lesiona el pie o le oprime con exceso. Influye también extraordinariamente el que no se haga un calentamiento gradual, sino que se pretenda hacerlo rápidamente. En casos en que con cuidados adecuados no se sufría congelación, ésta se presentaba indefectiblemente si se acercaba el pie a la estufa directamente desde la llegada del soldado del exterior.
Las circunstancias que se han señalado clásicamente como favorecedoras de la congelación, eran las heridas, la depresión, el alcohol, etc. De ellas, la primera se presentó algunas veces en duros combates que no permitían evacuar con suficiente rapidez las bajas. Las restantes no se observaron. Por lo tanto, las medidas profilácticas que se impusieren, y que generalmente dieron los resultados apetecidos, fueron las siguientes:
a) Impedir que los soldados se acercaran directamente a la lumbre, sino que su calentamiento fuese lento y progresivo.
b) Hacer que se quitasen el calzado con la mayor frecuencia para evitar la compresión excesiva.
c) En cuanto notasen la menor molestia, quitarse el calzado y luego frotarse fuertemente con nieve los pies hasta la desaparición del dolor o frío; tomando después alguna cantidad de alcohol. Lo mismo en manos, orejas, etc.
d) Lavado frecuente de los pies para evitar la infección de posibles lesiones.
Todos estos cuidados estaban a cargo de los practicantes de las Compañías. Para el tratamiento de las formas con flictenas se reveló como extraordinariamente eficaz las compresas de prontosil aplicadas tras la extirpación de la piel de la flictena. Aun en los casos en que aparecieron escaras en el interior de la flictena, este procedimiento fue realmente magnífico.
Como es natural, en todos los congelados con flictenas o sabañones se puso suero antitetánico. El tiempo de curación de una congelación de este tipo oscilaba entre una y tres semanas. Las congelaciones de talón y yemas de dedos las trataron por el mismo procedimiento, quitando la piel y aplicando la compresa de prontosil, sin otro cuidado alguno. Las compresas se renovaron diariamente.
La mayoría de estos congelados permanecían rebajados de servicio, pero continuaban en sus pequeñas unidades; pues la lesión no les impedía ser empleados, si las necesidades del combate o servicio lo exigían.
Otro extremo interesante de la campaña de invierno fue la lucha contra los parásitos (pediculus vestimenti), los cuales eran tan abundantes en Rusia, que sin un especial cuidado no había posibilidad de verse libre de ellos, por poco contacto que se tuviera con la población civil. Un Oficial alemán decía gráficamente que en la gran guerra, pasar la frontera rusa y llenarse de parásitos fue todo uno, y que no se vieron libres de ellos hasta que salieron. Revestía esta plaga del país un especial peligro, puesto que en algunas regiones era endémico el tifus exantemático. Para combatir el parásito, disponían de cuprex, que, a pesar de tenerse suministrado en cantidades que hoy nos parecerían grandes, no era suficiente para toda la tropa. Se empleaba, sobre todo, para mantener la enfermería desinfectada, y para la tropa se acudió a otros procedimientos, como las estufas de calor seco, construidas con materiales diversos. En los Batallones, la campaña antiparasitaria se hizo con dos medios: petróleo y formaldehido. El petróleo se suministraba a las diversas unidades pequeñas cada día, durante tres consecutivos, y se vigilaba que cada soldado frotase con un cepillo impregnado todas las costuras de sus prendas. No se observaron dermatosis por el petróleo. Este no procedía, naturalmente, del suministro, ya que las cantidades consumidas en este menester eran elevadísimas. Procedía de unos depósitos tomados al enemigo que contenían un petróleo bastante impuro, pero útil para este servicio. El formaldéhido se empleaba en un gran depósito de latón, sobre cuyo fondo se dispuso una rejilla de madera para que la ropa no estuviese en contacto con el líquido. Sobre la rejilla se disponía la ropa, sobre todo mantas, y se vaporizaba el formol por el calor. La desinsectación de las ropas de la tropa se repitió cada ocho días.
Una alimentación a base fundamentalmente de grasas compensaba el gran consumo energético en esta época. Respecto a los hidratos de carbono, la ración de pan fue durante el invierno, de 6oo gramos por día. Al mejorar las condiciones del transporte con el comienzo del deshielo la ración aumentó a 750 gramos. Independientemente de la ración ordinaria, a propuesta del médico del Batallón, se suministraba una ración suplementaria (ración ordinaria doble, con 5.200 gramos de pan) a los soldados que lo necesitaban, pudiendo pedirse para estas atenciones un 15 por 100 del total de la fuerza.
Los muertos de la Unidad eran enterrados en el mismo sitio, haciéndose por comodidad un pequeño cementerio de Batallón, en el cual las tumbas estaban perfectamente identificadas, y se levantaba un plano del lugar para fijar exactamente su posición.
Fuente: Revista Ejercito. 06/1943. Nº 55 – Pag 55.

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Y al oir del cañon el estampido, nos haga su sonido enardecer...


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NotaPublicado: Lun Ago 24, 2009 6:12 pm 
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Y, a pesar de la diferencia de los rangos de temperatura, mi tío siempre dijo que pasó más frío en Teruel que en Rusia.

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No cambio el Pilar por el Kremlim de Novgorod
Ni el Ebro por el Wolchov


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NotaPublicado: Mié Sep 02, 2009 11:50 am 
El padre de un amigo mío, artillero divisionario, era de la misma opinión, que pasó más frío en Teruel que en Rusia.

Un Saludo.


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NotaPublicado: Mié Sep 02, 2009 3:13 pm 
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Aunque luego se mete conmigo kartoska y dice que medicalizo los temas, deciros que la sensación térmica depende de la humedad relativa (en cuanto que la ropa húmeda no protege igual que la seca) y, sobre todo, de la acción del viento, que puede provocar congelaciones a temperaturas superiores a las habidas en Rusia. Seguro que pasaríamos todos mucho más frío en la costa valenciana a 6ºC junto a la brisa del mar, que en Albacete, con un clima seco y a una temperatura de -2ºC (algo muy normalito en esta tierra en invierno)

En Teruel se dieron unas circunstancias desfavorables en relación al viento norte que predominaba a 1200 metros de altitud. Por eso pasaron más frío los divisionarios que mencionáis.

Saludos, Conchi.

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... y traerán prendidas cinco rosas ...


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NotaPublicado: Jue Nov 19, 2009 4:40 pm 
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redttabby escribió:
El padre de un amigo mío, artillero divisionario, era de la misma opinión, que pasó más frío en Teruel que en Rusia.

Un Saludo.



Mi padre (Juan Luis Pacheco) me dijo lo mismo; paso mas frio en Teruel.

Me ha gustado que se haya puesto este interesente trabajo.

En Navarra habia muchos hospitales sufragados por la Diputacion Foral y en general para traslado de sus paisanos ya que habia miles de navarros voluntarios en Tercios de Requetes y Banderas de Falange. El propio hospital Alfonso Carlos llevaba el nombre del ultimo rey carlista Alfonso Carlos I de Borbon y Austria-Este, hermano de Carlos VII. Solo en esta division habia cuatro tercios de requetes navarros el Navarra, Lacar, Montejurra, San Miguel.-

¿Por que no podria ser el requete del Tercio Navarra de la foto? reune las condiciones y hasta era derecho. estuvo en el Tercio Navarra en la Primera Division de Navarra y con el General Rafael Garcia Valiño y Marcen y en La Muela entre otras localidades....

Foto de Garcia Valiño dedicada a Juan Luis

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"Ante Dios nunca seras heroe anonimo" de la Ordenanza del Requete


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NotaPublicado: Mié Ago 09, 2017 7:01 pm 
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Per aspera ad astra


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NotaPublicado: Dom Ago 13, 2017 9:02 am 
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Registrado: Sab Feb 02, 2008 9:12 am
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La División Azul y todos sus componentes tuvieron que enfrentarse a un enemigo que muy pronto se convirtió en tan temible o más que el propio Ejército soviético: el frío, o lo que empezó a denominarse “El general invierno”.
Las temperaturas alcanzadas durante la primera campaña de invierno en el frente ruso, entre los meses de octubre de 1941 y abril de 1942, dejaron registros extraordinarios incluso para una zona geográfica acostumbrada a los grandes rigores invernales. En octubre la temperatura osciló entre los 4º centígrados sobre cero y los 14º bajo cero. Al mes siguiente los termómetros marcaron entre los 17º bajo cero y los 5º positivos. A medida que avanzaba la estación invernal el ambiente se hizo cada vez más gélido, de tal forma que en diciembre no se anotó ninguna temperatura por encima de cero, manteniéndose los termómetros durante los 31 días del mes por debajo del punto de congelación. A principios de 1942, momento en el que tuvieron lugar algunas de las acciones más heroicas de la División Azul, los guripas tuvieron que soportar condiciones extremas, especialmente difíciles durante los días 9 y 10 de enero de 1942, momento en que las temperaturas alcanzaron los 53 grados negativos. Durante los meses de febrero y marzo las temperaturas mínimas se recuperaron un poco volviendo a marcar entre 30 y 35 grados bajo cero.

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